La ofensa

Clara se despertó en un frió y húmedo calabozo. Recordaba cómo la Guardia Civil la había parado en el control del aeropuerto. Le habían pedido que abriera el bolso de mano. Cuando vieron lo que había en su interior, pusieron al huésped en manos del veterinario. A ella la acompañaron hasta un furgón. No recordaba nada del camino desde el aeropuerto, el cansancio debió de hacer mella en ella.

Se puso de pie para acercarse a los barrotes y llamar a alguien. Cuando solo había dado tres pasos notó que tenía algo atado a su pie izquierdo. Miró, encontrándose con una especie de liana que la mantenía atada a la cama. Tiró para romperla, pero con cada intento aquella liana le iba aprentando cada vez más.

Iba a gritar, cuando aparecieron dos Guardias Civiles. Entraron y le quitaron la liana. La cogieron por los brazos mientras ella preguntaba a dónde iban, “delante de la jueza”- le contestaron al unísono.

Atravesaron un túnel, que olía a una mezcla de primavera, tierra y verano. A medida que se iban acercando a lo que parecía una salida, la humedad iba bajando. Al abrir la puerta entró acompañada de los policías que la soltaron delante de La Cibeles, subida en su carro, con sus dos leones custodios, en una sala repleta de gente.

—Disculpe,…—La Cibeles miró sus papeles— señorita Martínez, ¿sabe por qué esta aquí?

Clara, abrió la boca y no respondió.

—Disculpe, señorita —dijo un poco más alto— ¿entiende lo que le digo?

De repente se abrieron las puertas de la sala. La gente se giró. La Cibeles dirigó su mirada al final de la sala. Clara se giró. Aquello debía ser un sueño, era imposible.

-¡Buenas, Cibi! —dijo Neptuno, colocando en el suelo el tridente—. Perdona que llegue tarde, pero había celebración. He sido bueno y vengo solo.

—Vamos al grano —dijo La Cibeles—. Clara Martínez es tu cliente. Está en shock, ¿puedes explicarle?

—Por Supuesto, es una de mis especialidades, Cibi.

Se giró hacía Clara.

—Es de mala educación quedarse con la boca abierta.—Clara la cerró—.Te cuento porque estás aquí.

Neptuno le contó, que al detenerla en el aeropuerto de Barajas con un bebé gorila, la misma Madre Tierra, osea Cibi, pidio ser la jueza en este caso y dar escarmiento por la ofensa de Clara hacía ella. Según las pruebas que tenían, había esperado a que la niebla cubriera las montañas para hacerse con un bebé gorila. Lo había tenido retenido en un almacén en Kinsasa. El veterinario lo estaba valorando, pero hasta que no pasaran unos días no podrían saber cuánto le había afectado que lo alimentara con leche de vaca.

—Esta audiencia no es para decidir si eres culpable o inocente, ¡eres culpable! —dijo Neptuno mientras se colocaba su corona—. Cibi quiere que le expliques qué te llevó hacer esta ofensa. He revisado tu expediente y aparte de esta locura, veo que reciclas, ayudas a los protectoras de animales, no comes carne, te preocupa el medio ambiente, sigues a Leonardo Dicaprio en redes sociales…

—No lo sé. Lo vi, …¡tan mono!

—Gorila…—dijo Neptuno.

—¡Era precioso! Los cazadores furtivos los matan. Yo no quería que muriera y pensé que lo mejor sería llevarlo a un sitio seguro, mi casa.

— Tu casa un sitio seguro, ¿para un gorila? —preguntó La Cibeles.

—Si,…¿no?

—No es un perro o un gato. Necesita zonas amplias. Comer cuando le apetezca, ir donde le dé la gana. Has dejado a una madre sin su hijo —La Cibeles la señaló con el bastón.

Neptuno, no dijo nada. Clara cerró los ojos, apretó los nudillos. Estaba segura de que si dejaba de oirles terminaría despertando del sueño. Al abrir los ojos se encontró con Neptuno mirándola fijamente.

—Reconoce tu error y yo podré irme a dormir.

—¿No eres mi abogado defensor?

—¿Ves algún fiscal por aquí? —respondió Neptuno—.¡No escuchas.!

Clara tragó saliva.

—De acuerdo, Cibi…, jueza. Tiene razón cometí un error grave. Estoy dispuesta a pagar por ello. No puedo decir que no soy culpable, ¡pero sea buena conmigo!

Clara empezó a llorar. Se llevó las manos a las cara para cubrirse. No podía creer que al final lo hubiera hecho. El castigo no sería pequeño.

—Clara, ¿estas bien? —dijo Andrés—. Sabía que te gustaría, pero no que te ibas a poner a llorar.

Clara abrió los ojos. Todavía estaba en la Reserva Lésio-Louna. No se había llevado al bebé gorila. Sonrió, abrazó con fuerza Andrés y continuó disfrutando de la visita, a pesar de la humedad y del olor a primavera, tierra y verano.

 

 

 

 

 

 

One response to “La ofensa

Comentario, crítica

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.