Fondo de armario

Mientras sus hijos hacían los deberes, Isabel pensaba en el sobre que había recogido en el apartado de correos. Miró la hora en el reloj de pared del salón. Eran las seis de la tarde. Roberto, su marido, tardaría un rato en llegar. Debía aprovechar ese momento, mientras los niños estaban ocupados y su marido no estaba, para abrir el armario de la entrada y guardar allí para siempre la foto que encontró en el sobre.

Se levantó del sofá y fue a la cocina. Metió la mano en el bolsillo del pantalón. Abrió el sobre y sacó la foto. Se tapó la boca, bloqueando cualquier palabra o sonido que pudiera salir. Suspiró una vez más. Cuando supo que aquel dolor ya había pasado, se quitó la mano de la boca y la puso en su pecho, intentando volver al ritmo normal de su respiración.

Salió al pasillo, sigilosamente, no quería que los niños la oyeran, saldrían enseguida para ver que hacía su madre. Se quitó la cadena del cuello,  donde llevaba colgada la llave del armario. Isabel abrió el armario, deslizó el cajón superior y colocó el sobre en el fondo del cajón. En aquel armario guardaba muchas cosas y la única llave la tenía ella. 

Para Roberto aquel armario que su mujer guardaba tan celosamente cerrado, era un fondo donde guardar las cosas de las que no quería deshacerse, pero que tampoco quería volver a ver. Eran parte de su vida, desde sus cimientos hasta el día en se conocieron. Era un armario emocional, entre la vida y su alma, entre el dolor y la perdida, entre la vida de la niña Maribel y la vida de la mujer en la que se había convertido.

Esta vez en lugar de cerrar enseguida el armario para que nadie pudiera echar un vistazo, Isabel apoyó sus manos en las puertas. Miró en su su interior, ¡la de cosas que había acumulado durante todos estos años!, ¿por qué no se había desecho de aquello?, ¿qué se lo impedía?

Entre todos aquellos objetos estaba el vestido de su puesta de largo. Una fiesta que su madre le había preparado con tanto cariño, que ella nunca quiso celebrar, pero para la que práctico hasta el dolor la sonrisa que su madre deseaba ver aquel día.

Su vestido de novia de su primer matrimonio, a los veinticuatro, ni siquiera le dejaron presentarse a los exámenes finales de la carrera, y como buena hija debía hacer lo correcto.

Su primer vestido de premamá, que se puso en sus tres primeros embarazos, que nunca llegaron a darle un hijo. Un trozo de la llave de la casa en la vivió con su primer marido y que rompió el día que le dejó, para que el no pudiera seguirla.

Aquel armario era un reflejo de las cosas que había hecho en su vida, sin oponer la más mínima resistencia. Tenía miedo a que si dejaba sueltas aquellas cosas volvieran a por ella. Por lo menos aquel armario era una cárcel donde mantener ocultos los períodos de su vida que siempre quiso controlar y no pudo.

Para ella guardar esas cosas, aunque no las volviera a mirar, era una manera de recordar que en la vida había que tomar decisiones, aunque los de alrededor le dijeran que se equivocaba. Se equivocó, pero algunas de aquellas decisiones consiguieron que la vida fuera menos gris de lo habitual. Al final una de las decisiones hizo que la vida fuera de color de rosa, en ciertos momentos.

No debía pensar en los demás, si no en como afectaban esas decisiones a su vida. A sus hijos, Eric y Lola, les decía siempre que la gente que nunca se equivocaba es porque nunca había intentado saltar al vacío. Isabel fue valiente y terminó saltando.

Después de abandonar el piso, se divorció de Pablo. Se fue lejos de la gente que “tanto quería lo mejor para ella”. Trabajó mucho. Terminó su carrera de derecho,  la que había abandonado para casarse. La vida le dio otra opción, que ella eligió a pesar de sus miedos. Conoció a Roberto, su amor, su compañero, con el que se casó por “obligación”, para poder adoptar a Eric y Lola.

La relación con Roberto al principio fue tensa, porque Isabel se debatía en hacer lo que quería y lo que le habían enseñado para ser la compañera perfecta. Roberto la empujó, le hizo pensar, la hizo disfrutar de la vida, la llevó por el camino difícil, ese en el cual aprendió a decir lo que pensaba, a saber decir no. Aprendió en ese camino que en su vida ella era la dueña, nadie más.

Cerró la puerta del armario. Echó la llave para esconder sus fantasmas. Al darse la vuelta, mientras se colgaba la llave al cuello se encontró a sus dos hijos mirándola, apoyados en la puerta del salón.

—¿Que había en el sobre? -preguntó Eric.

—Una foto.

—¿Una foto? —preguntó Lola—¿Tuya?

—Sí, con otras personas.

—¿Podemos verla? —preguntó Lola.

—No.

—¿Por qué? —Eric no entendía a su madre.

—Porque es mejor no abrir puertas que cerré hace mucho tiempo.

—Mamá, ¿algún día serás capaz de contarnos algo de ese armario? —preguntó Lola

—Chicos, ya vale. No me gusta hablar, ya lo sabéis, sobre la vida que tuve antes de conocer a vuestro padre.

—¿Pero por qué? —preguntó Eric.

—Porque esa vida nunca me hubiera llevado a encontrarme con vosotros.

Los tres se quedaron en silencio. Isabel se acercó a ellos y los abrazó. Eric y Lola se abrazaron a su madre, no querían soltarla.

La puerta de la casa se abrió. Los tres se soltaron y miraron para saber quién entraba en la casa. Era Roberto,  de la mano de Manuela, su tercer hijo.

4 respuestas a “Fondo de armario

  1. Me encanta un relato precioso yo no tengo armario pero tengo una caja igual con muchos recuerdos pero no me gusta abrirla para no recordar ese pasado. Gracias x esas bonitas palabras un beso y sigue así

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  2. Que relato tan bonito y lleno de emoción. Me ha removido mucho y me ha puesto nostálgica. No tengo un armario bajo llave pero sí un cajón donde a veces me da miedo mirar.
    Felicidades y gracias por tus letras.

    Le gusta a 1 persona

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