Cárcel

Durante los últimos meses cuando Macarena abría los ojos se llevaba una decepción al comprobar que aún seguía viva. Le daba igual oír la lluvia contra los cristales, o sentir el calor del sol asomarse por su mano derecha, ni siquiera el olor del pan recién hecho que Juan le preparaba todas las mañanas, en la panificadora que compraron nada más decidir que iban a ser padres; nada, nada de todo eso destruía las nubes grises que permanecían con ella desde hacía tiempo. El mundo se había detenido para siempre en aquel cuarto que solo abandonaba para ir al médico o porque había que limpiarlo.

Juan nada más presentía que Macarena había abierto los ojos se presentaba en la habitación para ayudarla a salir de la cama. A ella no solo le invadía el dolor físico, sino tambien un dolor que le revolvía las entrañas por tener que depender del mundo para casi todo. Había que reconocer que Juan, aunque no era un santo, en los últimos tiempos se había ganado ese estatus.

Después de ayudarla a levantarse de la cama, la vigilaba desde la distancia mientras ella sola llegaba al baño, donde se encerraba de un portazo. Se aislaba del mundo durante unos escasos minutos, los que tardaba Juan en ponerse nerviosos y golpear suavemente con los nudillos la puerta para preguntarle si estaba bien y si necesitaba ayuda. Ella siempre respondía a la primera pregunta bien aunque fuera mentira, y no a la segunda con una rabia contenida, consecuencia de saber que algunas palabras estaban secuestradas en su garganta y que no podría decir nada más.

Cómo podía, notando los ojos de Juan clavados en la puerta del baño, Macarena se lavaba la cara y se peinaba en un lavabo sin espejo, que ella hizo desaparecer nada más volver a casa d2l hospital. Odiaba los espejos, los cristales, cualquier superficie que le devolviera el reflejo de aquella realidad. A veces al abrir la puerta del baño se encontraba con Sveta, una enfermera rusa, grande, armada de paciencia infinita, preparada para cuidarla aunque ella no quisiera, mientras durante Juan estuviera trabajando.

Sveta hablaba bien el español, pero Macarena a su modo le había hecho entender que no quería conversación. Al principio Sveta se lo tomó a mal que Maca, como ella la llamaba, no quisiera que hablara. Pensó que era una persona muy agria para su edad, que de seguir con esa actitud terminaría sola porque la paciencia de Juan como la de cualquier persona no era infinita. Sveta tardó poco tiempo en darse cuenta que lo que realmente le pasaba a Maca era su imposibilidad de mantener una conversación. Juan también le explicó que a Maca no le gustaba recibir visitas. La única persona además de Juan y de ella que estaba autorizada a verla era su madre, pero solo una vez al mes. Cada vez que la madre de Maca la visitaba, esta terminaba más angustiada, deseando con más fuerza que nunca que esa noche cuando el cansancio diera paso al sueño se abrieran otras puertas que la sacaran de esa cárcel en el que se había convertido su cuerpo.

Con el tiempo Sveta fue tomándole la medida a Maca, en especial al tema del baño. La primera vez que la desnudó para meterla en la ducha se agarró como pudo al pomo de la puerta, y lo hizo con tanta fuerza que terminó por arrancarlo. Juan le contó al día siguiente, pensando que Maca no les oía, que nunca le gustó compartir el baño y muy especialmente mientras se duchaba. Lo llamaba su momento de desconexión. Eran unos minutos bajo la ducha que para ella eran importantes pues necesitaba estar cierto tiempo ausente, sentir que se bajaba del mundo, ocultarse de la vida un momento. El hecho de tener que depender de una persona para ducharse debía ser muy difícil para Maca, pensó Sveta. Las siguientes semanas Steva se dedico a darle un poquito de independencia a Maca con ejercicios que la ayudaran a sostenerse sola, y a caminar aunque solo fueran unos minutos al día. El primer día que pudo bañarse, echando las cortinas del baño, aunque Steva no la dejara sola por si acaso, se le dibujó un pequeña sonrisa en la cara que Steva entendió como un gracias.

Los días, las semanas, los meses pasaban, pero para Macarena siempre era lo mismo, se sentía inútil. Para Sveta cada paso, cada palabra que decía, era un escalón más para alcanzar la curación total. Sabía que no quedaría al cien por cien perfecta, pero eso no importaba, porque podría ser una persona normal de cara a los demás.

Desde el momento en que decidieron ser padres Juan se tomó demasiado en serio el tema de la alimentación, empezando por hacer el pan en casa. Desde ese momento Macarena no volvió a comprar pan en la panadería de Tomás, pero se dejaba caer por ella una vez por semana para comerse un donuts de azúcar, eso sí a escondidas de Juan que había instaurado la dictadura del comer sano. Esos minutos mientras devoraba el donuts de azúcar le venían bien para hablar con Tomás, una especie de psicólogo al que le unía esa extraña sensación de llevar tanto tiempo en Madrid y no sentir que aquella ciudad fuera para ellos.

Fué una tarde de principios de febrero, donde el frío que no había hecho en enero se había presentado de repente. Macarena entró en la panadería de Tomás a por su donuts de azúcar. A Tomás le sorprendió que la chica de los donuts fuera dos veces en una semana. Él le dio conversación y ella aprovechó a soltar todo lo que llevaba dentro. Estaba harta del trabajo donde no se la tenía en cuenta porque estaba casada y pensaba ser madre, harta de su familia por tener que cumplir reglas que ella no quería, harta de la gente que cada dos por tres le preguntaba si ya estaba embarazada, harta de esa ciudad a la que se dejó arrastrar por amor, harta de no haber vivido la vida que deseaba. Si pudiera salir corriendo en ese preciso momento lo haría.

Tomás también se desahogo dejándose llevar por el desánimo de Macarena. Él también estaba harto de esconderse en esta ciudad que no era la suya, harto de ser juzgado sin que le conocieran, harto de los cuchicheos de la gente. Él estaba dispuesto a salir corriendo esa misma tarde, pero sólo si ella le acompañaba, así serían más valientes.

Cuando se dieron cuenta estaban en el coche de Tomás dirección Valencia, dispuestos a dejarse acariciar por las olas del mar Mediterráneo. Macarena le mandó un what a Juan en el que le decía que necesitaba tiempo de desconexión, que no la buscara. Apagó el móvil y desaparecieron de Madrid sin que nadie pudiera impedirlo.

Solo estuvieron fuera un día, suficiente para darse cuenta que la valentía que les acompañaba en el viaje de ida no era lo suficientemente fuerte para dejar atrás todo. Para poder empezar de cero, se dieron cuenta de que no podían huir hacia adelante, sino que debían asegurarse de cerrar unas puertas para poder empezar abrir otras. Llamó a Juan y le dijo que volvía a casa, tenían que hablar.

Juan intentó hablar con ella, pero Macarena apagó el móvil para meterse en sus pensamientos de camino a Madrid. En el viaje de ida Tomás y Macarena no habían parado de hablar ni un segundo. Sacaron todo lo que llevaban dentro, quitándose el nudo que les ataba al ancla de la rutina, que les mantenía como simples espectadores de su vida. En el de vuelta la desilusión les invadió y aquello parecía un velatorio, no se hablaban, casi no respiraban.

Cuando Macarena abrió los ojos reconoció el olor a playa que llevaba impregnado en la ropa. Le dolía la cabeza. Intentó moverse pero su cuerpo no le respondía. A su lado estaba Tomás, al que veía de reojo. Consiguió levantar el brazo izquierdo y tocar su cuerpo, le notó como hielo.

Se salieron de la carretera en algún lugar poco transitado de una carretera secundaria que decidieron coger para hacer un poquito más largo el camino de vuelta a la realidad. Un ciclista dió la voz de alarma al ver que una parte del quitamiedos de la carretera había desaparecido. Les encontraron tapados por la maleza. Macarena estuvo junto al cuerpo de Tomás casi dos días, en continuas idas y venidas de los brazos de morfeo. Cada vez que despertaba tocaba el hielo en que se había convertido Tomás e intentaba gritar, pero a medida que lo intentaba iba dándose cuenta de que su cuerpo se había convertido en una cárcel.

De nuevo otro día llegaba a su fín. La noche comenzaba asomarse. Macarena se hundía sabiendo que no podría rebelarse contra esa cárcel en la que se encontraba, solo porque un día decidió…

6 comentarios en “Cárcel

  1. Bueno con esa muy mi particular manera inesperada de interpretación, supongo que ese tema “La Cárcel” viene muy a moda en estos tiempos tan inciertos que las parejas jóvenes experimentan. Ese dejar de hacer, que se convierte en reproche, y muchas veces en contra quienes menos lo merecen. Ese enmudecer, con las caras de palo ( una en frente de la otra) esquivando la realidad. Ese estar por apostarle todo a una vida ( en un vientre) que ya antes de nacer, se siente ajeno. Ese atreverse a huir, por huir…, con el primero que consigue dominarte la mente, y moverte como quien te mueve como marioneta. Ese despertar bajo la maleza ( junto a un cuerpo, extraño) la verdadera cárcel. Ese moverse por inersia. Ese recuperarse, a desgano. Sabes, es como esa cárcel a la que me han sometido (cuando mis cuatro paredes) esas donde amaba escribir a diario…fué invadida por barrotes formados por ojos que miran fija, invasores, que no dejan bien en claro que quieren conseguir con eso. Lo único que se sabe, y eso no se podrá ir de la realidad es que el problema del podrir del mundo es: ese desear lo que el otro tiene, ese tenerlo a como de lugar, ese disfrute de los demás por ver desmoronarse al que pareciera tener eso que se desea sin esfuerzo. Esas reglas que te hacen no pertenecer, en una sociedad enferma que cansa, pero no por no tener potencial, cansan las actitudes, la bajesa de las gentes, el querer imponer, la intolerancia. Esas cárceles caminando o muy trajeados o con poca ropa, esas cárceles que gritan ” giren la llave” dejen la libertad de ser… Eso! Pido ser. ( diria yo, como protesta a los barrotes impuestos por sobre mis cuatro paredes) donde hace ya tiempo, dejé de hacer eso que tanto amo. ESCRIBIR porque también se escribe para tratar de que la gente reflexione…no para vender libros

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