Clase de tango

Llevo muchos años dando clases de tango, por lo que no entiendo mis nervios ahora mismo. Es mi primera clase en esta escuela, pero llevo haciendo esto años, desde la universidad. Puede ser porque llevo solo cuatro meses en esta ciudad. Llegué a este país con muchas ilusiones, dispuesto a trabajar en lo que realmente me gusta y se me da bien, dar clases de tango. Cuando llegué mi nivel de inglés no era lo suficientemente bueno como para poder llevar una clase como lo hacía en mi país, pero hoy estoy preparado, mi inglés es fluido o eso creo y es posible que esto sea el origen de mis nervios. Quiero poder enseñarles sin problemas,  transmitirles la esencia del tango, la pasión que encierra.

En unos minutos, aunque puede que antes de lo que espero oigo barullo en la escalera de acceso, conoceré a mis doce alumnos y alumnas, bueno en realidad son 13, pero la impar es una viuda amiga de la dueña que ha aceptado como regalo estas clases, el resto vienen en pareja. Yo soy el profesor al que pagan por enseñarles tango, por hacerles entender el tango, y si alguno llega a sentir la pasión que yo les transmitiré, será que en parte lo he hecho bien.

La gente empieza a entrar en la clase, saluda y se dispersan por ella, es como si se tuvieran miedo entre ellos, o ¿será que sienten vergüenza? Voy a ver si estamos todos. 1, 2, 3, 4,…11 ¿me falta una pareja? Bueno creo que para romper el hielo y que se comporten como una clase, un grupo,  voy a ir presentándome, así haré tiempo para que lleguen los dos que faltan.

—Hola me llamo Andrés y voy a ser vuestro profesor de tango este curso. Por lo que veo sois una clase con diversidad de edades, tenemos gente muy joven y gente menos joven, lo cual está bien porque podemos ver, tocar, sentir el tango desde diversas perspectivas. Lo mejor es que nos vayamos presentando. Para ello os pediría que os pongáis a mí alrededor formando un círculo desde mi derecha hasta mi izquierda, con la pareja que os acompaña.

Mientras mis alumnos se van colocando para que formemos un círculo, me fijo en ella, en la viuda, aunque ha sido su vestido el que me ha llamado la atención, naranja. La noto  desubicaba, como si estuviera en esta clase porque no hay más remedio.  Bueno empiezan las presentaciones.

—Me llamo Anna. Este es mi hermano Paul y estamos aquí porque nuestra madre nos ha apuntado. Dice que así por lo menos la dejaremos tranquila unas horas a la semana.

—Hola soy Katherine…—la interrumpo.

-Lo siento Katherine por interrumpirte, pero quiero que os presentéis uno por uno aunque vengáis en pareja. —Sonrio a Katherine que me devuelve una sonrisa alegre y burlona.

—Hola me llamo Paul, y no tengo más que añadir a lo de mi hermana…Bueno sí, no solo somos hermanos, sino que además somos gemelos.

—Gracias Paul —no me contesta y vuelve a donde estaba mirando, el suelo— Ahora sí Katherine.

—Hola soy Katherine.

—Y yo Eric.

—Somos marido y mujer —dice ella—. Vimos el anuncio en el bar donde normalmente celebramos los cumpleaños y decidimos apuntarnos. Siempre he querido aprender algún baile de salón.

—Y yo —continúa Eric— siempre quiero tenerla contenta, así ella me tiene a mi contento, ¿verdad pichoncito? —la estruja entre sus brazos. Eric no quiere compartir a su mujer con nadie.

—Eric contrólate un poco —le dice Katherine quitándose sus manos de encima— ¡hemos venido a bailar no a flirtear, guapo!

Se oye alguna que otra carcajada ahogada. Han debido de ser una pareja de esas que llaman la atención por empalagosos. Siguiente.

—Hola soy Sara amiga de Katherine y Eric. Me hablaron del curso y me dije ¿por qué no? Mejor aquí moviendo el culo que aumentándolo en casa, ¿no? —estas risas no han sido tan bajas como las anteriores.

—Hola. Soy Michael, también amigo de Katherine y Eric. Me comentaron lo de las clases y que su amiga Sara no tenía con quién ir, y bueno pensé que un caballero nunca deja a una dama sola —la mira y sonríe,  aunque rapidamente vuelve a posar sus ojos en la belleza del vestido naranja. Sara se ha puesto un poquito colorada. Pensaba que a ciertas edades eso ya no ocurría.

—Yo soy Caroline y él es Alfred —venga otra que va a presentar a su compañero—. Somos compañeros de universidad. Un día decidimos que teníamos que apuntarnos a un gimnasio para quitarnos un poquito el estrés de los estudios y nos pusimos a buscar. Entramos en un bar y vimos el anuncio de las clases de tango. A Alfred le pareció un poco complicado, ¡pero nos encantan las complicaciones! —Caroline le toca el hombro a Alfred que empieza a mover las manos, ella va ser nuestro intérprete.

—Me llamo Alfred. Mi dificultad —Caroline le mira, ha cometido un error— perdón nuestra dificultad es que soy sordo total de un oído, el otro tampoco es que funciones muy bien. Soy mudo de nacimiento, vamos que estoy apañado. Sé que es posible que yo haga que nuestra pareja sea la más lenta del grupo, pero no es la primera que afrontamos un reto complicado. La gente nos mira a veces con cara de “esto no lo podéis hacer, es imposible” y esta vez como en esas ocasiones estamos dispuestos a demostrar que se equivocan. Solo os pido un poquito de paciencia conmigo. Considerarme una tortuga, lenta pero segura.

La siguiente es la viuda, vestida de naranja.

—Hola soy Marie y una amiga me ha regalado el curso…, no tengo más que añadir —breve. No está a gusto y le molesta la mirada de Michael.

—Hola soy Lousie y el Lewis, somos los  hijos de Katherine y Eric.

—Y como vosotros —Lewis mira a los gemelos— nuestros padres nos han apuntado a clases de tango, aunque vosotros tenéis más suerte, no os acompañan.

Katherine suspira y cierra los ojos en señal de malestar con unos hijos tan poco agradecidos. Esta familia ha marcado sus muros desde el principio.

Todos giramos la cabeza hacía la entrada, se oye subir rápidamente a varias personas y risas. La puerta se abre ante nuestra atenta mirada.

—Lo sentimos —esta pareja emana pasión por todos los poros—. Hemos perdido el autobús.—Se echan a reír tiernamente mientras se miran acercando sus cabezas.

Son la única pareja del grupo que lleva alianza, muy brillante, deben de llevar poco casados y no solo se nota por la alianza si no porque no pueden dejar de comerse con los ojos. Estoy seguro de que si no hubiera nadie presente se estarían devorando sin contemplaciones.

—Bueno solo quedáis vosotros, acercaos al círculo para que os presentéis y empezamos la primera clase.

—Hola a todos yo soy Thomas y ella es Francesca. —Francesca saluda como si saludara a su público—. Nos conocimos en Las Vegas hace cinco años. Hace dos nos volvimos a ver, el destino quiso darnos una segunda oportunidad. Nos hemos casado hace un mes y como no tenemos dinero para ir de luna de miel hemos decidido aprender a bailar tango.

—Bueno pues ya nos hemos presentado todos —tengo ganas de empezar a transmitirles mis conocimientos—. Coger a vuestra pareja. Marie, vas conmigo —creo que al principio de la clase no le hacía gracia tener que bailar con el profesor, pero después de como la miraba Michael, como un roedor a su queso, se siente tranquila de que sea yo y no él su pareja—. Por favor Marie, vamos al centro de la clase.

Todos se colocan formando un círculo alrededor nuestro para no perder detalle. Ahora si comienza mi clase.

—Vamos a empezar con lo básico. Un tango suele durar unos tres minutos aproximadamente. Lo básico es el abrazo y saber caminar. Con el abrazo —coloco mi brazo izquierdo cogiendo con delicadeza la cintura de Marie y coloco mi mano derecha preparada para recibir la suya. Ella con miedo, noto su nerviosismo, coloca su brazo izquierdo apoyándolo en el mío su mano cae sobre mi hombro, y la mano derecha se deja coger por la mía—. Tenemos que caminar. Yo como hombre tengo que caminar hacia adelante vigilando que mi pareja camine sin problemas hacia atrás —miró a Marie—. Para eso ella debe confiar en mí, como si yo fuera un talismán hasta el punto de que pueda confiar tanto en mí que puede llegar a cerrar los ojos, aunque eso será poco a poco. Caminemos Marie —la sujeto con delicadeza pero con fuerza. Su caminar no es dubitativo, intranquilo, al contrario cierra los ojos y camina sin problemas, me lleva.

—Podéis comenzar —el resto de la clase comienza andar—. La notaba nerviosa Marie, pero sin embargo su caminar es seguro, ¿tiene algo que contar?

—No sé porque le hice caso a Samantha.

—Ella me ha contado que su marido murió, lo siento.

—Gracias, pero murió hace más de diez años.

—Bueno igualmente lo siento.

—Sé que todo el mundo se extraña por verme con un vestido naranja, es como si viniera preparada para una fiesta, pero todo tiene su explicación.

—Me gustaría oírla, si quiere. Si conoces a tus alumnos sabes cómo puedes ayudarles.

—Buff, es algo que cuesta, pero lo haré -apoya el lado izquierdo de su cabeza en mí y me susurra al oído—. Mi marido desapareció en el huracán Matthew en New Orleans. Nunca encontraron su cadáver. Yo siempre le esperé, siempre esperaré a que aparezca por la puerta de casa y nos riamos juntos de todo esto. Hace un año su hermano necesitaba que se le diera por muerto para poder gestionar la empresa sin problemas y tuve que solicitar la declaración de defunción. Eso me hizo replantearme el ordenar sus cosas. Mi hermana encontró en un altillo del trastero una caja llena de polvo, envuelta en papel de regalo con un lazo enorme a mi nombre. La tarjeta firmada por mi marido decía que era para la celebración de nuestro aniversario, en nuestro próximo tango, algo que hacíamos todos los meses. El tango nos encanta, nos encantaba a los dos. Cuando abrí la caja me encontré con este vestido naranja. No hubo próximo baile. Cuando Samantha me comentó que había contratado un nuevo profesor para las clases de tango y que me había apuntado, decidí ponérmelo en honor a Harry. Ahora mismo me siento como si le estuviera engañando.

—No es así. Si a su marido le gustaba tanto el tango como veo en sus ojos, seguro que está disfrutando al verla bailar, desde donde quiera que esté. Seguro que la querría ver feliz. El baile puede ser el primer paso, ¿no cree?

—No lo sé, puede. Discúlpeme si soy poco comunicativa.

Giramos nuestras cabezas hacia el mismo lado, al igual que casi toda la clase.

—¿Qué ha sido ese ruido? —ha sonado como un cristal rompiéndose contra el suelo.

Vaya, cara de roedor ha tirado el frasco donde mi jefa guarda las flores no naturales que va coleccionando. Suelto a Marie y me dirijo al armario de la limpieza.

—No se preocupe, ahora mismo voy a por un cepillo y un recogedor para limpiar los cristales.

—Lo siento, es que creo que me he dejado llevar tanto que no he visto lo que hay a mi alrededor.

—No se preocupe. —Tengo la sensación que no es por eso, más bien es porque no deja de mirar a Marie en lugar de estar pendiente de Sara, su pareja.

¿Cómo lo habrá roto? Esto es tango no rock-and-roll. Espero que la jefa no me eche la bronca. ¿Dónde han puesto el cepillo? Aquí está. ¡Está claro que lo ha hecho aposta! Me acabo de dar la vuelta, ¿y con que me encuentro?, con cara roedor agarrando a mi pareja y dejando sola a la suya.

—Disculpe, usted tiene pareja —voy recogiendo su estropicio— ¿podría soltar a la mía?

—Oh, perdón. Cómo mi pareja estaba un poco cansada y veía a Marie tan sola he pensado que se podía cambiar de pareja.

—Pues en mi clase de momento esto no lo voy hacer, ¿algún día?, depende. Por este motivo se pedía en el anuncio  que vinieran con pareja. —Qué cara de terror está poniendo Marie—. Pero bueno, ya lo veremos primero tenemos que aprender a caminar con nuestra pareja.

—Ok, no hay ningún problema, se esperar.

No he podido contener mi cara, creo que roedor se ha dado cuenta de mi perplejidad. Queda claro que viene a cazar.

—¿Está bien? —la viuda está en shock. Nos colocamos de nuevo y seguimos caminando. Le susurro-. No se preocupe la avisaré para que no venga cuando hagamos intercambio de pareja.

—Gracias, se lo agradezco. Ese hombre me hecho sentir como un trozo de…queso, es como un roedor oliendo el queso antes de hincarle el diente. He tenido que apretar la mandíbula para no echarme a reír

Y la clase llega a su fin por hoy. Para que no tenga problemas, acompañó a Marie hasta su coche, dejando claro a cara roedor que no intente nada con ella, no está a su alcance, y al mío tampoco. Mientras veo como se aleja en su mercedes huelo su fragancia en mi ropa.

 

 

 

 

 

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