Carta a Pandora

Madrid, 30 de junio de 2005.

Querida Pandora, (siempre me gustó ese apodo),

Ayer conocí a Frankie. Vino a entregarme la carta que me enviaste hace ya casi treinta años y que nunca llegó a su destino. He de reconocer que ayer me volví a enfadar con  mi madre, reconocí su letra en el sobre “para devolver”.

Frankie me contó que os conocisteis en Marsella, a donde llegaste después de huir de esta España que no estaba preparada para alguien como tú. Me contó muchas cosas de ti, la verdad prefería oír su voz antes que la mía, porque tú recuerdo sigue estando presente en mí aunque de primeras pueda parecer que te olvidé hace tiempo. Frankie me dijo que fue feliz contigo, aunque nunca fuiste suya por entero, siempre supo que había otra persona.

Me contó que tuviste la carta guardada todos estos años en el cajón de tu mesilla, sin importarte si Frankie la encontraba, sabías que siempre respetaba tus decisiones, tu espacio, que si esa carta estaba colocada en la mesilla y la acariciabas antes de irte a dormir, tus razones tendrías. Frankie me contó que teníais planes para venir a España, pero que por su trabajo, o por qué tú no querrías sufrir una decepción, siempre encontrabas una excusa excusas para no darte de frente con mi realidad. No fue una sorpresa para Frankie, cuando te detectaron el cáncer, que le pidieras que si te pasaba algo me harías entrega de esta carta, aunque siempre te decía que me la entregarías tú en persona. Por desgracia no ha sido así. Después de varias horas donde repasó su vida contigo, nos dimos nuestros datos de contacto, y nos despedimos con cortesía sabiendo que nunca nos volveríamos a ver.

Cuando me quedé a solas no encontré ninguna excusa, ni tuve la fuerza suficiente para abrir tu carta, nunca fui tan valiente como tú, o mejor dicho nunca fui valiente. Lo mío siempre fue vivir en apariencia, sin romper las reglas. Llegó la noche y me acosté, aunque no dormí nada. Cada vez que cerraba los ojos tu carta aparecía ante mí, esperando ser abierta y oír todo lo que tenías que decirme. El cansancio por fin tuvo sus frutos y terminé cerrando los ojos sin ver tu carta, pero te vi en sueños, tan rubia, tan blanca, con esa determinación en los ojos de irte fuera para poder sentir sin que nadie te indicará ni cómo ni con quién. En sueños me vino aquel día en la playa, donde nos cogimos de la mano, sin importarnos nada ni nadie y nos metimos solas en el mar, como dos enamoradas.

manos-recortadas

 

By Sagra Jiménez

 

Me desperté llorando, pero aún no estaba preparada para abrir tu carta. Mientras desayunaba puse la radio. El locutor hablaba de que hoy se decidía la aprobación del matrimonio homosexual en España. No sé si eso fue la señal que esperaba y abrí tu carta.

La primera vez que la leí he de decir que me decepcionó, no sé, esperaba una declaración de amor, una petición, un ruego tuyo para reunirme contigo en Marsella, pero desde la primera línea dejaste claro que me dabas por perdida, sabías que yo nunca lo haría. En tu  carta me contabas que Marsella era un lugar precioso donde habías conocido a Frankie. La querías, pero seguías amándome a mí. Aun así habías tomado la decisión de irte a vivir con ella, en ser un matrimonio aunque nunca os pudierais casar. Era la persona perfecta para continuar con tu vida. Nunca me olvidarías, siempre estaría en un rinconcito de tu corazón. Tu última frase dejaba claro que no querías que contestara a tu carta, simplemente me decías ADIÓS, así, en letras grandes. Y no te equivocaste al despedirte de mí para siempre, nunca hubiera ido a buscarte a Marsella, pero en una pequeña porción te equivocaste, he sido libre estos años.

Me encantaría decirte que yo también encontré a mi Frankie, pero no fue así. Dos años después de tu marcha acepté que mi madre me buscará marido. Yo ya tenía treinta y dos años. Después de dos señoritos de provincia acepté salir con Rafa, no sé si  te acordarás de él, pelo rizado, ojos profundos, caballeroso, atento, educado y gay. En la tercera cita, cuando al final nuestras madres nos dejaron solos, nos pusimos a hablar y la verdad, nuestra verdad, salió a la luz. No sé como pero seguro que el hecho de estar en la misma situación, nos dio la suficiente valentía para contarles a nuestras madres que amábamos diferente. Te puedes imaginar cómo se puso mi madre, me echó de casa y nunca volví a tener relación con mi familia. La madre de Rafa fue más benevolente. Nos aconsejó irnos del pueblo y nos ayudó a buscarnos la vida en una ciudad, grande, donde nadie nos conociera. En parte comencé a sentirme libre, como seguro tú te sentías en Marsella, pero al mismo tiempo sentía ese dolor por no ser aceptada mezclado con la decepción que sentía mi madre por mí.

Nos vinimos a Madrid y como tú, siempre siguiendo unas reglas, pudimos sentirnos libres. Rafa se fue unos años después, encontró a su Frankie. Yo me quede sola sabiendo que nunca encontraría a nadie como tú, Pandora. Nadie que me hiciera sentir de esa manera. Decidí estudiar magisterio, siempre se me dieron bien los niños. Fui profesora de lengua hasta el año pasado. En parte mis alumnos consiguieron sanar ese corazón que se rompió al verte partir el dos de octubre de 1973, en aquel autobús destartalado, sin saber si llegarías bien o a dónde llegarías.

Sé que nunca recibirás esta carta, que nunca volveremos a vernos en esta vida, pero quiero que sepas, allá donde estés mi querida Pandora, que celebraré por ti el matrimonio que pudo ser el nuestro.

Siempre tuya, Emilia.

P.D.: Esperó que algún día me perdones por no haber sido tan valiente como creías que era.

5 comentarios en “Carta a Pandora

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