La corbata

Hoy hemos coincidido en la cafetería de la empresa. Ya hace una semana que salió del hospital. Solo estuvo unas veinte horas ingresado y yo estuve allí, no me moví de su lado. Cuando salió del hospital cada uno fue en una dirección, y desde entonces le he evitado, ¿por qué?


Había subido de nuevo a la habitación que me había reservado el gran jefe, me había olvidado el pase para la gran gala y sin el, aunque todo el mundo sabía para quién trabajaba no me iban a dejar pasar, la seguridad ante todo. Iba por el pasillo cuando la puerta de su habitación se abrió y sujetándola me preguntó si podía pasar a ayudarle con el nudo de la corbata. Entré sin temor alguno, era uno de los invitados estrella de la gala, había que ser amable. Le noté nervioso, me fijé que tenía un ligero temblor en las manos.

Se sentó en una silla, su estatura en comparación con la mía hacía imposible que pudiera ni siquiera colocar la corbata alrededor del cuello. Cualquiera que le hubiera visto con aquel traje pensaría que se preparaba para acudir a un entierro, si no fuera por la corbata azul que le daba un golpe de color al traje. Se pasó un pañuelo por la frente, sudaba un poco. Su respiración comenzó a ser más rápida. Le pedí que se sentara en la cama, si se mareaba podría caer hacia atrás. Empezó a hiperventilar.

-¿Confías en mí? –le pregunté.

-Sí.

-Pues aunque te parezca raro lo que voy a pedirte, por favor cierra los ojos –le cogí su mano izquierda y la coloque entre mis pechos- y concéntrate en mi respiración.

Abrí un ojo para comprobar lo que estaba pasando, pero lo cerró enseguida y su respiración se fue sincronizando con la mía. Saqué el móvil y llamé a mi jefe. Necesitaba un médico, uno de nuestros invitados no se encontraba bien. Cuando colgué su respiración volvía a ser rápida y abrió los ojos, yo seguí sujetando su mano entre mis pechos, volvió a cerrarlos.

-¿De todo lo que has comido hasta ahora has notado algún sabor u olor raro?

-No, todo estaba genial.

-¿Beber, cuanto has bebido?

-Agua, solo he bebido agua aunque no te lo creas, no he bebido nada de alcohol. Esperaba a la noche para tomarme una copa, o dos. Si quieres también te puedo decir cuántas caladas le he dado al cigarrillo de vapor.

-No sabía que las contaras. Entonces, ¿qué crees que te pasa?

-¿Nervios?

-¿En serio? –nervios que gracioso, si después de tantos años en este mundo aún los nervios le afectaban de esa manera, tenía un serio problema-. ¿Dónde has comido con el supremo?

-En un sitio precioso, el Jardín Azul.

-Si precioso, pero peligroso –solté su mano, acababa de dar con el posible causante de su malestar- ¿puedes empezar a desnudarte? Vale suena raro, pero tiene una explicación. La primera y única vez que he ido al Jardín Azul –me subí el vestido para enseñarle mi pantorrilla izquierda, incluso con media se veían los dos puntos- me picó una araña en teoría. Mi pantorrilla se hinchó y aquella visita me costó quince días de hielo y antibiótico. Si te ha picado alguno de los bichos que por allí pululan…

No hizo falta insistir comenzó a quitarse la chaqueta, yo le ayudé a desabrocharse la camisa, nos miramos y sonreímos. Mientras se quitaba la camisa fui descubriendo un cuerpo armonioso que por alguna extraña razón él prefería mantener oculto debajo de la ropa oscura que siempre llevaba. Me gustaría saber porque se escondía, pero no me atreví a preguntarlo.

-¿Por qué siempre vas de negro? Hasta tus gorras son negras.

-Tú también vas de negro.

-Yo nunca voy de negro totalmente, mi vestido es negro pero lleva toques morados.

-Es un color que siempre me ha dado seguridad y distancia.

-¿Distancia?

-Distancia –no explicó nada más y yo no insistí.

-Voy a empezar por el brazo derecho.

Mirando su brazo derecho vi que no era muy velludo. Sus brazos hasta el codo estaban cubiertos de un halo de masculinidad que al tacto era suave. Mientras lo miraba, entre ese vello, apareció escondido un punto rojo bastante grande, duro y del que ya empezaba a brotar un líquido blanquecino.

-¿No notas picor? –le dije señalando el punto.

-No.

Su respiración comenzó de nuevo a ser agitada, así que le volví a pedir que cerrara de nuevo los ojos y coloqué otra vez su mano izquierda entre mis pechos. Aunque su mano no tocaba directamente mi piel podía notar su calor. El gran jefe entró en la habitación acompañado del médico y del gerente del hotel. Le dije al médico lo que había encontrado y mientras lo examinaba, él continuaba con los ojos cerrados y yo sujetándole la mano. Noté los ojos de mi jefe clavados en mi nuca, molestos por la escena. El médico pidió una ambulancia. Cuando llegó él me pidió que le acompañara, por supuesto acepté. Mi jefe no se opuso pero al salir de la habitación me sujetó por el brazo y me dijo al oído “el amor es malo para los negocios”. ¿Amor?, me solté y me fuí con él. Yo solo quería ser amable… los dos estábamos solos en aquel país al que no pertenecíamos.

En el hospital le tuvieron que rajar la herida, donde apareció una especie de aguijón. Se la limpiaron y se la taparon. Como no sabían exactamente que le había picado le pusieron un antibiótico de amplio espectro, una botella de suero a la que le pincharon una especie de calmante para que se relajara un poquito, y le metieron en una habitación donde le dejaron en observación. Hablamos un poco, pero ninguno habló de lo que había pasado en la habitación, ni del jefe. No habíamos hecho nada malo. Se quedó dormido. Yo estaba cansada pero no era capaz de dormirme en aquella silla, el vestido me estorbaba. Entró una enfermera que comprobó que todo estaba bien. Me preguntó si necesitaba algo. Le pedí unos folios y un bolígrafo, se extraño pero al rato apareció por la habitación con lo que le había pedido, necesitaba escribir, vaciar mi mente, poner por escrito todo lo que daba vueltas por mi cabeza.

El enfermo duerme, indefenso, y yo he venido aquí para protegerle. En realidad no estoy aquí por el bicho que le ha picado, sino por culpa de esos ojos negros cargados de una oscuridad profunda de la que no soy capaz de escapar. Me he aprendido cada gesto, cada movimiento de su cara, su cuerpo. Cuando sonríe soy capaz de saber si lo hace por cumplir o porque realmente le apetece. Le he oído reír, siempre termina con un suspiro como si le faltará el aire, creo que llevaba demasiado tiempo sin reír, sin esa risa que hace que los pulmones se llenen de vida.

Su voz es un dulce quejido rasgado. Tan alto como es, a veces parece que le da miedo hablar, mide sus palabras, se contiene sobretodo delante de mí, porque le he oído alguna que otra vez, sin que me vea, algunas palabras de esas que seguro que nuestras madres nos obligarían a lavarnos la boca con jabón.

Suele andar erguido, pero de vez en cuando le sale ese deje de adolescente desgarbado, que de la noche a la mañana se encuentra con una altura para la que no está preparado y debe acostumbrarse deprisa a ser una torre alta. Y sus manos…aunque solo fue una la que durante unos minutos dio calor a mi pecho, tuve que pedirle a mi fría mente que se antepusiera a lo que realmente quería, para no dejarla pegada a mi piel para siempre.

Quería besar esos labios asimétricos que esconde cuando levanta las cejas para expresar su sorpresa. Quería quitarle ese traje negro, como su alma, pero dejarle la corbata. Quería recorrer su piel con las puntas de mis dedos y detenerme a besar cada rincón. Quería que posara sus manos en el mío mientras me besa llevando nuestra respiración al compás, intensa, rápida…tranquila.

Dejé de escribir, ya había vaciado mi mente dejando libre mi alma. Doblé las hojas y las coloqué encima de la mesilla, con el móvil encima para que nadie se las llevara. Acerqué la silla y agarré su mano izquierda con cuidado no quería despertarlo. Le miré, tan desprotegido, tan metido en sueños y me dejé atrapar por Morfeo.


Y aquí estamos una semana después. Me da las gracias por no dejarle solo. Nos sentamos uno enfrente del otro mirándonos a los ojos. Mi jefe quiere desayunar con nosotros, pero le pido que nos deje unos minutos a solas. Se va con el entrecejo fruncido. Ahora que estamos a solas quiero lo que es mío.

-Quiero que me lo devuelvas –me sonríe con todo su cuerpo.

-No voy hacerlo, no es justo.

-¿No es justo? –susurro, no quiero que nadie y menos mi jefe se entere de lo que pasa.

-No. Lo justo es que me lo quede en pago por haber sido tu musa.

-Por favor devuélvemelo –me siento desconcertada. He desnudado mi alma y él me la ha robado-. Podríamos usarlo para la escena en la que él le pide perdón, darle una vuelta.

-No voy a devolvértelo y menos para que lo compartas con otras personas, esto es mío -se toca el bolsillo de su camisa.

Se levanta de la silla, se coloca a mi lado y me susurra al oído “Quiero que mis labios se posen en los tuyos, recorrer tu cuerpo no solo con la punta de mis dedos. Quiero que puedas mirarme a los ojos cada día para que veas que esa profunda oscuridad va desapareciendo. Quiero que me provoques risas de las que te dejan sin aliento, que no nos falten. Puedes quitarme la ropa oscura, aunque no puedo asegurarte que mi alma deje de ser negra, pero le daré un toque azul dejándome la corbata.”

-Es solo un texto.

-Mírame a los ojos y dime que no hay ninguna realidad tuya, que no has sentido nada al escribir.

-Yo… –no puedo hacerlo, y aunque le suplico a mi fría mente que me salve de esta situación, hoy está más dispuesta acompañar al corazón que hacer su trabajo.

Me toca la mejilla con la mano izquierda, me besa, en la cafetería, de una empresa, en un país que no es el suyo ni el mío, sin importarle que nos miren, y no me niego a que se quede con el texto, mi corazón, mi alma, mi cuerpo…se lo entrego todo en este preciso momento en que sus labios abren los míos.

10 comentarios en “La corbata

  1. Muy bonito me ya gustado muxo he tardado en leerrlo pero te lo prometí q lo leería asiesq percefto como todos los q escribes un beso muy fuerte y q sigas así q nos gusta muxo leerte

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  2. ¿Qué hay que hacer para que te pique un bicho como ese y ponerte una corbata?
    La imaginación me vuela contigo a rincones insospechados. No dejes que tu pluma deje de fluir aunque sea para darnos los buenos días te esperamos.
    Tu fiel ovejita.

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  3. Me gusta lo que he leido. Estan muy bien descrito y relatado los personajes que aparecen en el texto.
    Hay algunas denominaciones que son muy literarias pero pata mi no se debe abusar de ellas como es ” gran jefe”. ” que los dos están en un país que no es el suyo”.
    Enhorabuena a la autora

    Le gusta a 1 persona

Comentario, crítica

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