Agosto (II parte)

El miércoles me desperté sin que nadie me llamara. Miré el whatsapp y no había ningún mensaje, ni las trillizas ni Cata. ¿O me había despertado muy tarde o mi hermana, por quitarme de en medio, había pasado de mí? ¿Y Cata? Miré el reloj del móvil, eran las diez de la mañana. Para ser verano podía ser tarde si te habías acostado como yo a las doce de la noche o pronto si hubiera salido hasta las mil. Eso era lo que realmente pasaba. Mi hermana estaría durmiendo porque se habían acostado a las mil. Mejor llamar a Cata. Luego pensé que mejor mandarla un whatsapp.         

                                                        what

No hubo respuesta. Mientras me vestía miraba de vez en cuando el móvil pero nada. Miré su perfil de whatsapp y no aparecía conectada. Me bajé a desayunar sin perder de vista el móvil. A lo mejor me estaba a esperando en el restaurante del hotel, pero no fue así, desayuné solo. Al salir del restaurante, llamé a mi hermana, me daba igual que estuviera durmiendo. Al otro lado oí un susurro.

—¿Sí?

—¿Sara? —miré mi móvil ¿me había equivocado?

—¿Qué te pasa, estás bien? —siguió susurrando. Oí una puerta que se cerraba.

—Bueno –dije intentando que mi mosqueo no viajara por la línea —, teniendo en cuenta que he desayunado solo y que el mundo está fuera de servicio, bien estoy bien, ¿y tú?

—Lo siento –el tono ya no era tan bajo —, estoy en el baño. Nora y Lucía siguen durmiendo.

—¿Hasta qué hora estuvisteis de fiesta?

—Pues no muy tarde, sobre las tres. Cata sugirió que nos fuéramos pronto para poder disfrutar hoy de la playa.

—¡¿Qué?! —algunos personas que había en el hall de hotel me mirarón. Bajé la voz—. ¿Qué Cata fue con vosotras? —la ira iba creciendo—. ¡Es increíble! Me voy a la playa, hacer lo que queráis ¡¡cuatrillizas!!

Colgué con rabia. Entendía que las tres amiguitas se hubieran ido juntas, era lo normal, lo raro hubiera sido que hubieran contado conmigo, pero Cata, ¿qué pintaba con ellas? Me subí por las escaleras, cinco pisos, hasta mi habitación. Estaba claro que Cata jugaba a dos bandas, era una manipuladora. Al entrar en el pasillo me encontré a Cata plantada en mi puerta.

—¡Hola dormilón!

—Hola —quería ser lo más seco posible con ella.

—¿Estás enfadado?

—¿Debería?

—No se…

—Pues si no lo sabes tú —metí la llave, abrí la puerta de mi habitación—, no sé quién puede saberlo— y se la cerré en las narices.

—Álvaro, ¿qué te pasa? ¿Estás enfadado? —daba golpecitos en la puerta.

No la contesté. ¿Qué podía decirle que me sentía como el niño del patio con el que nadie quiere jugar? No quería parecer infantil, solo quería que se sintiera mal, como yo al saber que estaba en el bando de la cuchipandi.

—Cuando tengas ganas de hablar me lo dices —seguía en la puerta—. He estado preparando una excursión con el taxista que nos llevó a las minas, sí te apetece claro. Me voy a desayunar. Creí que lo mejor era responder tu whats en persona. Bueno.., bye

Mi conciencia decidió salir y hacerme sentir mal. Si, Cata se había ido son sus “nuevas amigas”, pero había estado preparando una nueva salida para nosotros dos solos. ¡Pero qué imbécil estaba siendo! Abrí la puerta pero Cata ya no estaba.  Al cerrar la puerta me apoyé en ella. Mejor así. Le podría haber dicho que lo sentía, pero estaba molesto. Ellas se habían ido de marcha por la noche, ¡sin mí! Mi cabeza no paraba de darle vueltas y mi conciencia lo complicaba aún más.

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Estaba delante de la puerta de las trillizas pensando en golpear con tanta fuerza que les diera miedo abrir la puerta. Cuando iba a dar el primer golpe, la puerta se abrió y caí de bruces. Al ponerme boca arriba vi a las tres mirándome:

—Vaya creo que anoche pedí un hombre en mi habitación —dijo Lucía— pero no pensé que sería tu hermano.

Nora y ella se echaron a reír, a Sara no le hizo tanta gracia. Me ayudo a levantarme. Les dije lo de ir a la playa, que sería divertido, aunque en el fondo esperaba que dijeran que no y así poder estar con Cata a solas.                    

—Me parece bien – contestó Lucía— mi primita no es tan rara como pensaba.

—¿En serio? —dijo Nora molesta— si la quisiera tener cerca la tendría con nosotras, ¡en esta habitación!

—¡Venga ya, Nora! —contestó mi hermana— como dice Álvaro puede ser divertido. Ayer por la noche no nos lo pasamos tan mal, ¿no?

—Claro, tu no cargaste con tu hermano —mientras hablaba me miraba—. Pensé que serían unas vacaciones que nunca olvidaría con mis dos mejores amigas.

—Anda Nora,  no seas así —Lucía se me quedó mirando— si nos molestan ¡los echamos a los tiburones!

Lucía salió de la habitación mientras mi hermana me empujaba para que yo hiciera lo mismo. Nora cerró la habitación. Sara y Lucía cargaban con las bolsas de las toallas. Recibí un whatsapp de Cata.

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Veinte minutos después estábamos en la playa. Estiramos las toallas para dejar constancia de nuestra llegada. Hacía un poco de viento y las olas estaban preparadas para que jugaramos con ellas. Me acerqué al agua y me quede mirando al horizonte. Sara me cogió la mano izquierda, como cuando de niños íbamos con nuestros padres. Nos miramos y fuimos lentamente metiéndonos en el mar. Sentí una punzada de nostalgia en el estómago. Allí íbamos los gemelos, dispuestos a luchar contra la ola más grande, no teníamos miedo. Me gustó esa sensación de tranquilidad. El tiempo se había detenido y nos había regalado un nuevo recuerdo para nuestro álbum particular. Sonreí a mi hermana. Cuando saliamos del agua Nora llegó donde estábamos y nos separó las manos.

—¡Nora!— grito mi hermana.

—Que bien te llevas con tu hermanito, pero espantas a los posibles ligues, que lo sepas.

Nora intentó deshacerse de mí varias veces, pero el resto del grupo me incluía en todo. Sara y Cata se pusieron a jugar haciendose aguadillas, a tirarse agua, a correr una detrás de la otra, se lo estaban pasando bien. Me fuí a sentarme un rato en la toalla. Desde allí podía ver aquellas dos niñas echándose unas risas. Era como un impass en el tiempo. Lucía se sentó a mi lado, en la toalla de Cata.

—¿Molesto?

—No… —no estaba seguro.

—¿Puedo preguntarte algo?

—Si —me encogí de hombros.

—¿Por qué has venido de vacaciones con nosotras?

No sabía sí responder o no, pero al final lo hice.

—Me quedaron dos asignaturas y mis padres me ofrecieron “estas vacaciones”. Pensé que por lo menos me daría el aire, aunque fuera de guardaespaldas de mi hermana.

—No creo que tu hermana necesite guardaespaldas.

—Puede ser.

—Pensaba que eras el empollón de la familia —le hacía gracia mi situación.

—Lo era, pero los libros no te preparan…—me quedé callado.

—¿No te preparan para la vida?

Lucía empezó a contarme que la gente tenía una idea preconcebida de ella. Que sabía que la consideraban una niña de papa. La verdad es que sí lo había sido, pero eso se acabó hace cinco años, justo cuando empezó a trabajar. Lo que ocurrió fue que cuando estaba empezando el segundo trimestre de segundo de bachillerato despidieron a su padre y de repente el mundo en el que había vivido se vino abajo. La universidad ya no era una opción asequible, sus padres no podían permitírselo. Salir con sus amigos se convertía cada fin de semana en una discusión con sus padres. Cada céntimo contaba. Lo pasó muy mal. Pero un día le dio la vuelta. Pensó que si sus padres no podían mantenerla, se mantendría ella. Aprobó la selectividad, pero hizo un módulo de informática. Mientras estudiaba el módulo se buscó un trabajo de media jornada y los fines de semana, en una tienda de ropa. Todavía trabajaba en la tienda. Al principio había usado el dinero para darse los caprichos que sus padres no le podían dar. Hace dos años decidió que quería ir a la universidad, y haría la carrera que siempre quiso, psicología. Empezó ahorrar y a preparase por su cuenta.

—Me he apuntado a la UNED y empiezo este curso.

—Tus padres estarán muy orgullosos.

—Al principió les costó. No podían aceptar mi cambio, que fuera responsable, pero es que hasta ese momento no lo había sido nunca. Creo que también les molestaba que tomara mis propias decisiones.

—¿Así que psicóloga?

—Sí, si quieres hablar ya sabes dónde encontrarme.

—¿Me vas a utilizar de cobaya?

—Te puedo utilizar de cobaya o de lo que tú quieras…

Mi cara ardía y no sabía qué hacer.

—Mi consejo —me dijo mirándome a los ojos— es que apruebes las dos asignaturas. Si no sabes que hacer tomaté un tiempo. Puede que al principio tus padres se enfaden, pero solo será al principio. Ellos solo buscan nuestra felicidad, aunque a veces no entiendan nuestra forma de buscarla.

Me la quede mirando. Emanaba una tranquilidad contagiosa.

—Buff tengo hambre —no me había percatado de la presencía de Sara.

—¿Dónde está mi hermana? —preguntó Cata que también se había acercado.

Lucía y yo nos miramos. Nadie se había dado cuenta de la ausencia de Nora.

—No lo sé —dijo Lucía poniéndose de pie—. Seguro que se ha enfadado. Conozco a mi prima, no le gustan que la excluyan.

Lucía cogió el móvil y se separó de nosotros. Eran casi las tres de la tarde y empezábamos a tener hambre. La cara de Lucía al teléfono era un poema. Miró el móvil extrañada.

—Chicos, ¿veis aquel restaurante? Pues ya podéis ir a pedir mesa para cinco. Voy por Nora. Está en el hotel ¡llorando porque la hemos dejado sola!.

—Vaya pobre —contesté.

—Que no te de tanta pena —contestó Lucía—. A veces es bueno probar nuestra propia medicina. ¡¡¡Venga id a buscar un sitio donde comer!!— mientras Cata y Sara recogían las cosas, Lucía se acercó a mi oído— seguiremos con nuestra conversación —y me besó en la mejilla.

Mientras Lucía se alejaba corriendo en busca de su prima, no podía dejarla de mirar. Me sentía bien, primero Cata, ahora Lucía. Quien sabe lo que podría pasar. Mientras flotaba en mi nube, Sara y Cata habían soltado los bartulos y me cogieron cada una de un brazo.

—¡Al agua patos! —dijeron las dos a la vez mientras tiraban de mi. La verdad me deje llevar hasta el agua donde me empujaron.

Cuando llegamos al restaurante Lucía y Nora ya nos estaban esperando. Nora estaba muy digna.

—¿Estás bien? —preguntó Cata

—Sí, no te preocupes hermanita —su tono era el de siempre— solo estaba un poco indispuesta. No quería molestar.

Lucía nos miró levantando las cejas, dando a entender que su prima no tenía cura. Ni su propia medicina la había hecho bajarse de ese pedestal que se había creado a medida y donde solo dejaba subir a quién ella quería. Pero resulta que en esos dos días algunas se habían bajado del pedestal para hablar con los mortales, vamos conmigo. La comida transcurrió entre nuestras risas y los sarcasmos de Nora, pero fue agradable. Después decidimos echarnos un rato para salir todos juntos por la noche. Sí,  esta vez me incluyeron a mí a pesar de que a Nora no le hizo ninguna gracia. Yo sería la causa de espantar a los chicos. Lucía le explico que también podían sacarme beneficio, aunque no aclaró cómo.

A las diez de la noche nos fuimos a tomar unas tapas. Cerca había una terraza-discoteca. El ambiente era agradable. Allí como me había pedido varias veces Nora me alejé del grupo. No me importó las tenía a la vista. Cata y Lucía me miraban de vez en cuendo. Sara también lo hacía, pensaba que no la veía pero sentía sus ojos en mi espalda.

—¡Hola! —me dijo una pelirroja—.  ¿Qué tal estás?

—Bieenn —¿de qué me sonaba?

—¿No sabes quién soy, verdad?

—No —para que mentir.

—A ver a ver, he cambiado mi color de pelo castaño insulso por pelirroja, me he puesto lentillas, y me han quitado el aparato de los dientes, ¡por fin!

—¿Nadia?

—¿A qué mola mi cambio?

—Que pequeño es el mundo,

—Pues sí, ¿estás solo?

—No, está con nosotras —dijo Lucía— le hemos dejado un poquito de aire. ¿Qué tal estas Nadia?

—Lucía, estas…

—..genial, lo sé —me agarró del brazo— Bueno no seas mal educado Álvaro y di le adiós a Nadia.

—AAdiós —¿pero por qué tenía que despedirme?

Lucía me llevó a parte

—¿Por qué has hecho eso?

—Te he librado de ser parte de una colección.

—¿Perdón?

—Vaya, si que es verdad lo que cuenta tu hermana, no te enteras de nada. Nadia es conocida no solo por ser una la más empollona del instituto, si no porque con esa cara de mosquita muerta tiene una colección de tíos que ya quisiera una mantis religiosa. Qué crees que quería de ti ¿hablar?

—Bueno y si eso era lo que quería de mí ¿a ti que más te da?

—Álvaro piénsatelo, un calentón para un virgen como tú puede salir muy mal.

—¡¿Quién te ha dicho a ti que yo soy virgen?! —lo debí de decir tan alto que la gente se nos quedó mirando. Por suerte la música no se detuvo.

—Álvaro, siento si te ha molestado lo que he dicho –dijo Lucia cogiéndome las manos— pero es por tu bien.

—Me vuelvo al hotel – me solté bruscamente.

La dejé plantada. Notaba sus ojos en mi espalda mientras me alejaba. Miré hacia donde estaban Sara y el resto. Levanté mi mano para despedirme. Vi la cara de alegría de Nora. Puede que ella tuviera razón y me tendría que haber quedado en el hotel.

Al llegar a mi habitación me quedé en calzoncillos. Tenía calor. Había sido un día “completo” lleno de emociones dispares. Cerré los ojos pensando en Cata, en Lucía. ¿Debía hablar con ellas? ¡¡¡Que complicado era todo!! Apagué el móvil y me quede dormido encima del edredón. 




El jueves estaba soñando con los labios de Lucía, las manos de Cata, estaba a punto, cuando los insistentes golpes en la puerta me despertaron.

—¡Álvaro!, venga sé que estas no te hagas de rogar —era Cata—,  necesito hablar contigo.

Lo había olvidado, hoy nos íbamos de excursión. No podía abrirle la puerta, estaba empalmado. Me lié la colcha y le abrí intentando tapar con la mano izquierda el montículo.

—Gracias —dijo Cata mientras entraba en mi habitación—. He venido a pedirte un favor.

Yo la miraba mientras se paseaba por mi habitación.

—Tierra llamando a Álvaro —dijo mientras agitaba sus manos delante de mí.

—Perdona, dime, ¿qué favor quieres que te haga?

—Necesito tu ayuda. Hoy he quedado con una chica que conocí en Facebook.

—De acuerdo,  te acompaño.

—Gracias Álvaro, pero no es eso lo que quería pedirle —puso sus manos sobre mis hombros—. Necesito que mi hermana crea que estamos juntos.

—Pero si a tu hermana le da igual lo que hagas, no puede ni verte, no puede ni vernos le hemos fastiadiado sus vacaciones.

—¡Venga ya! A pesar de todo soy su hermanita. Ayer, cuando no estabas, uno intento ligar conmigo, se pasó un poco,  yo quise quitármelo de encima y mi hermanita sacó sus garras. No me dejó en paz en toda la noche. Me dijo que de él  único que se fiaba era de ti, ¿qué te parece?

—¿Y qué que supone que debo hacer mientras “estamos juntos”?

—Podrías quedarte en tu habitación.

—¿En serio?

El montículo se bajo de golpe. ¿Cómo podía pedirme eso? Estaba claro que había entendido mal las señales. Abrí la puerta enfadado y le indiqué que se fuera:

—Me voy a vestir, déjame solo.

—Venga,  no te enfades. Mañana te lo compensaré. El sitio a donde vamos te va a encantar.

—¡Fuera!— y la empujé.

Mi hermana que estaba en el pasillo, se asustó del grito que pegué. Las miré y cerré de un portazo, ¡que cansado estaba de todas!

Oí dos golpecitos en la puerta

—Álvaro ¿qué te pasa?—ahora Sara—. ¿Te vienes a la playa antes de que os vayáis?

—¡Ahora me visto y bajo!

¿Ir a la playa como el día anterior? Por los menos saldría de la habitación y tendría tiempo de pensar en lo que me había pedido Cata. Me vestí y pensé en Lucía. No sería tan malo ir a la playa, si a Cata no le interesaba quién sabe que podría pasar con Lucía. Al salir de la habitación allí estaban las dos nuevas amigas, Cata y Sara, riéndose. Pasé sin decirles nada. Ellas me siguieron.

—Se ha enfadado porque no le hacemos caso —dijo Sara.

—Es normal, y en parte es culpa de Lucía —dijo Cata— él se lo estaba pasando bien ¡incluso había ligado! y llega Lucía y se lo chafa, ¿qué problema tienen Nora y Lucía?

—No seas así Cata, es tu hermana y Lucía tu prima…

—¡Dejarlo ya, sois unas pesadas! —dije sin mirar atrás.

Las dos se acercaron a mí mientras esperábamos el ascensor. Dentro me agarraron, pero cuando las puertas del ascensor se abrieron en la planta baja, conseguí zafarme y salí corriendo hasta la puerta del hotel donde Nora nos esperaba,  con esa cara de amargada. Lucía me sonrió y no apartó su mirada, yo si lo hice cuando mis mejillas empezaron a arder.

 —¡Qué guay!, otra vez todos juntitos a la playa —Nora y su sarcasmo.

 —Déjala no le salieron ayer las cosas como ella esperaba —me susurró Lucía— ¡tampoco van a estar mucho Nora.

—Tampoco queremos abusar de vuestra hospitalidad —le contestó Cata.

Menos Nora y yo el resto se echo a reír. Respiré profundamente.

—Hermanito alegra esa cara que hoy te vas de excursión.

—¡Que guay! —Nora me había contagiado su alegría.

Pasar unas horas en la playa y luego pasar todo el día en mi habitación. ¿Y si seguía a Cata? Para qué, ¿para ver que en realidad había quedado con un tío?, decidí que mejor no. ¿Y si en lugar de pasar el día en mi habitación lo hacía en la de Cata? Estaba seguro que si se lo pedía me diría que no, pero no tenía porque enterarse. Mientras íbamos a la playa iba pensando en cómo hacerme con la llave de su habitación. Sonreía dándome ánimos. Cata regresaría, triste porque que la cita no había salido como esperaba, y yo estaría allí para consolarla. Me lo agradecería. Quién sabe el día podría terminar mejor de lo que había empezado. Tenía que pensar rápido.

Coloqué mi toalla al lado de la de Cata. Nora y Lucía se metieron enseguida al mar, yo dije que de momento prefería estar un rato a solas. Mientras veía alejarse a Sara y Cata abrí la bolsa de Cata y busqué, sin perder de vista a las cuatro amigas. En el primer intento cogí un cacao para los labios, estaba de los nervios. En el segundo conseguí hacerme con la llave de su habitación, lo que no había pensado es dónde guardarla. Yo solo me había bajado la toalla. Mi idea se iba al traste. Al final la guarde en el suspensorio del bañador. Era una tarjeta pequeña. Mientras me la colocaba para no clavármela en mis zonas nobles, dos mujeres se me quedaron mirando y les oí decir “que asco”, debieron pensar que me estaba dando placer a mí mismo. No podía meterme en el agua si quería que la tarjeta funcionara, así que me tumbe. De vez en cuando me incorporaba para ver que hacían las chicas. Una de las veces que estaba incorporado mirando a las chicas, volvieron las mujeres que se me habían quedado mirando antes. Les sonreí, e incluso creo recordar que me encogí de hombros, “¿qué pasa?, soy un adolescente con las hormonas disparadas”. Llamé a Cata.

—¿Qué pasa?

—Quiero irme ya —le dije tajante.

—¿Por qué te han entrado las prisas?

—Porque sí. Ya que tengo que pasar el día en el hotel, puedo pedir algo a cambio.

—¿Cómo qué?

—Como no tener que aguantar a tu hermana. Creo que es justo.

Las trillizas se acercaron a ver qué pasaba.

—Bueno chicas, nos vemos esta noche —Cata sonreía mientras hablaba.

—Pasarlo muy bien tortolitos —dijo Lucía.

—Hasta luego —había pena en Sara.

—AAAAdios —como no, Nora estaba encantada.

—Hasta la noche guapas..

Cuando ya estábamos fuera del alcance de sus oídos le pregunté.

—Bueno,  ¿cuál es el plan? —a ver con que me sorprendía.

—Primero voy a mandarle un whatsapp a la chica con la que he quedado para ver si quedamos antes. Hecho. ¿Qué hacemos ahora?

—No se podías invitarme a tomar algo y ya dejarme con el estómago lleno, mientras me quedo solo y triste en mi habitación —le puse cara de perrito triste.

—Te lo compensaré —dijo mientras me daba un pequeño empujón— te lo compensaré.

Llegamos al hotel y en el restaurante mientras tomábamos algo, me explico el plan. Cuando saliera del hotel me avisaría para salir con ella. Yo regresaría por el parking y subiría a mi habitación por las escaleras de emergencia así evitaría que alguien me viera. Me llamaría a la vuelta para que yo hiciera el recorrido contrario, bajaría por las escaleras de emergencia, atravesaría el parking y me reuniría con ella. Entraríamos juntitos en el hotel y nadie se daría cuenta.

A las dos en punto Cata me llamó al móvil. Salí con ella del hotel y doble la esquina. La vi alejarse. Llevaba un vestido que marcaba su cuerpo, estaba claro que donde iba era una cita. Se había arreglado para dejar claro que quería algo más que una simple amistad, ¡hasta eso yo lo  había notado! Me volví al  hotel  y entré por el parking. Subí por las escaleras de emergencia,  pero hasta la planta donde se encontraba la habitación de Cata. Me asomé para comprobar que no había nadie en el pasillo y entré en su habitación sin problemas.

La habitación era igual que la mía. Un pequeño pasillo estrecho te llevaba a donde estaba la cama en todo el centro. Enfrente de la cama una mesa con un televisor encima. Si te sentabas en la cama mirando a tele a la derecha se encontraba el armario. El armario daba un poco de miedo. Era como el de las películas americanas, con rejillas desde donde las víctimas podían ver al asesino mientras se acercaba para matarlos. La verdad es que estaba todo perfecto, e incluso pensé que Cata, antes de irse, había echado perfume. Las cortinas estaban abiertas y el sol entraba sin problemas. Busqué por la habitación un ordenador, una tablet, algo a lo que pudiera acceder y averiguar exactamente con quién había quedado. Abrí el armario y miré dentro. Mientras miraba oí el chasquido de la llave en la puerta. Alguien iba a entrar. Sigilosamente me metí lo más rápido que pude dentro del armario y cerré la puerta. Pensé que me habían visto, pero no fue así. Era Cata, me había mentido.

Se dirigió a las ventanas y cerró las cortinas. En mi campo de visión apareció otra chica, aunque solo podía ver su espalda. Llevaba un vestido que también marcaba sus curvas. Cata se volvió y la miró de arriba abajo, note deseo en su mirada. La otra chica agachó la cabeza. Cata se acercó, le levanto la barbilla y la besó. ¡No podía creerlo, a Cata le gustaban las chicas!. ¿En serio,  eso estaba pasando?, y yo en primera línea para verlo. Mi pene empezaba a tener vida propia. No podía apartar mis ojos. Cata besaba con dulzura a la otra chica. De repente se detuvo, ¿me había visto?. Cerré los ojos como si aquello fuera hacer que desapareciera del armario. Los abrí al oir a Cata.

—Alegra esa cara, sé que no es una situación cómoda, para ninguna de las dos —mientras Cata hablaba recorría los brazos de su amiga desde los hombros hasta las muñecas con suavidad—. Me encantaría gritarle al mundo que te quiero, pero nuestro mundo todavía no esta preparado para lo nuestro.

La chica movió la cabeza en un gesto de afirmación. Cata se acercó aún más, la abrazó y la besó con fuerza. Mi conciencia volvió a despertarse, estaba invadiendo su intimidad, pero al mismo tiempo no podía dejar de mirar.

Cata empezó a darle besitos por la cara, dulces besos. Comenzó a bajar por el cuello, subió a sus labios y la besó apasionadamente. Comenzó a bajar la cremallera del vestido de su amiga, lentamente, no había prisa. Trataba a la otra chica con tanta delicadeza, que me di cuenta que Cata o estaba enamorada o algo parecido. No quise seguir mirando, y me coloqué en una esquina del armario y cerré los ojos.

—Te quiero no puedo evitarlo —dijo Cata— Te quiero, te quiero Sara.

¿Qué? Abrí los ojos.

—Yo también te quiero Cata.

¿Qué, Sara? ¿Mi hermana? Miré y las vi fundirse en un beso que ya no me parecía tierno. Cata le desabrochaba el sujetador a Sara. Salí del armario con tanta fuerza que las dos se asustaron. Sara se volvió y me miró desconcertada. Se tapó como pudo con las manos y se agachó a recoger su vestido. Cata se puso delante de mí con los brazos abiertos, protegiendo a Sara.

—¡¿Qué?!, ¡¿en serio?! ¡No me lo puedo creer —mis ojos miraban fijamente a Cata como si fuera la culpable de todo.

—¿Qué coño haces en mi habitación? ¡Sabía que no había perdido la llave!

—Álvaro lo puedo explicar —dijo Sara mientras intentaba vestirse.

—¡Esa no es la cuestión! La cuestión es…que…tú…Cata…¡cuando lo sepan mamá y papá!

—¡No puedes decírselo Álvaro! —Sara empezó a llorar— ¡no puedes hacerlo, no pueden saberlo!

—¿Crees que yo se lo voy a decir? No eso os lo dejo a ti  y a tu…amiga… novia o lo que sea.

—¡Soy su novia! – dijo Cata —¡soy su novia!

—Alucino —respondí.

—La que alucina soy yo —contestó Cata—. Entiendo que estés sorprendido, pero no entiendo que estés enfadado—Cata intentaba hablar relajadamente.

—¿Cómo? ¿Me vas a decir tú qué me puede enfadar y qué no?

—No deberías enfadarte por esto, no te pega Álvaro.

—¿Qué no me pega? ¡¡Es mi hermana!!

—No sé, será que  te he confundido con el chico que escribió el artículo en el periódico del instituto sobre la tolerancia cero con las personas que discriminaban a los demás, en especial con los que no toleraban a las lesbianas, gais, transexuales o bisexuales. ¿Cómo era aquella frase?, así “Imbéciles hay en todas partes, pero el imbécil lo es por si solo, no porque sea lesbiana, gai, transexual o bisexual”

Estaba cabreado, pero no tenía argumentos para rebatir a Cata.

—Pero claro es muy fácil escribir un artículo dando consejos a los demás, pero cuando nos toca de cerca no opinamos igual.

—Pero mi hermana…¡es mi hermana!

—Ya sé que es tu hermana, pero seguirá siendo tu hermana Álvaro, ¡eso no va a cambiar!

—Claro que no, Álvaro —Sara me miraba, había dejado de llorar— lo siento.

—¿Lo sientes? —Cata la cogió por los hombros y la miró— ¿te lamentas de lo que sientes por mí?

—Siento que te hayas enterado así, Álvaro —miró a Cata— .No, no siento amarte, te quiero y soy muy feliz — se besaron sin contar que yo estaba allí.

Cata se dio la vuelta

—Álvaro fuera de mi habitación.

—Ven conmigo Sara —le suplique.

Cata se acercó a mí, me agarró del brazo y me arrastro hacia la puerta, yo no me resistí. Solo miraba a los ojos de mi hermana, la tristeza me invadía mientras Cata tiraba de mí.

—¡Fuera! —y me echó.

Me quedé mirando la puerta, esperando a que Sara saliera, pero no lo hizo.

—Hombre,  Álvaro —Lucía llegaba por el pasillo— ¿ya habéis vuelto?

No la respondí y se puso delante de mí. Mi cara debía ser un poema. Note una lágrima que brotaba de mi ojo izquierdo y comenzaba a cruzar mi mejilla. Salí corriendo de allí mientras oía a Lucía.

—Álvaro espera…

Pero no quise pararme. Corrí escaleras abajo, salí del hotel y seguí corriendo hasta que no pude más. En una calle me paré, apoyé mi espalda en una pared y me dejé caer, mientras las lágrimas brotaban de mis ojos sin freno.

(Continuará y será el final, lo prometo)

 

 

 

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