Agosto

Estaba estudiando para intentar aprobar los exámenes de septiembre, y no podía concentrarme. Solo podía pensar en los únicos cinco días de asueto que me habían dado mis padres.

Me habían quedado dos asignaturas al terminar segundo de bachillerato y mi padres me dejaron esos días con al condición de que acompañara a mi hermana Sara y a su grupo de amigas a la playa. No me apetecía para nada hacer de niñero, pero o accedía o no tendría nada. Solo fueron cinco días, solo.

El dos de agosto iba rumbo a Las Negras, en autobús, con mi hermana, a la que también mis padres le habían puesto una condición para ir con sus amigas, o yo iba con ella o no había viaje con sus tres amigas. Bueno en realidad eran dos amigas, Nora y Lucía. La tercera en discordia era la hermana pequeña de Nora, Catalina pero todos la llamábamos Cata.

En ese viaje no era el único obligado, pero eso no me ayuda a que me sintiera mejor. Mi hermana se encargó de realizar las reservar del autobús y del hotel, dejando claro que quería distancia entre sus amigas, Cata y yo. Me di cuenta al subir al autobús. Nuestros asientos se encontraban en la parte delantera del autobús, y los de ellas tres al fondo.

Durante casi siete horas que duró el viaje creo que crucé seis palabras con Cata –¿me puedes cambiar el sitio?- y –gracias-. Quería ventanilla. En las dos paradas que hizo el autobús, bajé solo para ir al baño. Me molestaba mucho la situación, no es que me llevara mal con Sara, pero a punto de cumplir dieciocho años, no me apetecía tener que cuidar de mi hermana gemela.

Sara nació antes que yo, pero por la mentalidad de mis padres el hecho de ser mujer siempre jugó en su contra. A mi me inculcaron que yo era el hermano mayor, el chico que debe proteger a su hermana. Cuando empezamos primero de la ESO me di cuenta que mis padres no conocían realmente a su hija. Era fuerte, atrevida, prefería dar dos pasos y equivocarse a no dar ninguno. Ella no le tenía miedo a la vida. Yo sin embargo si. Bueno realmente tenía miedo a decepcionar a mis padres, a no ser lo que ellos esperaban.

Cuando mi hermana, la fiestera, aprobó el bachillerato y la selectividad con muy buenas notas, no pudieron negarle lo que llevaba tiempo pidiendo, pero yo era la condición. Yo era el buen hijo, el estudiante. El que acudía a las fiestas necesarias. Me perdí en mi último curso. Empecé a preguntarme que quería realmente y me di cuenta que mi vida no era mía, me la habían trazado sin mi permiso.

Nora tenía ya los dieciocho cumplidos. Era íntima amiga de Sara desde los ocho años, aunque se habían conocido en la guardería. Fue en tercero de primaria cuando se hicieron inseparables. A vedes daba miedo estar en un habitación con ellas, porque con una simple mirada se entendían. Nora era era una juerguista, que a diferencia de Sara, aprobaba por los pelos. No hizo selectividad. Su sueño era irse a Lóndres, un año, a “pensar”. Sus padres no le pusieron problemas para irse con sus amigas a Las Negras, pero esta vez le habían puesto una condición, tenía que llevarse a su hermana pequeña.

Cata era once meses menor que Nora, y todo lo contrario. Su manera de vestir parecía decir “no existo”. Nora se había esforzado durante años en inculcarle a su hermana, que había salido así por culpa de sus padres, que no habían dejado enfriarse lo suficiente el horno antes de volver a calentarlo y meter de nuevo el pastel. Creo que realmente lo que le molestaba a Nora es que aunque ella era un tía guapa siempre iba muy maquillada para que todo el mundo se fijara en ella. A Cata eso no le hacía falta, había heredado de su madre el color de ojos, azules como el mar y una belleza natural que ella intentaba ocultar. Su mirada podía atravesarte.

La tercera era Lucía. Veintitrés años y prima de Nora. Había hecho un módulo de no sé qué cuando acabó el bachillerato y se puso a trabajar en una tienda de ropa. Siempre alardeaba de que el dinero que gastaba lo había ganado ella solita, que no era una niña de papa, pero para mi si lo era. De su belleza, ¿qué podía decir?, era un cuadro de colores dispares que ocultaba algo.

Llegamos casi a las once de la noche al hotel y de nuevo mi hermana me demostró la distancia que quería poner conmigo en las vacaciones. Había cogido una habitación triple. Enfrente una individual para Cata y a mí me había situado en la planta superior a ellas, al final del pasillo. Me sentó peor que lo del autobús, yo no quería ser su niñera, pero las cosas se podían haber hecho de otra manera. Aquella noche me acosté enfadado y tarde en dormirme.

A las ocho de la mañana sonó mi móvil, mi hermana me daba veinte minutos para que me reuniera con ellas para desayunar, además tenía que comentar conmigo unos temillas. Mientras me duchaba pensaba que sería lo que mi hermana me quería “comentar”. Veinte minutos después estábamos sentados los cinco, unas con mas alegría que otros. En una lado de la mesa se sentaros las tres, Sara en medi, Nora a su derecha y Lucía a su izquierda. Enfrente las dos cargas, Cata y yo.

—Álvaro —dijo Sara— creo que esta situación no es apetecible para ninguna de las partes.

—¿Partes? —pregunté.

—Sí, partes. Nosotras tres y vosotros dos —dijo Nora señalando despectivamente a Cata y a mí.

—Nora, hemos quedado en que yo sería la que expusiera el tema —dijo Sara—. Si, Álvaro, somos dos partes. Las que pensábamos pasar cinco días disfrutando, y vosotros dos, la carga obligatoria impuesta por nuestros padres.

Cata y yo no dijimos nada.

—Creo que deberíamos llegar a un acuerdo sí o sí, para que vosotros os vayáis por un lado y nosotras por otro —dijo Sara—. Sin rencores.

—Pero, ¿y si llaman papa o mama? —contesté.

Mi hermana quería deshacerse de mí. En ese momento se levantó de la mesa y mientras recogía su bolsa se dirigió a las tres:

—No hace falta que lleguemos a ningún acuerdo, por mi parte no voy a molestar a nadie. Yo tengo mis planes.

La cara de sorpresa que pusieron las trillizas se me quedó grabada. Cata, la que nunca abría la boca, no estaba dispuesta a la mangonearan. Me miró y dijo:

—Álvaro puedes venir conmigo, hay mucho que ver por aquí. Si llaman tus padres puedes decir que tu hermana esta en el agua y que cuando salga les devuelve la llamada. Le mandamos un whatsapp y que ella les devuelva la llamada. —Se giró y miró a las tres—. Pero para cenar, sobre todo para tener “pruebas” de cara a nuestros padres podríamos quedar, ¿si os parece bien? —me miró otra vez—. Voy a subir a mi habitación a por unas cosas. Cuando termines de desayunar me avisas y nos vamos.

Mientras Cata abandonada el salón del hotel, ninguno de los cuatro dijo nada. Mi cabeza pensaba, mientras engullía el desayuno, que hacer. Lo mejor era irme con Cata. Fuera donde fuese con ella, tenía un plan alternativo, dejaría de lado mi figura de niñera. Y así lo hice, terminé de desayunar y me fui de excursión dejando allí plantadas, pero seguro que muy a gusto, a las tres amigas.

Lo primero que hicimos fue contratar un taxi para todo el día. Al montar en el taxi, e intentando que Cata no me viera, saque mi cartera y comprobé que dinero llevaba.

—No te preocupes por el dinero Álvaro, el taxi lo pago yo. Tengo mi propio dinero y como diría Lucía, me lo he ganado yo solita.

—No sabía que trabajaras.

—En realidad no lo hago —dijo Cata—. A veces cuando les decía a mis padres que iba a la biblioteca, realmente iba a dar clases a otros de los alumnos de nuestro colegio. Este año he estado dando clases a un conocido, sin que sus padres lo supieran.

Me la quedé mirando con una mezcla de desconcierto y admiración. A ver no es que tuviera trato con Cata, pero la había visto veces y no parecía de este tipo de gente que miente a sus padres. Ella se dio cuenta de como la miraba.

—Hay que saber aprovecharse de las etiquetas que te pone la gente, ya sean tu familia o tus amigos. No es que haya cambiado de la noche a la mañana, pero hace tiempo me di cuenta que mis padres no tenías preocupación por mi. Yo soy la hija casi perfecta. Estudiosa, no me suelo meter en líos. Voy con ellos donde me digan, casi siempre, sin poner peros. Decidí seguir siendo la niña buena a los ojos de un reducido grupo de personas, las más cercanas, y buscar otros lugares donde poder ser quién yo quisiera sera, sin etiquetas. También he aprendido que mis ojos son un arma que abre muchas puertas. Pero conozco mis límites, ¡nunca he vendido mi cuerpo!

—¡¿Qué?! —dije

—¡Es broma! —se echo a reír— ¡es que has puesto una cara!. A ver es verdad que nunca he vendido mi cuerpo, es por si te hacías ideas raras sobre mí. Este dinero lo he sacado compartiendo mi “inteligencia”.

Tardamos quince minutos en llegar a las Minas de Rodalquilar. Allí nos esperaba el guía que nos acompañaría en nuestra visita. Nos entregó unos cascos, como de obra. El taxista nos esperaría en el pueblo. Se nos pasaron las dos horas deprisa. El guía nos explico muchas cosas, e incluso competimos por las preguntas que nos lanzaba. Yo siempre había pensado de mi mismo que era una persona inteligente, pero Cata me daba mil vueltas. Cuando terminó la visita, el guía nos regaló los cascos. Cata llamo al taxista y mientras le esperábamos me pregunto:

—¿Dónde quieres ir?

—No se, pensaba que lo tenías todo decidido.

—Bueno, lo tenía más o menos decidido, porque pensaba que te quedarías con las trillizas.

—¿En serio las llamabas asía? —no podía parar de reírme—. Yo también.

—Van a todos lados juntas. Piensan igual, se visten igual… trillizas. —Me miró de arriba abajo—, ¿has traído bañador?

—Si, lo llevo en la mochila.

El taxi acababa de llegar. Al montar Cata se dirigió al taxista:

—Por favor queremos ir a Cala Hernández. —Me miró—, ya que estamos en la playa nos tendremos que mojar un poco, ¿no crees?

—¡Por supuesto! —contesté emocionado.

Cala Hernandez

Veinte minutos después estábamos en una pequeña cala, con unos fondos marinos preciosos. El taxista volvió a dejarnos solos. Cata quedó con él para que nos recogiera cerca de las tres y nos llevará a comer a un lugar que conociera, donde poder probar algo de la tierra.

Estuvimos horas disfrutando de aquel agua cristalina. A veces nuestra intimidad se veía alterada por algún kayak, pero durante las horas que estuvimos me sentí libre. Estaba delante de una persona a la no tenía que demostrarle nada, no tenía que comportarme de ninguna manera, simplemente tenía que ser yo. Me sentía libre.

El taxista nos recogió sobre las dos y media. Cata le invitó a comer con nosotros. A cambio debía hablarnos de la zona de Las Negras, de los lugares donde poder tomar algo, pasar el día o que debíamos visitar. El restaurante elegido tenía una terraza con vistas al mar. La comida era estupenda. Después de eso el taxista nos llevó de regreso al hotel. Cata le dijo al taxista que posiblemente le llamaría, y nos despedimos de él.

Al entrar en el hotel, cada uno se fue a su habitación. Me tumbé en la cama. Mi cuerpo se relajaba en parte. Había otra parte que no paraba de pensar en Cata y no era capaz de calmarme. No sé cuando me quede dormido. El móvil me despertó sobre las siete de la tarde. Era mi hermana:

—Dime.

—¿Dónde estás? —gritó.

—En el hotel, ¡estaba durmiendo! —le grité.

—Vale, no te enfades, estaba preocupada. ¿Quedamos para cenar esta noche en el hotel?

—No sé, lo consultaré con Cata.

—Bueno, pues ya me dices —y me colgó.

Mi hermana estaba cabreada. Era normal, ella era la que nos iba hacer el planning de nuestras vacaciones y resulto que la “mosquita muerta” ya lo tenía todo previsto. Sonreí mientras me acordaba de la cara de las tres. Estaban alucinando, pero sobre todo mi hermana que le dirigió una mirada a Cata, que si mataran, ya estaríamos de entierro. Llamé al móvil a Cata, pero no me lo cogió. Pasados unos segundos volví a llamarla y tampoco me lo cogió. Preocupado bajé a su habitación por las escaleras, solo era un planta, me daría tiempo para pensar y despertarme del todo. Llamé flojito por si ella también estaba durmiendo. Me abrió en albornoz, aunque con la cadena puesta de la puerta:

—¿Sí? —dijo al verme.

—Te he llamado al móvil, pero no me has contestado.

—Lo sé, pero es que estaba ocupada.

—Bueno…-dije titubeando y perplejo, parecía tener prisa por deshacerse de mí—. Mi hermana me ha llamado para ver si cenamos con las trillizas —al decir esto me reí.

Cata ni siquiera sonrió, se volvió hacía la habitación echando un vistazo dentro. Se volvió y contestó:

—Me parece bien, así podéis aprovechar y darles a vuestros padres el parte de hoy. Mándame un whatsapps con la hora. Preferiblemente sobre las 9.30. —Y me cerró la puerta en las narices.

Me quedé mirando la puerta unos segundos. Subí la escalera lentamente, peldaño a peldaño, pensando cómo se había comportado conmigo esta mañana y como lo estaba haciendo ahora. ¿Qué había cambiado? Al llegar a mi habitación mi hermana ya me estaba llamando:

—¿Y bien? —dijo con sorna—, ¿ya has hablado con tu nueva amiga?

—Sí. Me ha dicho que sobre las 9.30 —no quería que mi hermana notara que estaba molesto—. ¿Os parece bien?

—Sí, sin problemas.

—¿No tienes que consultarlo con tus “amigas”? —dije con ironía.

—No hace falta. Para eso somos amigas. Si una dice que a las 9.30, el resto no le pone problemas.

—Pues eso, nos vemos a las 9.30 en el restaurante del hotel —colgué.

Me tumbé de nuevo en la cama pensando en si no hubiera sido mejo quedarme con mis padres.

A las diez de la noche los cinco estábamos sentados en una mesa del restaurante del hotel, con vistas al mar. Los primeros minutos fueron incómodos, como si fuera la primera vez que nos veíamos, hasta que Nora le preguntó a su hermana:

—¿Dónde habéis estado?, tortolitos.

—Por ahí, viendo cosas varias —dijo Cata antes de que yo pudiera decir nada.

—¿Todo el día? —miró a su hermana con una sonrisa maliciosa en la cara.

—Casi todo el día —dijo mirándome.

—Si, casi todo el día —contesté.

Mi hermana nos miró a los dos intentando averiguar que ocultábamos, y sonrió.

—Bueno, por lo menos nos habéis dejado ir a nuestro aire —dijo Lucía—. Aunque tu hermana después de comer le ha dado dolor de cabeza y se ha vuelto al hotel.

—Pero luego se me pasó, me tomé un paracetamol y dormí la siesta, hasta las siete que me desperté y te llame a ti —dijo señalándome.

—¿Por que´no me dijiste nada cuando hablamos?

—Por si interrumpía algo…

Las tres amigas se echaron a reís. Cata arqueó las cejas, suspiró y cogió la carta para pedir la cena.

—Pues te lo perdiste, Sara. Conocimos a dos, ¡bufff!…—Nora miró a su hermana—. Bueno ya te lo contaremos.

Mientras el camarero nos tomaba nota, sonó el teléfono de Sara. Eran nuestros padres. Nos levantamos de la mesa para dar el parte como decía Cata. Les contamos “lo bien que lo estábamos pasando”. Cinco minutos después volvimos a la mesa.

Cenamos en un silencio aparente, mientras Nora y Lucía intentaban poner al día a Sara sobre los dos chicos que habían conocido. La cena terminó con un hasta mañana de Cata y mío. Las dejamos en el hall del hotel mientras nosotros, aburridos nos volvíamos a nuestras habitaciones. Al detenerse el ascensor en la planta de Cata, se puso entre las puertas para que no se cerraran:

—Siento haber sido un poco fría cuando viniste a preguntarme lo de la cena. Acababa de levantarme de la siesta y me iba a duchar cuando llamaste.

—No pasa nada.

—Bueno, mañana no, pero posiblemente pasado mañana haremos una excursión, ¿te parece?

—Me parece bien. —Sonreí—. Buenas noche.

—Buenas noches —me dijo mientras me daba un beso en la mejilla.

Subí a mi habitación, y caí desplomado en la cama.

(continuará)

18 respuestas a “Agosto

  1. Shira, me ha encantado!! Publica pronto el siguiente capítulo porfa que me has dejado muy, muy intrigada por saber qué va a pasar a continuación. La historia tiene una pinta tremenda.

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  2. Muy guay!! Has elegido una localización preciosa y la trama se pone interesante!! 😉
    La única critica es que, por la emoción de volver a escribir, creo que hay alguna frase que falta alguna palabra o que yo no las he entendido al leer.
    Pero en general está muy bien. Ansiosa de leer la siguiente entrega!

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  3. Pinta muy bien a ver cómo sigue la historia,se nota que tenías ganas de empezar, ya estoy esperando a la próxima semana.Besitos y bienvenida!!!(

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  4. Muy bn el empiece has venido con ganas de q leeamos y con muxas ganas de escribir así es q muxisimas felicidades me a gustado muxo y a esperar q pasara un beso muy fuerte

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  5. Pues eso,Shira,q me encanta.Q muy buen comienzo d historia y q la cosa promete.Q me dá a mi q aqui va a haber más d una “cata”,no sé si me explico.Sigue asi guapetona!Muac!!!!

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