El cajón del olvido

Taller “Móntame una escena” de Literautas

El anciano encontró la llave en el fondo del cajón del olvido. Deseaba abrir la puerta de su memoria, antes de que la muerte se presentara y le pillara con la maleta vacía. Tembloroso giró la llave y empujó la puerta. Vio un pasillo, con habitaciones a cada lado, que parecía eterno.

Miró en la primera habitación. Una cama de hospital donde reconoció a su madre tumbada, dolorida, pero la percibió feliz. Era su nacimiento. Su padre paseaba por la habitación sin saber qué hacer con las manos sudorosas. No quiso mirar más.

Paso delante de varias habitaciones sin detenerse. Se detuvo en una a su izquierda. Era la cocina de sus padres. Él tendría diez años. Estaba sentado en la mesa mientras su madre le preparaba el bocadillo de chocolate. Era verano y el chocolate estaba casi derretido. Su madre le dio el bocadillo. El teléfono empezó a sonar y su fue a cogerlo al salón. Mientras pegaba el primer mordisco escuchó el grito de su madre que se quedó clavado en sus oídos durante mucho tiempo.Sintió de nuevo aquel golpe sordo en el pecho. Su padre había muerto en la mina. Cerró la puerta con fuerza y rabia.

En otra habitación se encontró de adolescente. Tendría unos catorce años y estaba rezando en el colegio de los Padres Josefinos. Su madre le había enviado allí al no poder hacerse cargo de él. Para él en parte fue un descanso, y aunque el sentimiento de abandono a veces le visitaba, allí la vida no giraba en torno al fantasma de su padre. Una mezcla de alegría y lastima le inundó. Echaba de menos a aquellos hermanos. Esa puerta no la cerró.

Avanzaba sin saber dónde mirar. Un olor le hizo detenerse. Miró a su derecha, de donde creía procedía aquel olor. Se asomó y vio la cafetería “Le Café Noir” de París. Allí estaba ella, con su larga melena recogida en una trenza y el flequillo rebelde. Sus labios pintados de rojo cereza a juego con el vestido que marcaba un cuerpo casi perfecto. Sus ojos grandes y verdes evitaban cruzarse con las miradas de alguno de los hombres que esperaban su oportunidad. Él entró en la cafetería. Se dirigió al primer camarero que encontró y con su medio francés le preguntó por una calle. El camarero no le hizo caso. Ella se levantó y se acercó a él. Le agarró del brazo. Le dijo en un español entendible que le había estado esperando y que como siempre llegaba tarde. Él se quedó admirando su belleza. Le dejó sin habla. Tiró de él, que se dejó llevar fuera de la cafetería. Anduvieron un rato en silencio. Ella se apretaba a su brazo. Él no decía nada. Pensaba que si hablaba se rompería la magia, que  desaparecería. Ella se detuvo en seco. Le indicó que esa era la calle que buscaba. Le entregó un papel con su nombre y número de teléfono y se despidió de él con un beso en la mejilla. Los recuerdos de una vida juntos volvieron de repente a su memoria. La historia que escribieron juntos, poco a poco, sin prisa, sin pausa, con sus más y sus menos, con sus discusiones en dos idiomas, sus hijos. La piel se le erizaba recordando sus labios, sus caricias, su piel bajo la suya y el olor que le había llevado aquella habitación.

Ya había llenado su maleta con lo importante. No quiso mirar más habitaciones, para no verla desaparecer consumida por el alzheimer. Estaba delante de la puerta de salida. La empujó con suavidad, tranquilo. Se encontró con la muerte. No era como se la habían pintado. Tendría unos cincuenta años. Llevaba un vestido verde de tirantes y unas sandalias a juego. Le dio la bienvenida y le acompañó a una mesa donde estaban sentados su padre y su madre. Los abrazó. Se iba a sentar con ellos cuando el olor volvió a su nariz. Ella estaba en la mesa de al lado, con el vestido rojo a juego con sus labios. Ella se levantó sonriendo. Le agarró del brazo. Él cerró los ojos dejando que el olor a melocotón le abrazara. Oyó cómo sus hijos lloraban su despedida, mientras la puerta de su vida se cerraba.

Esta entrada, mejor dicho esta entrada modificada, donde incluyo nombres y algún detalle más, figura en el libro recopilación nº 4 del “Taller de Escritura – Móntame una escena” de octubre 2015 – junio 2016. Si compráis el libro en papel, además de colaborar con una ONG, podéis leer un montón de textos maravillosos, relatos cortos de otros escritores a los que la página http://www.literautas.com nos da base para que nuestros cerebros cuenten historias, y entre nosotros nos ayudemos a mejorar en nuestra manera de escribir.
(Por cierto “El cajón del olvido” en papel esta en la página 383. Si lo descargáis en PDF en la 368)

7 comentarios en “El cajón del olvido

  1. Mi xula! este tu bello relato ha removido el sentimiento… estupenda manera de relatar esas etapas dolorosas de perdida. Le lees y obvio te puedes hacer una idea de como es que eres por dentro Maria Xula. Las letras tu refugio. Ya sabes, dicen que lo que escribimos siempre nos muestra transparentes a ojos de los demás… magnifica manera de cerrar el relato. Eso de las habitaciones y las puertas excepcional. Bien se sabe que hay habitaciones que no podemos dejar de mirar y puertas que no somos capaces de cerrar.

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  2. Es el mejor de todos los que has escrito. Está lleno de imágenes y te atrapa y emociona a partes iguales. Me has puerto la piel de gallina. Te superas día a día. No dejes de escribir.
    Tu fiel ovejita.

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