Día de las cosas pasadas

Hoy es un día especial en el colegio de Sara. Los padres acuden para participar en el “Día de las Cosas Pasadas” a la clase de los alumnos de 3º A de pre-escolar. Este día es especial no solo para los niños que escuchan, a veces por primera vez,  historias personales de sus padres sobre temas que no aparecen en los libros de historia. Reciben información sobre objetos que ya no se utilizan porque han desaparecido o porque se han sustituido por cosas más avanzadas. Es un día en que los padres recuerdan algunos con nostalgia, otros con demasiada pena y otros con diversión,  su infancia adolescencia o simplemente una época de su vida que fue especial para ellos.

Después de varias intervenciones, le toca el turno a Laura, la madre de Sara.

­ —Señora García, cuando quiera— dice el profesor de Sara.

La mama de Sara comienza a contar su historia, mientras los alumnos la miran esperando no aburrirse.

NaveYo en aquella época era copiloto, pero no de los que van pendientes y ayudando al piloto. ¡Nooo!, yo era la típica copiloto que va mirando las nubes, las copas de los árboles, los pájaros, echando un cabezadita… ¡vamos la que nunca se fija ni por donde va, ni quiere hacerlo! Era algo que nunca me había planteado, porqué aunque alguno se sorprenda yo siempre utilicé el transporte público y no necesitaba nave ninguna. Pero llega un momento en la vida en la que necesitas no depender de horarios ni de otras personas para disfrutar más de la vida en general sin tener que salir corriendo.

Después de aprobar el examen teórico sobre las señales, velocidad, tipos de naves, tipos de carnet, etc., tenías que realizar un examen práctico. Para poder presentarte a este examen era obligatorio acudir a una autoescuela donde un profesor te enseñaba cómo funcionaba la nave, vamos a pilotarla.

Mi profesor se llamaba Sebastián y tendría unos 60 años. Era paciente y muy hablador. Fue una de las primeras personas de nuestro planeta que aprendió a pilotar las naves, con más paciencia que un santo. Él llamaba sacarse el carnet de nave sacarse el “carnet de comandante jefe”, porque cuando tú llevabas la nave eras la persona que dirigía y mandaba sobre los que iban contigo. ¡Si hubiera conocido a la abuela de Sara hubiera cambiado de opinión! Yo conducía, ella mandaba. Cuando yo le conocí se dedicaba o más bien ayudaba a reciclarse a mujeres que nada más cumplir los 18 se habían sacado el carnet, pero que con el tiempo y por motivos diversos se habían transformado en copilotos como yo, de los que solo ocupan plaza.  Me pareció muy valiente por su parte arriesgarse a montar en una nave donde no había pedales auxiliares. Las naves L/P, que eran las que se utilizaban para las clases prácticas, contaban con 2 juegos de pedales, los del alumno y los del profesor.

Sebastián había dado clases en todos los planetas y satélites en los que había algún humano residiendo. Me contó que después de muchos años viajando de un lado para otro decidió volver a la tierra y formar una familia, y aunque esto nunca lo consiguió el haber ayudado a tanta gente para sacarse el carnet ya era para él una gran alegría.

Yo estaba muy nerviosa cuando llegamos al aeroparking donde se encontraban las naves L/P. Elegimos un modelo mediano. Sebastián me dio el mando para que abriera la puerta del piloto. La abrí y entre en la nave. Una vez dentro, desde fuera, él me dijo que pulsara la tecla rojo-cereza donde ponía right-door. El cuadro de mandos tenía más teclas, luces e indicadores que los teletransportadores comunitarios. No soy de esas mujeres que conocen los diferentes nombres de las tonalidades de los colores, Sara puede dar fe de ello, y con tanta tecla era imposible saber dónde estaba esa tecla rojo-cereza. Al final Sebastián fue por mi lado, estiró su brazo y abrió la puerta del copiloto, la right-door.

Una vez dentro mi profesor no dijo nada. Yo no sabía dónde poner las manos. El volante me parecía demasiado grande.

—No te preocupes—dijo Sebastián—aunque te parezca complicado no lo es. ¿Conoces el método ciego para escribir en el ordenador?

—Si—conteste yo—mi madre me obligo aprenderlo cuando era una cría.

—Pues pilotar es igual, al final resulta algo automático—respondió él—El resto es control de tu nave por los espejos, anticiparte a los demás. Se necesita tranquilidad  y respeto hacia las señales y el resto de comandantes. Solo eso, no hay nada más.

Mi primera clase comenzó metiendo el mando en una ranura en la que había un símbolo de encendido. El panel de control se ilumino. Eso indicaba que estábamos en posición ON y que cuando quisiéramos podíamos avanzar, algo que me daba terror. Después me indicó donde estaban los intermitentes laterales, inferiores y superiores. Las luces de posición, delanteras, traseras, laterales, inferiores y superiores. Las luces cortas que debían ir encendidas siempre que fuera de noche. Las luces largas para las zonas donde no hay iluminación. Y como no una de las cosas más importantes, el detector y ahuyentador de pájaros, importante pues al invadir su espacio natural podían chocar contra la nave y desestabilizarla.

—No te preocupes—dijo Sebastián—hoy solo vamos a despegar y aterrizar. Mañana daremos una vuelta por la pista, y si todo va bien en unos días circularemos por el resto del mundo.

—No sé yo si estoy preparada—conteste.

—Créeme, lo estas —me replicó.

Respiré profundamente, y como me había indicado Sebastián gire los intermitentes superiores e indique mi ascenso. Quite el freno de mano y ascendí suavemente. La sensación fue una mezcla entre alegría, y miedo. Alegría porque había conseguido despegar la nave, miedo por si rebasaba los límites de la pista de principiantes. Durante toda aquella hora que duró la clase mi profesor programo el clima de la pista. Yo solo me dedica a ascender y descender con la nave con un clima diferente cada vez. De repente llovía a cantaros, o salía el sol, o el viento nos empujaba sin dejarnos avanzar. También me toco comprobar lo que ocurría cuando había una turbulencia.  Ya no me pareció tan divertido como cuando iba de copiloto. En el primer intento el volante se me fue de las manos, y Sebastián con toda tranquilidad y una mano lo estabilizó. Después de una hora, la clase llegó a su fin. Dude en si volver o no al día siguiente, pero la confianza que me daba mi profesor me hizo continuar con la clases prácticas. Me examine un mes y medio después y aprobé. Me compré la misma nave que había usado en las clases prácticas, sobre todo por comodidad ya conocía donde estaba cada tecla, y es que dependiendo del fabricante la situación de las teclas podía variar.

El primer copiloto que llevé fue a mí abuela, que había conducido coches. Si coches como los que hay en el Museo Ford. Para ella el interior era casi igual que el de un coche, con su embrague, su freno, su acelerador, pero con muchas teclas y pilotos luminosos. Lo bueno de las naves es que eran todas ecológicas, y conseguimos que la basura que generábamos se reutilizara para fabricar otras cosas. Se redujo la contaminación y que casi se cerró el agujero de la capa de ozono.

Hoy hace 6 años que se dejaron de usar las naves y comenzamos a usar los teletransportadores. Si algún día queréis ver una nave en directo, podéis acudir al museo de la NASA donde tienen diferentes modelos, desde los primeros que se usaron en las pruebas antes de ir a la luna, hasta el último modelo que se fabrico para particulares.

Bueno no quiero aburriros más, espero que os haya gustado mi historia y si tenéis alguna pregunta os la contestaré.

Laura dio las gracias al profesor y respondió a las preguntas de los alumnos que conocían las naves por la realidad virtual de los videojuegos.

 

14 comentarios en “Día de las cosas pasadas

  1. Hola amazona xula! Justo leyendo tu historia…y pasa una nave por mi cielo upssss, ya sabes, imaginé podrías ser tu jejeje. Ya estoy lista para mi clase glup! Muy buena tu historia amazona xula. Esta sombra te abraza desde la distancia.

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