Apareció un martes…

Apareció un martes con tacones, vestido negro, nervioso pero decidido a que ella se quedara para siempre y que él jamás volviera.

Apareció en un pueblo con dos maletas heredadas de su abuela, discretas,  a juego con su vestido.

Apareció sobre las 11 de la mañana, sin prisas ni esperas, se bajó del autobús y respiró el aire rancio de pueblo que sabía a nuevo.

Apareció con la esencia de ella en su piel, un corazón reparado, y una llave de su pasado que tiró en la primera alcantarilla.

Apareció para disfrutar una nueva vida, donde cerró la puerta a los demonios del pasado y abrió una ventana al color rojo de sus labios.

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