Un chico

Era un chico de los que pasan desapercibidos para el resto del mundo. No se hizo notar en clase. Yo ni siquiera le vi el primer día de clase y puede que durante el primer trimestre solo le intuyera.  Puede que ni los profesores se hubieran dado cuenta de su existencia, podría pasar por Ninguno[i]. El frío hace que te metas bajo el abrigo y no veas más allá de tu bufanda.

Después de las vacaciones de Navidad, descubrí a Frankie en el fondo de la clase. Fue casualidad, estaba buscando a mi amiga Lara que no volvió al colegio después de las vacaciones. Allí le vi sentado, mimetizado con la silla y el pupitre. La curiosidad llamó a mi puerta, debía saber quién había ocupado el lugar de mi amiga.

Con el tiempo comprobé que incluso esto le gustaba. Si no te veían, podías hacer muchas veces lo que quisieras, nadie reparaba en ti. Bueno casi siempre nadie reparaba en ti,…padres.

Sonó la sirena, anunciado el recreo. Me propuse seguirlo. Si sabía con quién jugaba en el recreo, sabría algo más de él. No fue tan fácil como había pensando.

Lo primero fue buscar un sitio donde poder observarle sin ser vista. Necesitaba poder controlar todo el patio y poder seguirlo sin problemas. Él enseguida encontró su sitio, debajo de los aleros del tejado que daban al lateral del edificio principal, alejado del resto de los niños.

Aquella zona siempre estaba vacía, porque era imposible jugar a nada en ella. Pero para él parecía el sitió perfecto. Se sentó, abrió su abrigo y sacó un libro. Yo le observaba, como un ornitólogo, camuflada entre los matorrales, sin perder detalle de lo que hacía.

Aquél libro, por su grosor no era de los que nos regalaban a los niños de diez años, o de los que nos mandaban leer en clase. Era un libro grande, parecía pesado. Eso fue lo único que pude deducir aquel día. También pude darme cuenta de abrió el libro por una página y la estuvo observando durante todo el recreo. Así estuvo toda la semana. Tenía que hacerme con los prismáticos de mi padre, así podría ver que era tan interesante para él.

Cuando volvimos el lunes llevaba los prismáticos en la mochila. Tenía que ser cuidadosa, si mi padre se enteraba que se los había cogido sin su permiso, me castigaría. Ocupe el mismo sitio que los días anteriores, detrás de los matorrales que delimitaban el patio del colegio. Allí podía observar sin ser vista. Como el resto de los días siguió su rutina, se sentó en el suelo, en el fondo del patio, debajo de uno de los aleros del tejado y saco de nuevo aquel libro.

Los prismáticos me acercaban a él desde el otro lado del patio. Esta vez vi perfectamente el libro. Era azul, grande, gordo, con finos hilos de color oro y viejo, como los que tenía mi abuelo en su tienda. Pero no pude ver el título del libro, en aquella posición no se veía bien.

Sonó la sirena del patio dando de nuevo por concluido el recreo. Pensé que lo mejor sería que al día siguiente me pusiera mas cerca, así podría leer el título sin problemas, y sabría por fin que tenía de especial aquel libro que parecía ser su único amigo.

Al día siguiente busque un lugar desde el cual pudiera seguir observándole sin ser vista, eso era muy importante. Encontré otro sito, detrás de los matorrales, pero más próximo a los aleros del tejado. Me quedé pacientemente mirando a mi presa, a través de los prismáticos, sin ser vista. ¡Qué ilusa! El sol de invierno me delató reflejándose en los cristales de los prismásticos. Cuando había sacado el libro, para empezar su rutina diaria, lo volvió a guardar. Se puso de pie. De repente me dí cuenta de que venía hacia donde yo estaba oculta. Me quedé inmóvil. Noté sus ojos clavados en mi cabeza. A través de los prismáticos solo veía una mancha azul, de sus pantalones vaqueros. Pensé que si no hacía nada, terminaría por irse, que no me vería.

Dio vuelta a los matorrales y se colocó detrás de mi. Yo le miré. Me tendió una mano, la agarré y me levantó. Me llevó a su rincón.

Me pidió que me sentara, apoyando mi espalda contra la pared. Él se sentó enfrente. Yo no decía nada. Sacó el libro y me lo dió, “Cartomagia Fundamental”. Yo tenía el libro en mis manos. Frankie lo abrió y me señalo un dibujo. Eran dos manos con una baraja de cartas. Debajo ponía “La dama que se ruboriza”. Me miró y dijo –Con este sera suficiente para empezar-.

Sacó una baraja de cartas del bolsillo izquierdo de su abrigo. Las mezclaba como si fuera lo más fácil del mundo. Sus dedos se movían tan deprisa, que parecía que las castas giraban solas. Me enseño los cuatros ases de la baraja, picas, diamantes, tréboles y corazones. Los cogió, los puso boca arriba en el suelo, entre los dos. Cogió la baraja y puso encima el as de picas –es un juego de sombras- dijo. La baraja con el as de picas encima la colocó encima del as de trébol. Yo miraba sin perder detalle.

Chasqueó los dedos y es as de trébol sustituyo al as de picas. Mis ojos se abrieron con tanto asombro que casi no pestañeé. Otra vez la baraja con el as de trébol encima, lo coloco encima del as de diamantes. Otro chasquido y el as de diamantes encima de todas las cartas.

Por último colocó todas las cartas con el as de diamantes encima del as de corazones. Solo quedaba ese as en el suelo. Yo miraba por todos lados, intentando saber como lo hacía. Le miré a los ojos. Frankie sonrió. Los dos nos ruborizamos. Un último chasquido y el as de corazones apareció encimas de todas. Lo cogió con cuidado y me lo dió –te lo regalo-.

Yo con la boca abierta, no pude articular palabra, pero cogí el as de corazones con cuidado y lo guardé en el bolsillo de mi abrigo. La sirena que ponía fin al recreo, nos devolvió a la realidad. Nos quedaban dos horas de clase, que se me hicieron eternas. ¡Quería hacerle tantas preguntas!

Por fin sonó la sirena para poner fin a la clases aquel día. Recogí mis cosas y me fui a poner el abrigo. Frankie me esperaba. Me metí la mano en el bolsillo, para preguntarle como había hecho eso, y mi carta había desaparecido.  Le miré pidiendo explicaciones –un mago nunca revela su juego-.

Desde aquél día fuimos inseparables en el patio, fuera del colegio, en las vacaciones de verano. Siempre estábamos juntos. Estar con él era ir a otra dimensión. Con él aprendí a ir en perpendicular, a que a veces lo mejor es hacer lo que nadie espera de ti, a no ser lo que se espera de ti.

La gente notaba su presencia, cuando Frankie quería que le vieran. No se dejaba esclavizar por las normas o por el que dirán. Aprendí con él a buscar mis sueños, sin importar el tiempo que tardara.

Gracias a Fran por explicarme el juego de magia.

5 respuestas a “Un chico

  1. Me gustó mucho amazona xula… Sombra dejara yo de ser. Que quienes escribimos, nunca dejemos de hacerlo. Es la manera de decirle al mundo que la imaginación es una de las cartas, que hay que girar para seguir echándole ranitas. Que no paren las historias de tocar a nuestras letras.

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