Un chico

Era un chico de los que pasaban desapercibidos para el resto del mundo. Nunca se hacía notar en clase. Yo ni siquiera le vi el primer día de clase y puede que en el primer trimestre solo le intuyera.

Después de las vacaciones de Navidad le descubrí en el fondo de la clase. En parte fue casualidad, estaba buscando a mi amiga Lara que no había vuelto de las vacaciones y allí le vi sentado en el fondo, mimetizado con la silla y el pupitre. En aquél momento la curiosidad llamó a mi puerta, debía saber quién era. Puede que ni los profesores se hubieran dado cuenta de su existencia. Seguro que podría pasar por Ninguno[i]. Con el tiempo comprobé que incluso esto le gustaba. Si no te veían podías hacer lo que quisieras nadie repararía en ti, bueno casi siempre.

Cuando sonó la sirena que anunciaba el recreo decidí seguirlo. Si sabía con quién se relacionaba en el recreo, con quién jugaba, sabría algo más de él. No fue tan fácil como había pensando. Lo primero fue buscar un sitio donde poder observarle sin que se diera cuenta y poder controlar todo el patio para poder seguirlo sin problemas. Él enseguida encontró su sitio, debajo de los aleros del tejado que daban al lateral del edificio principal alejado del resto de los niños. Esta zona siempre estaba vacía porque era imposible jugar a nada en ella. Pero para él era el sitió perfecto. Se abrió el abrigo, sacó un libro y se sentó en el suelo. No sé si él se daba cuenta de que le estaba mirando, bueno más bien le estaba observando, como un ornitólogo, camuflada entre los matorrales, observando todo lo que hacía.

Aquél libro, por su grosor no era de los que nos regalaban a los niños de 10 años, o de los que nos mandaban en clase. Era un libro grande y pesado. Eso fue lo único que pude comprobar aquel día. También pude darme cuenta que no pasaba página, pero poco más.

Unos días después me hice con los prismáticos de mi padre y me los lleve al colegio. Ocupe el mismo sitio, detrás de los matorrales que delimitaban el patio. Allí podía observar sin ser vista. Como el resto de los días, el se sentó en el fondo del patio, debajo de uno de los aleros del tejado, en el suelo y saco de nuevo el libro. Esta vez lo vi perfectamente, los prismáticos fueron de gran ayuda. Era azul, grande, gordo, con finos hilos de color oro y antiguo, como los que vendía y compraba mi abuelo en su tienda. Intenté leer el título del libro pero desde allí y en la posición en la que él estaba no se veía muy bien. Sonó la sirena del patio que daba por concluido el recreo. Pensé que al día siguiente me tendría que poner más cerca y así podría leer el título del libro sin problemas.

Al día siguiente intenté buscar un lugar desde el cual pudiera seguir observándole sin ser vista, y donde nadie me interrumpiera, pero no encontré ninguno, así que me escondí de nuevo detrás de los matorrales, en el mismo lugar donde había estado toda la semana. Allí me quede mirándole a través de los prismáticos, sin ser vista. ¡Qué ilusa!  Aquel día el sol se chivo. Su reflejo en los cristales de los prismáticos me delató. Solo había sacado el libro, cuando lo volvió a guardar y se puso de pie. Se dirigía hacia donde yo estaba. Cuando quise darme cuenta, noté sus ojos lavados en mi cabeza, mientras yo solo veía una mancha grande azul, sus pantalones vaqueros. Debí pensar que si no me movía no me vería. Entonces dio la vuelta a los matorrales y me agarró de la mano. Me levantó y tiró de mí llevándome hasta su rincón.

Me dijo que me sentará, apoyando mi espalda contra la pared, él se sentó enfrente. Me senté sin decir nada. Sacó el libro y me lo dio, “Cartomagia Fundamental”. Ese era el título del libro que escondía. Mientras yo tenía el libro en mis manos  él lo abrió y me señalo un dibujo. Eran dos manos con una baraja de cartas. Debajo ponía “La dama que se ruboriza”. Me miró y dijo “Con este será suficiente para empezar”. Sacó una baraja de cartas del bolsillo izquierdo de su abrigo. Las mezclaba como si fuera lo más fácil. Sus dedos se movían tan deprisa que parecía que las cartas giraban a sus órdenes. Me enseño los cuatro ases de la baraja (picas, diamantes, trébol y corazones). Los cogió y los puso boca arriba en el suelo, entre los dos. Cogió la baraja y puso encima el As de picas. “Es un juego de sombras” me dijo. Con el paquete de cartas encima del As de trébol y sin tocarle, chasqueó los dedos y este apareció encima del As de picas. Colocó la baraja esta vez encima del As de diamantes. Otro chasquido y de nuevo el As de diamantes,  al que hacía sombra, apareció encima del As de trébol. Solo quedaba el de corazones. Me miró, yo estaba intentando ver como lo hacía. Le miré. Me sonrió y volvió a colocar la baraja haciendo sombra encima del As de corazones. Otro chasquido y el As subió, encima del resto de Ases. Lo cogió con cuidado y me lo dio “Te lo regalo”.  Yo con la boca abierta, no pude articular palabra, pero cogí el As con cuidado y lo guarde en el bolsillo de mi abrigo. La sirena termino con la sesión de magia. Nos quedaban dos horas de clase, que se me hicieron eternas. ¡Tenía tantas preguntas!

Por fin sonó  la ansiada sirena. Recogí mis cosas y me fui a poner el abrigo. Él me esperaba y me ayudo a ponérmelo. Iba a preguntarle como lo había hecho. Metí mi mano en el bolsillo donde estaría esperándome el As de corazones. Allí no había nada. Le miré pidiendo explicaciones y él me contesto “Un mago nunca revela su juego”.

Desde aquél día fuimos inseparables en el patio y fuera de él. Yo fui su primer público. Termino gustándome estar con él. Aprendía a ir perpendicular a todo el mundo, a salir por la tangente, aunque esto fuera por la puerta de atrás. El siempre tuvo estilo para eso, se deslizaba por la vida suavemente. Le veías cuando él quería ser visto. No se dejaba esclavizar por las normas. Aprendí con él a buscar mis sueños, aunque en principio solo fueran eso, sueños.

[i]“Historias de Ninguno” de Pilar Mateos.
Por cierto he de dar las gracias a Fran, sin él parte de la historia no existiría.

5 comentarios en “Un chico

  1. Me gustó mucho amazona xula… Sombra dejara yo de ser. Que quienes escribimos, nunca dejemos de hacerlo. Es la manera de decirle al mundo que la imaginación es una de las cartas, que hay que girar para seguir echándole ranitas. Que no paren las historias de tocar a nuestras letras.

    Le gusta a 1 persona

Los comentarios están cerrados.