2017

Este blog permanecera inactivo del 29 de abril al 3 de mayo (inclusive), por realización de mejoras en el mismo. Gracias, nos vemos a la vuelta.

25.04
Me sumergí un martes en ojos profundos, en olas de caricias, en tormentas de besos, en vientos de gemidos. Me sumergí en tu sexo.

18.04
Pensé en ti un martes, y eché de menos los besos, el recorrernos con los labios, mordernos. Echaba de menos momentos, a ti no.

11.04
Me preparé un martes para despedirme de tus palabras, de tus caricias, de tus malas artes, que rasgaban mi piel y estrangulaban mi alma.

04.04
Escribiré un martes con fuego en tu piel todo lo que quieras decirme al oído. Grabaremos en la piel del otro las caricias de nuestros labios.

28.03
El martes empezó con un disparo directo a la cabeza, culpable de los movimientos en contra de los engaños que contaban los gobiernos.

21.03
Nuestra aventura empezó un martes de esos apáticos, donde todo sale sin pensarlo, donde encuentras lo que no buscas.

14.03
Me perdí un martes en el laberinto de mis emociones, en el golpeteo de tus labios, en el sexo de nuestras manos, para no volver a vernos.

07.03
Aquel martes necesita reflexionar sobre la sociedad que celebrará el 8 de marzo, y que tiene que aprender igualdad para tod@s.

28.02
Toque para ti un martes aquella canción olvidada en el fondo de tu cabeza. Con la segunda estrofa tarareaste y me sacaste a bailar.

21.02
Ese martes junto al mar me deje acariciar por la brisa de tus palabras, el reflejo de tus ojos y el suave vaivén de tus brazos.

14.02
Desperté junto a ti un martes. Tu piel olía a pasión, besos, sexo y caramelo, no me contuve, te saboree lentamente, tú te dejaste hacer.

07.02
Murió un martes o no… La verdad nadie sabe donde está su cuerpo, pero su alma se quedó pegada a los labios de ella para siempre.

31.01
Fue el mejor martes de todos los tiempos. Cuando en yoga oí que nuestro cuerpo era una pluma, te agarré la mano y volé.

24.01
Aquel martes imaginé un mundo sin muros, donde la sonrisa fuera el primer saludo y Hola, ¿cómo estás? el principio de la conversación.

17.01
El próximo martes empezaré a lanzar contra ti palabras con gancho, tiraré de tus sentimientos dejando tu alma desnuda aunque no quieras.

10.01
El martes el cielo arderá por toda la sangre que se derrama en nuestro nombre. Mientras nosotros miraremos a otro lado, inactivos.

03.01
El martes no volveré a quedarme en el sofá. Saldré fuera en busca de… Da igual, no quiero ver pasar mi vida desde el sofá.

 

 

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Clase de tango

Llevo muchos años dando clases de tango, por lo que no entiendo mis nervios ahora mismo. Es mi primera clase en esta escuela, pero llevo haciendo esto años, desde la universidad. Puede ser porque llevo solo cuatro meses en esta ciudad. Llegué a este país con muchas ilusiones, dispuesto a trabajar en lo que realmente me gusta y se me da bien, dar clases de tango. Cuando llegué mi nivel de inglés no era lo suficientemente bueno como para poder llevar una clase como lo hacía en mi país, pero hoy estoy preparado, mi inglés es fluido o eso creo y es posible que esto sea el origen de mis nervios. Quiero poder enseñarles sin problemas,  transmitirles la esencia del tango, la pasión que encierra.

En unos minutos, aunque puede que antes de lo que espero oigo barullo en la escalera de acceso, conoceré a mis doce alumnos y alumnas, bueno en realidad son 13, pero la impar es una viuda amiga de la dueña que ha aceptado como regalo estas clases, el resto vienen en pareja. Yo soy el profesor al que pagan por enseñarles tango, por hacerles entender el tango, y si alguno llega a sentir la pasión que yo les transmitiré, será que en parte lo he hecho bien.

La gente empieza a entrar en la clase, saluda y se dispersan por ella, es como si se tuvieran miedo entre ellos, o ¿será que sienten vergüenza? Voy a ver si estamos todos. 1, 2, 3, 4,…11 ¿me falta una pareja? Bueno creo que para romper el hielo y que se comporten como una clase, un grupo,  voy a ir presentándome, así haré tiempo para que lleguen los dos que faltan.

—Hola me llamo Andrés y voy a ser vuestro profesor de tango este curso. Por lo que veo sois una clase con diversidad de edades, tenemos gente muy joven y gente menos joven, lo cual está bien porque podemos ver, tocar, sentir el tango desde diversas perspectivas. Lo mejor es que nos vayamos presentando. Para ello os pediría que os pongáis a mí alrededor formando un círculo desde mi derecha hasta mi izquierda, con la pareja que os acompaña.

Mientras mis alumnos se van colocando para que formemos un círculo, me fijo en ella, en la viuda, aunque ha sido su vestido el que me ha llamado la atención, naranja. La noto  desubicaba, como si estuviera en esta clase porque no hay más remedio.  Bueno empiezan las presentaciones.

—Me llamo Anna. Este es mi hermano Paul y estamos aquí porque nuestra madre nos ha apuntado. Dice que así por lo menos la dejaremos tranquila unas horas a la semana.

—Hola soy Katherine…—la interrumpo.

-Lo siento Katherine por interrumpirte, pero quiero que os presentéis uno por uno aunque vengáis en pareja. —Sonrio a Katherine que me devuelve una sonrisa alegre y burlona.

—Hola me llamo Paul, y no tengo más que añadir a lo de mi hermana…Bueno sí, no solo somos hermanos, sino que además somos gemelos.

—Gracias Paul —no me contesta y vuelve a donde estaba mirando, el suelo— Ahora sí Katherine.

—Hola soy Katherine.

—Y yo Eric.

—Somos marido y mujer —dice ella—. Vimos el anuncio en el bar donde normalmente celebramos los cumpleaños y decidimos apuntarnos. Siempre he querido aprender algún baile de salón.

—Y yo —continúa Eric— siempre quiero tenerla contenta, así ella me tiene a mi contento, ¿verdad pichoncito? —la estruja entre sus brazos. Eric no quiere compartir a su mujer con nadie.

—Eric contrólate un poco —le dice Katherine quitándose sus manos de encima— ¡hemos venido a bailar no a flirtear, guapo!

Se oye alguna que otra carcajada ahogada. Han debido de ser una pareja de esas que llaman la atención por empalagosos. Siguiente.

—Hola soy Sara amiga de Katherine y Eric. Me hablaron del curso y me dije ¿por qué no? Mejor aquí moviendo el culo que aumentándolo en casa, ¿no? —estas risas no han sido tan bajas como las anteriores.

—Hola. Soy Michael, también amigo de Katherine y Eric. Me comentaron lo de las clases y que su amiga Sara no tenía con quién ir, y bueno pensé que un caballero nunca deja a una dama sola —la mira y sonríe,  aunque rapidamente vuelve a posar sus ojos en la belleza del vestido naranja. Sara se ha puesto un poquito colorada. Pensaba que a ciertas edades eso ya no ocurría.

—Yo soy Caroline y él es Alfred —venga otra que va a presentar a su compañero—. Somos compañeros de universidad. Un día decidimos que teníamos que apuntarnos a un gimnasio para quitarnos un poquito el estrés de los estudios y nos pusimos a buscar. Entramos en un bar y vimos el anuncio de las clases de tango. A Alfred le pareció un poco complicado, ¡pero nos encantan las complicaciones! —Caroline le toca el hombro a Alfred que empieza a mover las manos, ella va ser nuestro intérprete.

—Me llamo Alfred. Mi dificultad —Caroline le mira, ha cometido un error— perdón nuestra dificultad es que soy sordo total de un oído, el otro tampoco es que funciones muy bien. Soy mudo de nacimiento, vamos que estoy apañado. Sé que es posible que yo haga que nuestra pareja sea la más lenta del grupo, pero no es la primera que afrontamos un reto complicado. La gente nos mira a veces con cara de “esto no lo podéis hacer, es imposible” y esta vez como en esas ocasiones estamos dispuestos a demostrar que se equivocan. Solo os pido un poquito de paciencia conmigo. Considerarme una tortuga, lenta pero segura.

La siguiente es la viuda, vestida de naranja.

—Hola soy Marie y una amiga me ha regalado el curso…, no tengo más que añadir —breve. No está a gusto y le molesta la mirada de Michael.

—Hola soy Lousie y el Lewis, somos los  hijos de Katherine y Eric.

—Y como vosotros —Lewis mira a los gemelos— nuestros padres nos han apuntado a clases de tango, aunque vosotros tenéis más suerte, no os acompañan.

Katherine suspira y cierra los ojos en señal de malestar con unos hijos tan poco agradecidos. Esta familia ha marcado sus muros desde el principio.

Todos giramos la cabeza hacía la entrada, se oye subir rápidamente a varias personas y risas. La puerta se abre ante nuestra atenta mirada.

—Lo sentimos —esta pareja emana pasión por todos los poros—. Hemos perdido el autobús.—Se echan a reír tiernamente mientras se miran acercando sus cabezas.

Son la única pareja del grupo que lleva alianza, muy brillante, deben de llevar poco casados y no solo se nota por la alianza si no porque no pueden dejar de comerse con los ojos. Estoy seguro de que si no hubiera nadie presente se estarían devorando sin contemplaciones.

—Bueno solo quedáis vosotros, acercaos al círculo para que os presentéis y empezamos la primera clase.

—Hola a todos yo soy Thomas y ella es Francesca. —Francesca saluda como si saludara a su público—. Nos conocimos en Las Vegas hace cinco años. Hace dos nos volvimos a ver, el destino quiso darnos una segunda oportunidad. Nos hemos casado hace un mes y como no tenemos dinero para ir de luna de miel hemos decidido aprender a bailar tango.

—Bueno pues ya nos hemos presentado todos —tengo ganas de empezar a transmitirles mis conocimientos—. Coger a vuestra pareja. Marie, vas conmigo —creo que al principio de la clase no le hacía gracia tener que bailar con el profesor, pero después de como la miraba Michael, como un roedor a su queso, se siente tranquila de que sea yo y no él su pareja—. Por favor Marie, vamos al centro de la clase.

Todos se colocan formando un círculo alrededor nuestro para no perder detalle. Ahora si comienza mi clase.

—Vamos a empezar con lo básico. Un tango suele durar unos tres minutos aproximadamente. Lo básico es el abrazo y saber caminar. Con el abrazo —coloco mi brazo izquierdo cogiendo con delicadeza la cintura de Marie y coloco mi mano derecha preparada para recibir la suya. Ella con miedo, noto su nerviosismo, coloca su brazo izquierdo apoyándolo en el mío su mano cae sobre mi hombro, y la mano derecha se deja coger por la mía—. Tenemos que caminar. Yo como hombre tengo que caminar hacia adelante vigilando que mi pareja camine sin problemas hacia atrás —miró a Marie—. Para eso ella debe confiar en mí, como si yo fuera un talismán hasta el punto de que pueda confiar tanto en mí que puede llegar a cerrar los ojos, aunque eso será poco a poco. Caminemos Marie —la sujeto con delicadeza pero con fuerza. Su caminar no es dubitativo, intranquilo, al contrario cierra los ojos y camina sin problemas, me lleva.

—Podéis comenzar —el resto de la clase comienza andar—. La notaba nerviosa Marie, pero sin embargo su caminar es seguro, ¿tiene algo que contar?

—No sé porque le hice caso a Samantha.

—Ella me ha contado que su marido murió, lo siento.

—Gracias, pero murió hace más de diez años.

—Bueno igualmente lo siento.

—Sé que todo el mundo se extraña por verme con un vestido naranja, es como si viniera preparada para una fiesta, pero todo tiene su explicación.

—Me gustaría oírla, si quiere. Si conoces a tus alumnos sabes cómo puedes ayudarles.

—Buff, es algo que cuesta, pero lo haré -apoya el lado izquierdo de su cabeza en mí y me susurra al oído—. Mi marido desapareció en el huracán Matthew en New Orleans. Nunca encontraron su cadáver. Yo siempre le esperé, siempre esperaré a que aparezca por la puerta de casa y nos riamos juntos de todo esto. Hace un año su hermano necesitaba que se le diera por muerto para poder gestionar la empresa sin problemas y tuve que solicitar la declaración de defunción. Eso me hizo replantearme el ordenar sus cosas. Mi hermana encontró en un altillo del trastero una caja llena de polvo, envuelta en papel de regalo con un lazo enorme a mi nombre. La tarjeta firmada por mi marido decía que era para la celebración de nuestro aniversario, en nuestro próximo tango, algo que hacíamos todos los meses. El tango nos encanta, nos encantaba a los dos. Cuando abrí la caja me encontré con este vestido naranja. No hubo próximo baile. Cuando Samantha me comentó que había contratado un nuevo profesor para las clases de tango y que me había apuntado, decidí ponérmelo en honor a Harry. Ahora mismo me siento como si le estuviera engañando.

—No es así. Si a su marido le gustaba tanto el tango como veo en sus ojos, seguro que está disfrutando al verla bailar, desde donde quiera que esté. Seguro que la querría ver feliz. El baile puede ser el primer paso, ¿no cree?

—No lo sé, puede. Discúlpeme si soy poco comunicativa.

Giramos nuestras cabezas hacia el mismo lado, al igual que casi toda la clase.

—¿Qué ha sido ese ruido? —ha sonado como un cristal rompiéndose contra el suelo.

Vaya, cara de roedor ha tirado el frasco donde mi jefa guarda las flores no naturales que va coleccionando. Suelto a Marie y me dirijo al armario de la limpieza.

—No se preocupe, ahora mismo voy a por un cepillo y un recogedor para limpiar los cristales.

—Lo siento, es que creo que me he dejado llevar tanto que no he visto lo que hay a mi alrededor.

—No se preocupe. —Tengo la sensación que no es por eso, más bien es porque no deja de mirar a Marie en lugar de estar pendiente de Sara, su pareja.

¿Cómo lo habrá roto? Esto es tango no rock-and-roll. Espero que la jefa no me eche la bronca. ¿Dónde han puesto el cepillo? Aquí está. ¡Está claro que lo ha hecho aposta! Me acabo de dar la vuelta, ¿y con que me encuentro?, con cara roedor agarrando a mi pareja y dejando sola a la suya.

—Disculpe, usted tiene pareja —voy recogiendo su estropicio— ¿podría soltar a la mía?

—Oh, perdón. Cómo mi pareja estaba un poco cansada y veía a Marie tan sola he pensado que se podía cambiar de pareja.

—Pues en mi clase de momento esto no lo voy hacer, ¿algún día?, depende. Por este motivo se pedía en el anuncio  que vinieran con pareja. —Qué cara de terror está poniendo Marie—. Pero bueno, ya lo veremos primero tenemos que aprender a caminar con nuestra pareja.

—Ok, no hay ningún problema, se esperar.

No he podido contener mi cara, creo que roedor se ha dado cuenta de mi perplejidad. Queda claro que viene a cazar.

—¿Está bien? —la viuda está en shock. Nos colocamos de nuevo y seguimos caminando. Le susurro-. No se preocupe la avisaré para que no venga cuando hagamos intercambio de pareja.

—Gracias, se lo agradezco. Ese hombre me hecho sentir como un trozo de…queso, es como un roedor oliendo el queso antes de hincarle el diente. He tenido que apretar la mandíbula para no echarme a reír

Y la clase llega a su fin por hoy. Para que no tenga problemas, acompañó a Marie hasta su coche, dejando claro a cara roedor que no intente nada con ella, no está a su alcance, y al mío tampoco. Mientras veo como se aleja en su mercedes huelo su fragancia en mi ropa.

 

 

 

 

 

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Carta a Pandora

Madrid, 30 de junio de 2005.

Querida Pandora, (siempre me gustó ese apodo),

Ayer conocí a Frankie. Vino a entregarme la carta que me enviaste hace ya casi treinta años y que nunca llegó a su destino. He de reconocer que ayer me volví a enfadar con  mi madre, reconocí su letra en el sobre “para devolver”.

Frankie me contó que os conocisteis en Marsella, a donde llegaste después de huir de esta España que no estaba preparada para alguien como tú. Me contó muchas cosas de ti, la verdad prefería oír su voz antes que la mía, porque tú recuerdo sigue estando presente en mí aunque de primeras pueda parecer que te olvidé hace tiempo. Frankie me dijo que fue feliz contigo, aunque nunca fuiste suya por entero, siempre supo que había otra persona.

Me contó que tuviste la carta guardada todos estos años en el cajón de tu mesilla, sin importarte si Frankie la encontraba, sabías que siempre respetaba tus decisiones, tu espacio, que si esa carta estaba colocada en la mesilla y la acariciabas antes de irte a dormir, tus razones tendrías. Frankie me contó que teníais planes para venir a España, pero que por su trabajo, o por qué tú no querrías sufrir una decepción, siempre encontrabas una excusa excusas para no darte de frente con mi realidad. No fue una sorpresa para Frankie, cuando te detectaron el cáncer, que le pidieras que si te pasaba algo me harías entrega de esta carta, aunque siempre te decía que me la entregarías tú en persona. Por desgracia no ha sido así. Después de varias horas donde repasó su vida contigo, nos dimos nuestros datos de contacto, y nos despedimos con cortesía sabiendo que nunca nos volveríamos a ver.

Cuando me quedé a solas no encontré ninguna excusa, ni tuve la fuerza suficiente para abrir tu carta, nunca fui tan valiente como tú, o mejor dicho nunca fui valiente. Lo mío siempre fue vivir en apariencia, sin romper las reglas. Llegó la noche y me acosté, aunque no dormí nada. Cada vez que cerraba los ojos tu carta aparecía ante mí, esperando ser abierta y oír todo lo que tenías que decirme. El cansancio por fin tuvo sus frutos y terminé cerrando los ojos sin ver tu carta, pero te vi en sueños, tan rubia, tan blanca, con esa determinación en los ojos de irte fuera para poder sentir sin que nadie te indicará ni cómo ni con quién. En sueños me vino aquel día en la playa, donde nos cogimos de la mano, sin importarnos nada ni nadie y nos metimos solas en el mar, como dos enamoradas.

manos-recortadas

 

By Sagra Jiménez

 

Me desperté llorando, pero aún no estaba preparada para abrir tu carta. Mientras desayunaba puse la radio. El locutor hablaba de que hoy se decidía la aprobación del matrimonio homosexual en España. No sé si eso fue la señal que esperaba y abrí tu carta.

La primera vez que la leí he de decir que me decepcionó, no sé, esperaba una declaración de amor, una petición, un ruego tuyo para reunirme contigo en Marsella, pero desde la primera línea dejaste claro que me dabas por perdida, sabías que yo nunca lo haría. En tu  carta me contabas que Marsella era un lugar precioso donde habías conocido a Frankie. La querías, pero seguías amándome a mí. Aun así habías tomado la decisión de irte a vivir con ella, en ser un matrimonio aunque nunca os pudierais casar. Era la persona perfecta para continuar con tu vida. Nunca me olvidarías, siempre estaría en un rinconcito de tu corazón. Tu última frase dejaba claro que no querías que contestara a tu carta, simplemente me decías ADIÓS, así, en letras grandes. Y no te equivocaste al despedirte de mí para siempre, nunca hubiera ido a buscarte a Marsella, pero en una pequeña porción te equivocaste, he sido libre estos años.

Me encantaría decirte que yo también encontré a mi Frankie, pero no fue así. Dos años después de tu marcha acepté que mi madre me buscará marido. Yo ya tenía treinta y dos años. Después de dos señoritos de provincia acepté salir con Rafa, no sé si  te acordarás de él, pelo rizado, ojos profundos, caballeroso, atento, educado y gay. En la tercera cita, cuando al final nuestras madres nos dejaron solos, nos pusimos a hablar y la verdad, nuestra verdad, salió a la luz. No sé como pero seguro que el hecho de estar en la misma situación, nos dio la suficiente valentía para contarles a nuestras madres que amábamos diferente. Te puedes imaginar cómo se puso mi madre, me echó de casa y nunca volví a tener relación con mi familia. La madre de Rafa fue más benevolente. Nos aconsejó irnos del pueblo y nos ayudó a buscarnos la vida en una ciudad, grande, donde nadie nos conociera. En parte comencé a sentirme libre, como seguro tú te sentías en Marsella, pero al mismo tiempo sentía ese dolor por no ser aceptada mezclado con la decepción que sentía mi madre por mí.

Nos vinimos a Madrid y como tú, siempre siguiendo unas reglas, pudimos sentirnos libres. Rafa se fue unos años después, encontró a su Frankie. Yo me quede sola sabiendo que nunca encontraría a nadie como tú, Pandora. Nadie que me hiciera sentir de esa manera. Decidí estudiar magisterio, siempre se me dieron bien los niños. Fui profesora de lengua hasta el año pasado. En parte mis alumnos consiguieron sanar ese corazón que se rompió al verte partir el dos de octubre de 1973, en aquel autobús destartalado, sin saber si llegarías bien o a dónde llegarías.

Sé que nunca recibirás esta carta, que nunca volveremos a vernos en esta vida, pero quiero que sepas, allá donde estés mi querida Pandora, que celebraré por ti el matrimonio que pudo ser el nuestro.

Siempre tuya, Emilia.

P.D.: Esperó que algún día me perdones por no haber sido tan valiente como creías que era.

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Sueños, nubes

Sabías que para empezar necesitaba algo más que mis manos,

otras que me sostuvieran durante un tiempo

no eterno, que me agarrasen, que me sirvieran de apoyo

en ese mundo en el que me atreví a entrar sin llamar a la puerta.

 

Tus manos fueron escudo de mi miedo a equivocarme

por tener sueños sin pilares en la realidad,

miedo a sueños que parecían imposibles de alcanzar,

dejando escapar las nubes, creyendo que no las merecía.

 

Tiraste de mí cuando prefería permanecer sin molestar,

entregada y perdida en los brazos del tiempo,

cuando grité que no quería, que no podía, que era duro;

que me robaba tiempo para soñar, sin darme cuenta que

lo único que me hacía falta era dejar que uno de esos sueños

traspasara la frontera entre mi cabeza, mi corazón, mis manos.

 

Tiraste de mí para que soltara las palabras que había cazado,

pero que escondía debajo de la coraza que durante años me cree a medida,

con las palabras que los demás me regalaron en forma de condena,

que me anclaron a la tierra, alejándome del cielo, de mis nubes.

 

Esas palabras que en un principio fueron desconocidas,

anotadas en cualquier lugar, sin protección del viento,

un día, ¿o fue una noche?, se acercaron a mí, me despertaron;

iban cogidas de la mano de ideas, me mostraron su historia.

 

Ahora me despiertan cuando quieren salir,

pidiendo que les cree puentes, que los crucemos juntos,

que cuente la historia de la que todo el mundo conoce una parte

pero que nunca han sentido de esta manera.

 

Sé que estoy preparada para soltar mi alma,

entrégame un lápiz, una hoja en blanco,

y dejaré salir las palabras que he cazado, dando calor a las ideas.

 

Crearé puentes en forma de relato, novela, cuento,

o puede que te regale unos versos,

de esos que antes tú escribías,

y que olvidaste debajo de tu caparazón.

 

Estoy preparada para cambiar el rol,

porque contigo he aprendido agarrar la mano de quien te la tiende,

a tender la mano para que no tiemble,

a dejar que tiren de mí y tirar dando aliento a las esperanzas de otros,

a levantarme y levantar al que se abandona en los brazos del tiempo,

a soltarme el alma y a enseñarte a que sueltes la tuya.

 

Deja salir esos versos que guardas solo para ti,

porque sé que no olvidaste cazar palabras,

puede que ya no recuerdes cómo construir puentes

¿o es qué tienes miedo a cruzarlos?

 

Aunque reconozco que de vez en cuando

te pediré que me agarres,

que me sostengas en esta pérdida de equilibrio,

que tires de mí, que levantes mi cuerpo y sueltes mi alma.

 

Porque gracias a ti sé que debo seguir soñando,

para alcanzar mis nubes, porque me las merezco.

 

 nubes-sagra

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Agosto (III parte y final)

Pero no quise pararme. Corrí escaleras abajo, salí del hotel y seguí corriendo hasta que no pude más. En una calle me paré, apoyé mi espalda en una pared y me dejé caer, mientras las lágrimas brotaban de mis ojos sin freno. 

No sé cuánto tiempo estuve llorando. Me sentía herido por tantas cosas, mi hermana, Cata, yo. Todo lo que llevaba guardado me había llevado a ese momento, y lo de mi hermana fue el detonante. Recordé las palabras de Lucía, “nadie te prepara para la vida”. Me dolía que Cata tuviera razón. Todo era tan confuso. Tenía que empezar por poner mi cabeza en orden y lo primero era arreglar el daño que le había hecho a Sara y Cata. Pero antes de hablar con ellas, tenía que pensar realmente como iba a solucionarlo, como iba a pedirles perdón, no quería meter la pata otra vez. Me incorporé, me sequé las lágrimas y fui dando un paseo hasta la playa. Al pasar por un escaparate vi que tenía los ojos rojos.  Accedí a la playa por el extremo derecho, desde allí veía toda la playa. Me descalcé, me quité la camiseta y empecé a caminar.

Mi paseo era automático, pensaba en cómo empezar “mi discurso”, pensé en sí Lucía y Nora lo sabrían. Veía las caras de decepción de Sara y Cata. Me día la vuelta, no tenía que pensar más solo tenía volver al hotel y hablar con ellas. Eche a corres donde había dejado mis zapatillas y la camiseta. Me senté para calzarme, cerré los ojos y recordé el día que nos metimos en el mar cogidos de la mano, lo bien que me sentí. Respiré profundamente y al abrir los ojos me lleve un susto, Lucía estaba agachada mirándome, enfadada.

—¡Increíble, nosotras preocupadas por ti y tu aquí tan tranquilo! —no la conteste. Me puse de pie. Ella hizo lo mismo— ¿Se puede saber donde coño estabas? Llevamos dos horas buscándote.

—Si tan preocupada estaba, me podía haber llamado al móvil —metí la mano en mi bolsillo, pero el móvil no estaba.

—Eso hizo, todas te llamamos, hasta que tu móvil sonó dentro del armario de Cata, un sitio raro para dejar tu móvil, ¿no crees? —no dejaba de mirarme en plan policía, esperando una respuesta.

—Tengo que ir a hotel y hablar con Cata y Sara.

—Sí, hazlo por favor. Me preguntó que habrá pasado entre vosotros tres. Están las dos, muy enfadadas, sobre todo Cata. Les he preguntado, pero no han querido decirme nada. Al final entre la insistencia de Nora y mía, se han encerrado las dos en la habitación de Cata y nos han pedido que las dejemos en paz.

—Vamos —me di la vuelta y empecé a correr hacía el hotel.

Al llegar al hotel me di la vuelta para despedirme de Lucía, pero no estaba. Apareció unos segundos después.

—Lo siento tenía prisa —le dije, ella pasó por mi lado.

—Lo entiendo, solo te pido que soluciones esto, me estaba gustando esto de ser cinco. Voy a buscar a mi prime. Os dejaremos a los tres para que solucionéis lo que sea que haya pasado. —Abrió la puerta del hotel, pero yo me queda parado.

—Estás alelado, ¿pasas o qué? – nos plantamos delante del ascensor.

—Creo que mejor cojo las escaleras —allí dejé a Lucía.

Me tomé con tranquilidad cada escalón, como si al pisar despaciome infundieran valor. Cuando llegué a la planta donde estaban las chicas, vi a Lucía y Nora meterse en el ascensor. Menor, no quería más oídos escuchando. Di unos golpecitos en la puerta de Cata. Me abrió muy seria.

—Yo…-agache la cabeza no sabía cómo empezar.

—Creo que deberías hablar primero con tu hermana —me indicó que entrará—. Os dejo solos.

-¡No Cata!, no te vayas. Tengo que hablar con las dos. Os tengo que…

-¿Nos tienes qué? —me contestó desafiante.

-¿Podemos pasar? —mi cara suplicaba abandonar el pasillo.

Cata accedió, me dejó pasar y cerró la puerta. Se quedo apoyada en ella. Vi a Sara de espaldas mirando por la ventana.

—Hola —fue lo único que se me ocurrió.

—Hola —me respondió sin darse la vuelta.

—Sara…no sé cómo empezar.

—No lo pienses, suéltalo —seguía sin darse la vuelta— igual que lo hiciste cuando saliste del armario —se dio la vuelta y me sonrió de medio lado— Empieza por donde quieras Álvaro, pero di algo —tendió la mano. Cata pasó por mi lado y la agarró. Las dos me miraban cogidas de la mano— aunque si vas a volver a insultarnos otra vez, mejor cállate.

—No, no voy a insultar a nadie. No sé cómo me pude comportar así, no se…

—¿Por qué eres un hipócrita? —contesto Cata.

—Cata, deja que se explique.

—Cata, tiene razón. Soy un hipócrita. Escribí un artículo contra la intolerancia de las personas que juzgan a los demás y yo os he juzgado. Hasta ahora no me había dado cuenta que la gente puede amar de formas diferentes —los nervios jugaban en mi estómago. Tenía ganas de vomitar, pero continué—, que se puede amar de muchas formas, mirando más allá del envoltorio. Que la gente siente en muchos colores y formes. Creo que si ahora tuviera que escribir el artículo lo haría de forma diferente, seguro. No sé como explicarme, yo solo quiero…yo espero que me podáis perdonar. —Nadie decía nada, así que continué— Sara sé que te he decepcionado, algo que por desgracia se me da muy bien últimamente. Decepcionar es lo mío.

—Nunca me has decepcionado, Álvaro. Me han dolido tus palabras, pero sabía que ese no era mi hermano.

-Cata, lo siento –Cata me miraba a la defensiva-. Creo que también jugó en mí contra qué yo pensara en ti…como alguien con quién…

-Aceptó tus disculpas, no liemos más el tema.

Nos quedamos callados.

—Sabes, me gustó el día que estuvimos en la playa —no sé porque seguía hablando, pero tenía que soltar todo—, nos metimos en el mar agarrados de la mano, como cuando éramos pequeños, hacía tiempo que no me sentía tan bien, ese muro que había crecido entre nosotros desapareció durante unos minutos, hasta que Nora… La cuestión es que sé que nada va a volver a ser como antes, pero quiero que sepas que te quiero hermanita pequeña y que siempre podrás contar conmigo.

—El muro lo levantaste tú solo. No sé qué te pasó al entrar en bachillerato. Yo te pedía que te vinieras conmigo, te decía que salieras con tus amigos, pero era como si de repente la gente te diera miedo. Por cierto te recuerdo que yo nací la primera, tu aceptaste el rol de hermano mayor que nunca te debieron otorgar nuestros padres —mi hermana se mordía el labio, como si intentara no llorar—. Te dieron una responsabilidad que era suya, ¿por qué no abandonas ese rol y simplemente eres el hermano gemelo de esta persona tan estupenda?

—Ok, lo intentaré.

—No, no lo intentarás, lo harás —impuso Sara.

—Lo haré, prometido. Solo espero que a partir de ahora no haya secretos entre nosotros.

—Pues te voy a contar algo —Sara le pasó la mano por la cintura a Cata y la trajo hacía ella—. Cata me dijo que teníamos que decírtelo, que siendo gemelos al final nos pillarías por eso de sentir lo mismo que el otro.

—Tu ríete Sara —contestó Cata— pero aunque no lo voy a preguntar,  no sé yo si cuando tu y yo…tu hermano…

—Aunque fuera verdad, mi hermano esta últimamente alelado. Si no hubieras contado con él para cubrirte las espaldas con tu hermana, seguro que no nos habría pillado. Su Sherlock interior lleva dormido mucho tiempo.

—¿Su qué? —preguntó Cata.

—Su vena Sherlock, ¿a qué sí, Álvaro?

—Mi Sherlock siempre está activo, y lo sabes.

—Ja, ¿tú crees? Si es así, ¿qué pasa con las cuatrillizas?-preguntó Sara.

—¿Qué pasa con las cuatrillizas? —dije.

—Así nos llamaste cuando te enteraste de que Cata se había venido con nosotras. Se lo conté a Cata. Mas tarde me enseñó vuestra conversación de what donde ponía te puso que “Podías ir a la playa con las cuatrillizas”. Ves, Sherlock está dormido en otro momento te hubieras dado cuenta de algo.

—Sherlock se fue de vacaciones antes que yo.

—Y que lo digas —contestó Sara.

—Solo una cosa Álvaro –Cata se separó de mi hermana y se colocó frente a mí— promete que no se lo contarás a nadie, incluidas Lucía y Nora.

—Os lo prometo, pero Lucía no es tu hermana.

—Lo sé, pero Nora se enfadó mucho cuando mis padres la “obligaron” a incluirme en sus vacaciones. Si se enterará de la verdadera razón, sera pero. No tentemos a la suerte.

—No os preocupéis por nada, no voy a decírselo a nadie —miré a mi hermana—. A nadie Sara, ni a papa ni a mama. Cuando estés preparada para decírselo cuenta conmigo, yo estaré allí apoyándote. Pero una pregunta, ¿cómo surgió lo vuestro? No tenéis porque contestar, es solo curiosidad.

—Tu hermana me pidió que la ayudará con los estudios —dijo Cata— ella era quién me pagaba. Un día nos dimos cuenta que había algo más.

—Unas cuantas clases después me di cuenta que ya no necesitaba su ayuda, pero quería seguir viéndola. Coincidimos en una fiesta que hizo Lucía… —Sara se acercó a donde estábamos Cata y yo—. No podía dejar que se quedará en Madrid, aunque solo fueran cinco días, ¡yo quería estar con ella!

—¿Y cómo convenciste a nuestros padres?

—¡No! Ellos me dijeron desde el principio que si quería irme con mis amigas tú tendrías que venir. Al principio yo no quería que vinieras, porque eso significaría que yo tampoco iría, tendría una excusa para no venir. Pero cuando Cata convenció a sus padres, acepté. La verdad es que Cata lo vio como algo bueno.

—¿Me habéis usado? Vaya, yo puede que sea un poco Sherlock, pero Cata es una Moriarty total.

—Consultor criminal —dijo Cata— No era mi intención, Álvaro, pero necesitaba un comodín y tú eras perfecto.

—¿Y si nos damos un abrazo y nos dejamos de tonterías? —dijo Sara.

Así lo hicimos. Recuperé mi móvil. Al revisarlo vi que tenía llamadas de Lucia y tropecientos what.  “¿Ya está todo solucionado” “Podemos volver al hotel, por favor di que sí” “O dices algo, o mato a mi prima” “Socorro, quiero volver” , y cosas parecidas. Me había saturado el what.

—Chicas, mirar los what de Lucía, necesita urgentemente volver con nosotros.

—Pobre, es que a veces Nora es muy intensa —dijo Sara.

—¿Solo a veces? —dijimos Cata y yo.

—¡Qué malos sois!. Dila que nos vemos a la hora de cenar

—Creo que si le digo eso a Lucía, nos mata. ¿Que hora és?  ¿Y si nos vamos a la playa, hasta que anochezca?

Como ninguna puso objeción, le contesté que vinieran al hotel que bajamos en diez minutos. Cuando bajamos ellas ya estaban en la puerta del hotel.

—¿Ya está todo bien? –preguntó Lucía.

—¿No lo ves? Está todo bien —Nora, que más se puede decir—-, van los tres juntitos, tan alegres.

—¿Nos vamos a la playa? —pregunté.

Nora nos miró a su hermana y a mí y su respuesta fue algo que no esperábamos.

—De acuerdo, de acuerdo. Disfrutemos de las últimas horas,…los cinco.

No sé porque pero esa respuesta hizo que abrazará a la persona que tenía más cerca, Lucía. Enseguida le quite los brazos de encimas. Ella se puso roja, le entró la risa y yo no sabía dónde meterme. Cata y Sara salieron juntas del hotel, aunque en ningún momento dieron señales de que fueran algo más que unas simples amigas. Me dio pena por ellas, aunque comprendía la situación

Cuando llegamos a la playa buscamos un sitio donde poder estar los cinco juntos. Encontramos una cala, lejos de la gente. Nos metimos en el mar había que aprovechar las pocas horas que nos quedaban allí antes de volver a la realidad. Cuando el atardecer empezó, nos sentamos apoyados en una roca. Yo me senté en medio, aun lado Lucía y Nora, en el otro lado Sara y Cata. El sol dejó paso a la luna, y se produjo un efecto dominó Sara y Lucía se apoyaron en mí, Nora en Lucía y Cata en mi hermana. Estuvimos mirando al horizonte hasta que Nora dijo que teníamos que aprovechar la noche.

Regresemos al hotel y en media hora quedamos de nuevo en la puerta. Al bajar me fijé en una chica que estaba sola en la puerta del hotel, me sonaba su cara, ¡era Nora!. Apenas llevaba maquillaje, y la verdad es que estaba mucho mejor. Detrás llegaron las demás. Nos fuimos a un sitio que dijo Lucía. Reímos, bailamos, todos estábamos disfrutando, pasándolo muy bien. Alguna que otra vez miraba a mi hermana y a Cata y veía ese deseo que tienen en los ojos las parejas, sin importarles quién está delante, pero se contenían. Sobre las tres decidimos regresar al hotel. Cuando íbamos de camino Sara se acercó y me cogió la mano.

—Como cuando éramos pequeños, juntos a todas partes.

—Al final no ha estado mal que te acompañará con tus amigas.

—No al final no ha estado mal —y me dio un beso en la mejilla.

Al llegar al hotel me despedí de todas ellas, con un beso de buenas noches incluida Nora, que lo aceptó sin problemas. Al entrar en mi habitación, me tumbe en la cama y sonreí. Había sido un día largo, lleno de emociones, aprovechado en todos los aspectos. Me sentí bien, como hacía tiempo que no me sentía. Soñaba con quedarme en Las Negras, alargar las vacaciones, y de nuevo alguien rompió mi sueño llamando a mi puerta.

—Venga dormilón, que hay que aprovechar las últimas horas —Lucía me llamaba desde el pasillo.

—¡Déjame en paz! ¡Quiero dormir! ¡Quiero quedarme aquí!

—Yo también, pero de momento no puede ser.

—Joooo –me levanté y abrí la puerta. Lucía estaba vestida para ir a la playa— ¿qué hora es?

—Pronto, todavía es de noche. Venga vístete que nos vamos a ver amanecer y a despedirnos de la playa. Te esperamos en diez minutos.

Y allí me dejó. Debía estar muy dormido porque no recuerdo como llegué a la playa. Si recuerdo tomar unos churros, en la misma cala donde habíamos estado viendo atardecer. Cuando el sol salió del todo nos pusimos de pie y empezamos hacer el ganso, a danzar como en los documentales donde se veían tribus africanas. Nos metimos en el mar los cinco, y nos despedimos de aquellos días. A las diez regresamos al hotel, recogimos nuestras cosas, devolvimos las llaves de las habitaciones y nos fuimos a la estación de autobuses.

Nos sentamos a esperar nuestro autobús, que nos llevaría por desgracia de vuelta a la vida normal. Sara y Cata se levantaron y se sentaron lejos de nosotros. Creo que ya les daba un poco igual si alguien se daba cuenta de lo que realmente pasaba entre ellas. Nora las miraba de vez en cuando.

Nuestro autobús fue puntual. Al subir Sara me pidió que le cambiara el asiento para poder sentarse con Cata. No tuve ningún problema, me sentaría con Lucía y Nora al fondo del autobús. Lucía se sentó en medio de nosotros.

—¿Por qué se sienta Sara con Cata? —preguntó Nora.

—No sé, mi hermana me lo ha pedido y le he dicho que OK.—Contesté

—Nora, a veces estás un poco ciega —contestó Lucía.

—¿Ciega?

—¿De qué estás hablando? —pregunté.

—¿Tú tampoco te has dado cuenta Álvaro? –me preguntó Lucía.

—¿Cuenta de qué? –preguntó Nora, sin quitar la vista de donde estaban las tortolitas.

—¿Cuánto dura el viaje?

—Unas siete horas –dije.

—Entonces tengo de sobra para poderos contar lo que creo que pasa. Eso sí solo os pido que tengáis la mente libre de prejuicios.

Lucía se había dado cuenta en una fiesta a la que habían ido Sara y Cata, que pasaba algo entre ellas. Se dio cuenta de cómo Sara miraba a Cata, y de cómo compartían confidencias. Las preguntó a las dos, pero ninguna quiso contestar sus preguntas. Estaba claro que no era de su incumbencia.

—¿Quieres decir que mi mejor amiga y mi hermana son?…, ¿y por qué ninguna de las dos me ha dicho nunca nada?

—¿Por miedo? —me salió sin pensar.

—Tienes razón –me contestó Nora-. No soy lo que se dice una hermana que sepa escuchar. Nunca le he dado confianza, siempre he sentido que me pisaba el terreno. Pero Sara es mi mejor amiga, aunque claro, ¿cómo me explicaría que se ha enamorado de mi hermana?

—Yo también estoy alucinando –le contesté.

—Álvaro como hermano gemelo de Sara, ¿nunca vistes algo en tu hermana que te dijera…? no digo que te dijera con quién salía pero que ella era diferente. ¡Sois gemelos! —me preguntó Lucía.

—Venga ya, ¿pensáis que por ser gemelos…? Eres igual que Cata que pensaba que lo sabría por eso. —Acaba de descubrirme.

—Tú lo has sabido desde el principio, y has jugado con nosotras —dijo Nora.

—No, Nora. eso no es verdad.

Les conté como lo había descubierto. Al contarles lo de la habitación al principio se sorprendieron, pero les entró la risa. Si lo miraba con perspectiva era una situación cómica, y yo era el que había salido del armario. El resto del camino pude conocer mejor a las amigas de mi hermana. Nora tenía sus momentos. Al llegar a Madrid hicimos un pacto a cinco, siempre podríamos contar con los otros, pasará lo que pasará nuestra amistad siempre estaría por encima de todo.

Y aquí sigo en mi habitación, intentando concentrarme, pero es que cada vez que veo el póster de Las Negras, que tengo en mi habitación mí cabeza vuelve a esos días aunque no quiera, donde descubrí que mi hermana ama de forma distinta, pero sobretodo ama.

 FIN.

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La corbata

Hoy hemos coincidido en la cafetería de la empresa. Ya hace una semana que salió del hospital. Solo estuvo unas veinte horas ingresado y yo estuve allí, no me moví de su lado. Cuando salió del hospital cada uno fue en una dirección, y desde entonces le he evitado, ¿por qué?


Había subido de nuevo a la habitación que me había reservado el gran jefe, me había olvidado el pase para la gran gala y sin el, aunque todo el mundo sabía para quién trabajaba no me iban a dejar pasar, la seguridad ante todo. Iba por el pasillo cuando la puerta de su habitación se abrió y sujetándola me preguntó si podía pasar a ayudarle con el nudo de la corbata. Entré sin temor alguno, era uno de los invitados estrella de la gala, había que ser amable. Le noté nervioso, me fijé que tenía un ligero temblor en las manos.

Se sentó en una silla, su estatura en comparación con la mía hacía imposible que pudiera ni siquiera colocar la corbata alrededor del cuello. Cualquiera que le hubiera visto con aquel traje pensaría que se preparaba para acudir a un entierro, si no fuera por la corbata azul que le daba un golpe de color al traje. Se pasó un pañuelo por la frente, sudaba un poco. Su respiración comenzó a ser más rápida. Le pedí que se sentara en la cama, si se mareaba podría caer hacia atrás. Empezó a hiperventilar.

-¿Confías en mí? –le pregunté.

-Sí.

-Pues aunque te parezca raro lo que voy a pedirte, por favor cierra los ojos –le cogí su mano izquierda y la coloque entre mis pechos- y concéntrate en mi respiración.

Abrí un ojo para comprobar lo que estaba pasando, pero lo cerró enseguida y su respiración se fue sincronizando con la mía. Saqué el móvil y llamé a mi jefe. Necesitaba un médico, uno de nuestros invitados no se encontraba bien. Cuando colgué su respiración volvía a ser rápida y abrió los ojos, yo seguí sujetando su mano entre mis pechos, volvió a cerrarlos.

-¿De todo lo que has comido hasta ahora has notado algún sabor u olor raro?

-No, todo estaba genial.

-¿Beber, cuanto has bebido?

-Agua, solo he bebido agua aunque no te lo creas, no he bebido nada de alcohol. Esperaba a la noche para tomarme una copa, o dos. Si quieres también te puedo decir cuántas caladas le he dado al cigarrillo de vapor.

-No sabía que las contaras. Entonces, ¿qué crees que te pasa?

-¿Nervios?

-¿En serio? –nervios que gracioso, si después de tantos años en este mundo aún los nervios le afectaban de esa manera, tenía un serio problema-. ¿Dónde has comido con el supremo?

-En un sitio precioso, el Jardín Azul.

-Si precioso, pero peligroso –solté su mano, acababa de dar con el posible causante de su malestar- ¿puedes empezar a desnudarte? Vale suena raro, pero tiene una explicación. La primera y única vez que he ido al Jardín Azul –me subí el vestido para enseñarle mi pantorrilla izquierda, incluso con media se veían los dos puntos- me picó una araña en teoría. Mi pantorrilla se hinchó y aquella visita me costó quince días de hielo y antibiótico. Si te ha picado alguno de los bichos que por allí pululan…

No hizo falta insistir comenzó a quitarse la chaqueta, yo le ayudé a desabrocharse la camisa, nos miramos y sonreímos. Mientras se quitaba la camisa fui descubriendo un cuerpo armonioso que por alguna extraña razón él prefería mantener oculto debajo de la ropa oscura que siempre llevaba. Me gustaría saber porque se escondía, pero no me atreví a preguntarlo.

-¿Por qué siempre vas de negro? Hasta tus gorras son negras.

-Tú también vas de negro.

-Yo nunca voy de negro totalmente, mi vestido es negro pero lleva toques morados.

-Es un color que siempre me ha dado seguridad y distancia.

-¿Distancia?

-Distancia –no explicó nada más y yo no insistí.

-Voy a empezar por el brazo derecho.

Mirando su brazo derecho vi que no era muy velludo. Sus brazos hasta el codo estaban cubiertos de un halo de masculinidad que al tacto era suave. Mientras lo miraba, entre ese vello, apareció escondido un punto rojo bastante grande, duro y del que ya empezaba a brotar un líquido blanquecino.

-¿No notas picor? –le dije señalando el punto.

-No.

Su respiración comenzó de nuevo a ser agitada, así que le volví a pedir que cerrara de nuevo los ojos y coloqué otra vez su mano izquierda entre mis pechos. Aunque su mano no tocaba directamente mi piel podía notar su calor. El gran jefe entró en la habitación acompañado del médico y del gerente del hotel. Le dije al médico lo que había encontrado y mientras lo examinaba, él continuaba con los ojos cerrados y yo sujetándole la mano. Noté los ojos de mi jefe clavados en mi nuca, molestos por la escena. El médico pidió una ambulancia. Cuando llegó él me pidió que le acompañara, por supuesto acepté. Mi jefe no se opuso pero al salir de la habitación me sujetó por el brazo y me dijo al oído “el amor es malo para los negocios”. ¿Amor?, me solté y me fuí con él. Yo solo quería ser amable… los dos estábamos solos en aquel país al que no pertenecíamos.

En el hospital le tuvieron que rajar la herida, donde apareció una especie de aguijón. Se la limpiaron y se la taparon. Como no sabían exactamente que le había picado le pusieron un antibiótico de amplio espectro, una botella de suero a la que le pincharon una especie de calmante para que se relajara un poquito, y le metieron en una habitación donde le dejaron en observación. Hablamos un poco, pero ninguno habló de lo que había pasado en la habitación, ni del jefe. No habíamos hecho nada malo. Se quedó dormido. Yo estaba cansada pero no era capaz de dormirme en aquella silla, el vestido me estorbaba. Entró una enfermera que comprobó que todo estaba bien. Me preguntó si necesitaba algo. Le pedí unos folios y un bolígrafo, se extraño pero al rato apareció por la habitación con lo que le había pedido, necesitaba escribir, vaciar mi mente, poner por escrito todo lo que daba vueltas por mi cabeza.

El enfermo duerme, indefenso, y yo he venido aquí para protegerle. En realidad no estoy aquí por el bicho que le ha picado, sino por culpa de esos ojos negros cargados de una oscuridad profunda de la que no soy capaz de escapar. Me he aprendido cada gesto, cada movimiento de su cara, su cuerpo. Cuando sonríe soy capaz de saber si lo hace por cumplir o porque realmente le apetece. Le he oído reír, siempre termina con un suspiro como si le faltará el aire, creo que llevaba demasiado tiempo sin reír, sin esa risa que hace que los pulmones se llenen de vida.

Su voz es un dulce quejido rasgado. Tan alto como es, a veces parece que le da miedo hablar, mide sus palabras, se contiene sobretodo delante de mí, porque le he oído alguna que otra vez, sin que me vea, algunas palabras de esas que seguro que nuestras madres nos obligarían a lavarnos la boca con jabón.

Suele andar erguido, pero de vez en cuando le sale ese deje de adolescente desgarbado, que de la noche a la mañana se encuentra con una altura para la que no está preparado y debe acostumbrarse deprisa a ser una torre alta. Y sus manos…aunque solo fue una la que durante unos minutos dio calor a mi pecho, tuve que pedirle a mi fría mente que se antepusiera a lo que realmente quería, para no dejarla pegada a mi piel para siempre.

Quería besar esos labios asimétricos que esconde cuando levanta las cejas para expresar su sorpresa. Quería quitarle ese traje negro, como su alma, pero dejarle la corbata. Quería recorrer su piel con las puntas de mis dedos y detenerme a besar cada rincón. Quería que posara sus manos en el mío mientras me besa llevando nuestra respiración al compás, intensa, rápida…tranquila.

Dejé de escribir, ya había vaciado mi mente dejando libre mi alma. Doblé las hojas y las coloqué encima de la mesilla, con el móvil encima para que nadie se las llevara. Acerqué la silla y agarré su mano izquierda con cuidado no quería despertarlo. Le miré, tan desprotegido, tan metido en sueños y me dejé atrapar por Morfeo.


Y aquí estamos una semana después. Me da las gracias por no dejarle solo. Nos sentamos uno enfrente del otro mirándonos a los ojos. Mi jefe quiere desayunar con nosotros, pero le pido que nos deje unos minutos a solas. Se va con el entrecejo fruncido. Ahora que estamos a solas quiero lo que es mío.

-Quiero que me lo devuelvas –me sonríe con todo su cuerpo.

-No voy hacerlo, no es justo.

-¿No es justo? –susurro, no quiero que nadie y menos mi jefe se entere de lo que pasa.

-No. Lo justo es que me lo quede en pago por haber sido tu musa.

-Por favor devuélvemelo –me siento desconcertada. He desnudado mi alma y él me la ha robado-. Podríamos usarlo para la escena en la que él le pide perdón, darle una vuelta.

-No voy a devolvértelo y menos para que lo compartas con otras personas, esto es mío -se toca el bolsillo de su camisa.

Se levanta de la silla, se coloca a mi lado y me susurra al oído “Quiero que mis labios se posen en los tuyos, recorrer tu cuerpo no solo con la punta de mis dedos. Quiero que puedas mirarme a los ojos cada día para que veas que esa profunda oscuridad va desapareciendo. Quiero que me provoques risas de las que te dejan sin aliento, que no nos falten. Puedes quitarme la ropa oscura, aunque no puedo asegurarte que mi alma deje de ser negra, pero le daré un toque azul dejándome la corbata.”

-Es solo un texto.

-Mírame a los ojos y dime que no hay ninguna realidad tuya, que no has sentido nada al escribir.

-Yo… –no puedo hacerlo, y aunque le suplico a mi fría mente que me salve de esta situación, hoy está más dispuesta acompañar al corazón que hacer su trabajo.

Me toca la mejilla con la mano izquierda, me besa, en la cafetería, de una empresa, en un país que no es el suyo ni el mío, sin importarle que nos miren, y no me niego a que se quede con el texto, mi corazón, mi alma, mi cuerpo…se lo entrego todo en este preciso momento en que sus labios abren los míos.

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Blogger Recognition Award

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Hola lectores/as:

Hoy tengo, el nerviosismo y el placer de comunicaros que mi blog ha sido nominado para los “Premios Blogger Recognition Award, los premios dardo”.

¿En que consiste esta nominación? Pues os cuento un poco las normas, y leerlo bien podéis estar nominados también:

-Debéis mostrar una entrada mostrando el premio.

– Tenéis que agradecer a quién os haya nominado (pero no le podeis nominar) y dejar un enlace a su blog. Pues yo le agradezco la nominación a Roberto C. Morais. Su blog Roberto C. Morais – Microrrelatos, cuentos y reflexiones de un autor  con historias de diferentes tamaños y enfoques. (Yo soy fan de sus microrrelatos).

-Por último debéis seleccionar otros 15 blogs que querais nominar, esta es la parte más complicada, pero hay van los 15:

  1.  Literautas
  2. El Blog de Felikis
  3. Novelas y guiones
  4. Don Buho
  5. Mi rincón
  6. A veces escribo
  7. El cajon de sastre de puck
  8. Como escribir un libro
  9. El blog de los libros
  10. La palabra y la razon
  11. Sinjania
  12. Libros y literatura
  13. Roberto Enriquez – Blog
  14. Karen Holmes
  15. Diana P. Morales-Blog

Y para despedirse solo hay tengo que dar las gracias a los nominados, a los que nos nominan, pero sobre todo a los que nos leen ya que ellos son los que hacen que día a día vayamos creciendo en esto de escribir un blog.

Muchas gracias.

 

 

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Agosto (II parte)

El miércoles me desperté sin que nadie me llamara. Miré el whatsapp y no había ningún mensaje, ni las trillizas ni Cata. ¿O me había despertado muy tarde o mi hermana, por quitarme de en medio, había pasado de mí? ¿Y Cata? Miré el reloj del móvil, eran las diez de la mañana. Para ser verano podía ser tarde si te habías acostado como yo a las doce de la noche o pronto si hubiera salido hasta las mil. Eso era lo que realmente pasaba. Mi hermana estaría durmiendo porque se habían acostado a las mil. Mejor llamar a Cata. Luego pensé que mejor mandarla un whatsapp.         

                                                        what

No hubo respuesta. Mientras me vestía miraba de vez en cuando el móvil pero nada. Miré su perfil de whatsapp y no aparecía conectada. Me bajé a desayunar sin perder de vista el móvil. A lo mejor me estaba a esperando en el restaurante del hotel, pero no fue así, desayuné solo. Al salir del restaurante, llamé a mi hermana, me daba igual que estuviera durmiendo. Al otro lado oí un susurro.

—¿Sí?

—¿Sara? —miré mi móvil ¿me había equivocado?

—¿Qué te pasa, estás bien? —siguió susurrando. Oí una puerta que se cerraba.

—Bueno –dije intentando que mi mosqueo no viajara por la línea —, teniendo en cuenta que he desayunado solo y que el mundo está fuera de servicio, bien estoy bien, ¿y tú?

—Lo siento –el tono ya no era tan bajo —, estoy en el baño. Nora y Lucía siguen durmiendo.

—¿Hasta qué hora estuvisteis de fiesta?

—Pues no muy tarde, sobre las tres. Cata sugirió que nos fuéramos pronto para poder disfrutar hoy de la playa.

—¡¿Qué?! —algunos personas que había en el hall de hotel me mirarón. Bajé la voz—. ¿Qué Cata fue con vosotras? —la ira iba creciendo—. ¡Es increíble! Me voy a la playa, hacer lo que queráis ¡¡cuatrillizas!!

Colgué con rabia. Entendía que las tres amiguitas se hubieran ido juntas, era lo normal, lo raro hubiera sido que hubieran contado conmigo, pero Cata, ¿qué pintaba con ellas? Me subí por las escaleras, cinco pisos, hasta mi habitación. Estaba claro que Cata jugaba a dos bandas, era una manipuladora. Al entrar en el pasillo me encontré a Cata plantada en mi puerta.

—¡Hola dormilón!

—Hola —quería ser lo más seco posible con ella.

—¿Estás enfadado?

—¿Debería?

—No se…

—Pues si no lo sabes tú —metí la llave, abrí la puerta de mi habitación—, no sé quién puede saberlo— y se la cerré en las narices.

—Álvaro, ¿qué te pasa? ¿Estás enfadado? —daba golpecitos en la puerta.

No la contesté. ¿Qué podía decirle que me sentía como el niño del patio con el que nadie quiere jugar? No quería parecer infantil, solo quería que se sintiera mal, como yo al saber que estaba en el bando de la cuchipandi.

—Cuando tengas ganas de hablar me lo dices —seguía en la puerta—. He estado preparando una excursión con el taxista que nos llevó a las minas, sí te apetece claro. Me voy a desayunar. Creí que lo mejor era responder tu whats en persona. Bueno.., bye

Mi conciencia decidió salir y hacerme sentir mal. Si, Cata se había ido son sus “nuevas amigas”, pero había estado preparando una nueva salida para nosotros dos solos. ¡Pero qué imbécil estaba siendo! Abrí la puerta pero Cata ya no estaba.  Al cerrar la puerta me apoyé en ella. Mejor así. Le podría haber dicho que lo sentía, pero estaba molesto. Ellas se habían ido de marcha por la noche, ¡sin mí! Mi cabeza no paraba de darle vueltas y mi conciencia lo complicaba aún más.

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Estaba delante de la puerta de las trillizas pensando en golpear con tanta fuerza que les diera miedo abrir la puerta. Cuando iba a dar el primer golpe, la puerta se abrió y caí de bruces. Al ponerme boca arriba vi a las tres mirándome:

—Vaya creo que anoche pedí un hombre en mi habitación —dijo Lucía— pero no pensé que sería tu hermano.

Nora y ella se echaron a reír, a Sara no le hizo tanta gracia. Me ayudo a levantarme. Les dije lo de ir a la playa, que sería divertido, aunque en el fondo esperaba que dijeran que no y así poder estar con Cata a solas.                    

—Me parece bien – contestó Lucía— mi primita no es tan rara como pensaba.

—¿En serio? —dijo Nora molesta— si la quisiera tener cerca la tendría con nosotras, ¡en esta habitación!

—¡Venga ya, Nora! —contestó mi hermana— como dice Álvaro puede ser divertido. Ayer por la noche no nos lo pasamos tan mal, ¿no?

—Claro, tu no cargaste con tu hermano —mientras hablaba me miraba—. Pensé que serían unas vacaciones que nunca olvidaría con mis dos mejores amigas.

—Anda Nora,  no seas así —Lucía se me quedó mirando— si nos molestan ¡los echamos a los tiburones!

Lucía salió de la habitación mientras mi hermana me empujaba para que yo hiciera lo mismo. Nora cerró la habitación. Sara y Lucía cargaban con las bolsas de las toallas. Recibí un whatsapp de Cata.

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Veinte minutos después estábamos en la playa. Estiramos las toallas para dejar constancia de nuestra llegada. Hacía un poco de viento y las olas estaban preparadas para que jugaramos con ellas. Me acerqué al agua y me quede mirando al horizonte. Sara me cogió la mano izquierda, como cuando de niños íbamos con nuestros padres. Nos miramos y fuimos lentamente metiéndonos en el mar. Sentí una punzada de nostalgia en el estómago. Allí íbamos los gemelos, dispuestos a luchar contra la ola más grande, no teníamos miedo. Me gustó esa sensación de tranquilidad. El tiempo se había detenido y nos había regalado un nuevo recuerdo para nuestro álbum particular. Sonreí a mi hermana. Cuando saliamos del agua Nora llegó donde estábamos y nos separó las manos.

—¡Nora!— grito mi hermana.

—Que bien te llevas con tu hermanito, pero espantas a los posibles ligues, que lo sepas.

Nora intentó deshacerse de mí varias veces, pero el resto del grupo me incluía en todo. Sara y Cata se pusieron a jugar haciendose aguadillas, a tirarse agua, a correr una detrás de la otra, se lo estaban pasando bien. Me fuí a sentarme un rato en la toalla. Desde allí podía ver aquellas dos niñas echándose unas risas. Era como un impass en el tiempo. Lucía se sentó a mi lado, en la toalla de Cata.

—¿Molesto?

—No… —no estaba seguro.

—¿Puedo preguntarte algo?

—Si —me encogí de hombros.

—¿Por qué has venido de vacaciones con nosotras?

No sabía sí responder o no, pero al final lo hice.

—Me quedaron dos asignaturas y mis padres me ofrecieron “estas vacaciones”. Pensé que por lo menos me daría el aire, aunque fuera de guardaespaldas de mi hermana.

—No creo que tu hermana necesite guardaespaldas.

—Puede ser.

—Pensaba que eras el empollón de la familia —le hacía gracia mi situación.

—Lo era, pero los libros no te preparan…—me quedé callado.

—¿No te preparan para la vida?

Lucía empezó a contarme que la gente tenía una idea preconcebida de ella. Que sabía que la consideraban una niña de papa. La verdad es que sí lo había sido, pero eso se acabó hace cinco años, justo cuando empezó a trabajar. Lo que ocurrió fue que cuando estaba empezando el segundo trimestre de segundo de bachillerato despidieron a su padre y de repente el mundo en el que había vivido se vino abajo. La universidad ya no era una opción asequible, sus padres no podían permitírselo. Salir con sus amigos se convertía cada fin de semana en una discusión con sus padres. Cada céntimo contaba. Lo pasó muy mal. Pero un día le dio la vuelta. Pensó que si sus padres no podían mantenerla, se mantendría ella. Aprobó la selectividad, pero hizo un módulo de informática. Mientras estudiaba el módulo se buscó un trabajo de media jornada y los fines de semana, en una tienda de ropa. Todavía trabajaba en la tienda. Al principio había usado el dinero para darse los caprichos que sus padres no le podían dar. Hace dos años decidió que quería ir a la universidad, y haría la carrera que siempre quiso, psicología. Empezó ahorrar y a preparase por su cuenta.

—Me he apuntado a la UNED y empiezo este curso.

—Tus padres estarán muy orgullosos.

—Al principió les costó. No podían aceptar mi cambio, que fuera responsable, pero es que hasta ese momento no lo había sido nunca. Creo que también les molestaba que tomara mis propias decisiones.

—¿Así que psicóloga?

—Sí, si quieres hablar ya sabes dónde encontrarme.

—¿Me vas a utilizar de cobaya?

—Te puedo utilizar de cobaya o de lo que tú quieras…

Mi cara ardía y no sabía qué hacer.

—Mi consejo —me dijo mirándome a los ojos— es que apruebes las dos asignaturas. Si no sabes que hacer tomaté un tiempo. Puede que al principio tus padres se enfaden, pero solo será al principio. Ellos solo buscan nuestra felicidad, aunque a veces no entiendan nuestra forma de buscarla.

Me la quede mirando. Emanaba una tranquilidad contagiosa.

—Buff tengo hambre —no me había percatado de la presencía de Sara.

—¿Dónde está mi hermana? —preguntó Cata que también se había acercado.

Lucía y yo nos miramos. Nadie se había dado cuenta de la ausencia de Nora.

—No lo sé —dijo Lucía poniéndose de pie—. Seguro que se ha enfadado. Conozco a mi prima, no le gustan que la excluyan.

Lucía cogió el móvil y se separó de nosotros. Eran casi las tres de la tarde y empezábamos a tener hambre. La cara de Lucía al teléfono era un poema. Miró el móvil extrañada.

—Chicos, ¿veis aquel restaurante? Pues ya podéis ir a pedir mesa para cinco. Voy por Nora. Está en el hotel ¡llorando porque la hemos dejado sola!.

—Vaya pobre —contesté.

—Que no te de tanta pena —contestó Lucía—. A veces es bueno probar nuestra propia medicina. ¡¡¡Venga id a buscar un sitio donde comer!!— mientras Cata y Sara recogían las cosas, Lucía se acercó a mi oído— seguiremos con nuestra conversación —y me besó en la mejilla.

Mientras Lucía se alejaba corriendo en busca de su prima, no podía dejarla de mirar. Me sentía bien, primero Cata, ahora Lucía. Quien sabe lo que podría pasar. Mientras flotaba en mi nube, Sara y Cata habían soltado los bartulos y me cogieron cada una de un brazo.

—¡Al agua patos! —dijeron las dos a la vez mientras tiraban de mi. La verdad me deje llevar hasta el agua donde me empujaron.

Cuando llegamos al restaurante Lucía y Nora ya nos estaban esperando. Nora estaba muy digna.

—¿Estás bien? —preguntó Cata

—Sí, no te preocupes hermanita —su tono era el de siempre— solo estaba un poco indispuesta. No quería molestar.

Lucía nos miró levantando las cejas, dando a entender que su prima no tenía cura. Ni su propia medicina la había hecho bajarse de ese pedestal que se había creado a medida y donde solo dejaba subir a quién ella quería. Pero resulta que en esos dos días algunas se habían bajado del pedestal para hablar con los mortales, vamos conmigo. La comida transcurrió entre nuestras risas y los sarcasmos de Nora, pero fue agradable. Después decidimos echarnos un rato para salir todos juntos por la noche. Sí,  esta vez me incluyeron a mí a pesar de que a Nora no le hizo ninguna gracia. Yo sería la causa de espantar a los chicos. Lucía le explico que también podían sacarme beneficio, aunque no aclaró cómo.

A las diez de la noche nos fuimos a tomar unas tapas. Cerca había una terraza-discoteca. El ambiente era agradable. Allí como me había pedido varias veces Nora me alejé del grupo. No me importó las tenía a la vista. Cata y Lucía me miraban de vez en cuendo. Sara también lo hacía, pensaba que no la veía pero sentía sus ojos en mi espalda.

—¡Hola! —me dijo una pelirroja—.  ¿Qué tal estás?

—Bieenn —¿de qué me sonaba?

—¿No sabes quién soy, verdad?

—No —para que mentir.

—A ver a ver, he cambiado mi color de pelo castaño insulso por pelirroja, me he puesto lentillas, y me han quitado el aparato de los dientes, ¡por fin!

—¿Nadia?

—¿A qué mola mi cambio?

—Que pequeño es el mundo,

—Pues sí, ¿estás solo?

—No, está con nosotras —dijo Lucía— le hemos dejado un poquito de aire. ¿Qué tal estas Nadia?

—Lucía, estas…

—..genial, lo sé —me agarró del brazo— Bueno no seas mal educado Álvaro y di le adiós a Nadia.

—AAdiós —¿pero por qué tenía que despedirme?

Lucía me llevó a parte

—¿Por qué has hecho eso?

—Te he librado de ser parte de una colección.

—¿Perdón?

—Vaya, si que es verdad lo que cuenta tu hermana, no te enteras de nada. Nadia es conocida no solo por ser una la más empollona del instituto, si no porque con esa cara de mosquita muerta tiene una colección de tíos que ya quisiera una mantis religiosa. Qué crees que quería de ti ¿hablar?

—Bueno y si eso era lo que quería de mí ¿a ti que más te da?

—Álvaro piénsatelo, un calentón para un virgen como tú puede salir muy mal.

—¡¿Quién te ha dicho a ti que yo soy virgen?! —lo debí de decir tan alto que la gente se nos quedó mirando. Por suerte la música no se detuvo.

—Álvaro, siento si te ha molestado lo que he dicho –dijo Lucia cogiéndome las manos— pero es por tu bien.

—Me vuelvo al hotel – me solté bruscamente.

La dejé plantada. Notaba sus ojos en mi espalda mientras me alejaba. Miré hacia donde estaban Sara y el resto. Levanté mi mano para despedirme. Vi la cara de alegría de Nora. Puede que ella tuviera razón y me tendría que haber quedado en el hotel.

Al llegar a mi habitación me quedé en calzoncillos. Tenía calor. Había sido un día “completo” lleno de emociones dispares. Cerré los ojos pensando en Cata, en Lucía. ¿Debía hablar con ellas? ¡¡¡Que complicado era todo!! Apagué el móvil y me quede dormido encima del edredón. 




El jueves estaba soñando con los labios de Lucía, las manos de Cata, estaba a punto, cuando los insistentes golpes en la puerta me despertaron.

—¡Álvaro!, venga sé que estas no te hagas de rogar —era Cata—,  necesito hablar contigo.

Lo había olvidado, hoy nos íbamos de excursión. No podía abrirle la puerta, estaba empalmado. Me lié la colcha y le abrí intentando tapar con la mano izquierda el montículo.

—Gracias —dijo Cata mientras entraba en mi habitación—. He venido a pedirte un favor.

Yo la miraba mientras se paseaba por mi habitación.

—Tierra llamando a Álvaro —dijo mientras agitaba sus manos delante de mí.

—Perdona, dime, ¿qué favor quieres que te haga?

—Necesito tu ayuda. Hoy he quedado con una chica que conocí en Facebook.

—De acuerdo,  te acompaño.

—Gracias Álvaro, pero no es eso lo que quería pedirle —puso sus manos sobre mis hombros—. Necesito que mi hermana crea que estamos juntos.

—Pero si a tu hermana le da igual lo que hagas, no puede ni verte, no puede ni vernos le hemos fastiadiado sus vacaciones.

—¡Venga ya! A pesar de todo soy su hermanita. Ayer, cuando no estabas, uno intento ligar conmigo, se pasó un poco,  yo quise quitármelo de encima y mi hermanita sacó sus garras. No me dejó en paz en toda la noche. Me dijo que de él  único que se fiaba era de ti, ¿qué te parece?

—¿Y qué que supone que debo hacer mientras “estamos juntos”?

—Podrías quedarte en tu habitación.

—¿En serio?

El montículo se bajo de golpe. ¿Cómo podía pedirme eso? Estaba claro que había entendido mal las señales. Abrí la puerta enfadado y le indiqué que se fuera:

—Me voy a vestir, déjame solo.

—Venga,  no te enfades. Mañana te lo compensaré. El sitio a donde vamos te va a encantar.

—¡Fuera!— y la empujé.

Mi hermana que estaba en el pasillo, se asustó del grito que pegué. Las miré y cerré de un portazo, ¡que cansado estaba de todas!

Oí dos golpecitos en la puerta

—Álvaro ¿qué te pasa?—ahora Sara—. ¿Te vienes a la playa antes de que os vayáis?

—¡Ahora me visto y bajo!

¿Ir a la playa como el día anterior? Por los menos saldría de la habitación y tendría tiempo de pensar en lo que me había pedido Cata. Me vestí y pensé en Lucía. No sería tan malo ir a la playa, si a Cata no le interesaba quién sabe que podría pasar con Lucía. Al salir de la habitación allí estaban las dos nuevas amigas, Cata y Sara, riéndose. Pasé sin decirles nada. Ellas me siguieron.

—Se ha enfadado porque no le hacemos caso —dijo Sara.

—Es normal, y en parte es culpa de Lucía —dijo Cata— él se lo estaba pasando bien ¡incluso había ligado! y llega Lucía y se lo chafa, ¿qué problema tienen Nora y Lucía?

—No seas así Cata, es tu hermana y Lucía tu prima…

—¡Dejarlo ya, sois unas pesadas! —dije sin mirar atrás.

Las dos se acercaron a mí mientras esperábamos el ascensor. Dentro me agarraron, pero cuando las puertas del ascensor se abrieron en la planta baja, conseguí zafarme y salí corriendo hasta la puerta del hotel donde Nora nos esperaba,  con esa cara de amargada. Lucía me sonrió y no apartó su mirada, yo si lo hice cuando mis mejillas empezaron a arder.

 —¡Qué guay!, otra vez todos juntitos a la playa —Nora y su sarcasmo.

 —Déjala no le salieron ayer las cosas como ella esperaba —me susurró Lucía— ¡tampoco van a estar mucho Nora.

—Tampoco queremos abusar de vuestra hospitalidad —le contestó Cata.

Menos Nora y yo el resto se echo a reír. Respiré profundamente.

—Hermanito alegra esa cara que hoy te vas de excursión.

—¡Que guay! —Nora me había contagiado su alegría.

Pasar unas horas en la playa y luego pasar todo el día en mi habitación. ¿Y si seguía a Cata? Para qué, ¿para ver que en realidad había quedado con un tío?, decidí que mejor no. ¿Y si en lugar de pasar el día en mi habitación lo hacía en la de Cata? Estaba seguro que si se lo pedía me diría que no, pero no tenía porque enterarse. Mientras íbamos a la playa iba pensando en cómo hacerme con la llave de su habitación. Sonreía dándome ánimos. Cata regresaría, triste porque que la cita no había salido como esperaba, y yo estaría allí para consolarla. Me lo agradecería. Quién sabe el día podría terminar mejor de lo que había empezado. Tenía que pensar rápido.

Coloqué mi toalla al lado de la de Cata. Nora y Lucía se metieron enseguida al mar, yo dije que de momento prefería estar un rato a solas. Mientras veía alejarse a Sara y Cata abrí la bolsa de Cata y busqué, sin perder de vista a las cuatro amigas. En el primer intento cogí un cacao para los labios, estaba de los nervios. En el segundo conseguí hacerme con la llave de su habitación, lo que no había pensado es dónde guardarla. Yo solo me había bajado la toalla. Mi idea se iba al traste. Al final la guarde en el suspensorio del bañador. Era una tarjeta pequeña. Mientras me la colocaba para no clavármela en mis zonas nobles, dos mujeres se me quedaron mirando y les oí decir “que asco”, debieron pensar que me estaba dando placer a mí mismo. No podía meterme en el agua si quería que la tarjeta funcionara, así que me tumbe. De vez en cuando me incorporaba para ver que hacían las chicas. Una de las veces que estaba incorporado mirando a las chicas, volvieron las mujeres que se me habían quedado mirando antes. Les sonreí, e incluso creo recordar que me encogí de hombros, “¿qué pasa?, soy un adolescente con las hormonas disparadas”. Llamé a Cata.

—¿Qué pasa?

—Quiero irme ya —le dije tajante.

—¿Por qué te han entrado las prisas?

—Porque sí. Ya que tengo que pasar el día en el hotel, puedo pedir algo a cambio.

—¿Cómo qué?

—Como no tener que aguantar a tu hermana. Creo que es justo.

Las trillizas se acercaron a ver qué pasaba.

—Bueno chicas, nos vemos esta noche —Cata sonreía mientras hablaba.

—Pasarlo muy bien tortolitos —dijo Lucía.

—Hasta luego —había pena en Sara.

—AAAAdios —como no, Nora estaba encantada.

—Hasta la noche guapas..

Cuando ya estábamos fuera del alcance de sus oídos le pregunté.

—Bueno,  ¿cuál es el plan? —a ver con que me sorprendía.

—Primero voy a mandarle un whatsapp a la chica con la que he quedado para ver si quedamos antes. Hecho. ¿Qué hacemos ahora?

—No se podías invitarme a tomar algo y ya dejarme con el estómago lleno, mientras me quedo solo y triste en mi habitación —le puse cara de perrito triste.

—Te lo compensaré —dijo mientras me daba un pequeño empujón— te lo compensaré.

Llegamos al hotel y en el restaurante mientras tomábamos algo, me explico el plan. Cuando saliera del hotel me avisaría para salir con ella. Yo regresaría por el parking y subiría a mi habitación por las escaleras de emergencia así evitaría que alguien me viera. Me llamaría a la vuelta para que yo hiciera el recorrido contrario, bajaría por las escaleras de emergencia, atravesaría el parking y me reuniría con ella. Entraríamos juntitos en el hotel y nadie se daría cuenta.

A las dos en punto Cata me llamó al móvil. Salí con ella del hotel y doble la esquina. La vi alejarse. Llevaba un vestido que marcaba su cuerpo, estaba claro que donde iba era una cita. Se había arreglado para dejar claro que quería algo más que una simple amistad, ¡hasta eso yo lo  había notado! Me volví al  hotel  y entré por el parking. Subí por las escaleras de emergencia,  pero hasta la planta donde se encontraba la habitación de Cata. Me asomé para comprobar que no había nadie en el pasillo y entré en su habitación sin problemas.

La habitación era igual que la mía. Un pequeño pasillo estrecho te llevaba a donde estaba la cama en todo el centro. Enfrente de la cama una mesa con un televisor encima. Si te sentabas en la cama mirando a tele a la derecha se encontraba el armario. El armario daba un poco de miedo. Era como el de las películas americanas, con rejillas desde donde las víctimas podían ver al asesino mientras se acercaba para matarlos. La verdad es que estaba todo perfecto, e incluso pensé que Cata, antes de irse, había echado perfume. Las cortinas estaban abiertas y el sol entraba sin problemas. Busqué por la habitación un ordenador, una tablet, algo a lo que pudiera acceder y averiguar exactamente con quién había quedado. Abrí el armario y miré dentro. Mientras miraba oí el chasquido de la llave en la puerta. Alguien iba a entrar. Sigilosamente me metí lo más rápido que pude dentro del armario y cerré la puerta. Pensé que me habían visto, pero no fue así. Era Cata, me había mentido.

Se dirigió a las ventanas y cerró las cortinas. En mi campo de visión apareció otra chica, aunque solo podía ver su espalda. Llevaba un vestido que también marcaba sus curvas. Cata se volvió y la miró de arriba abajo, note deseo en su mirada. La otra chica agachó la cabeza. Cata se acercó, le levanto la barbilla y la besó. ¡No podía creerlo, a Cata le gustaban las chicas!. ¿En serio,  eso estaba pasando?, y yo en primera línea para verlo. Mi pene empezaba a tener vida propia. No podía apartar mis ojos. Cata besaba con dulzura a la otra chica. De repente se detuvo, ¿me había visto?. Cerré los ojos como si aquello fuera hacer que desapareciera del armario. Los abrí al oir a Cata.

—Alegra esa cara, sé que no es una situación cómoda, para ninguna de las dos —mientras Cata hablaba recorría los brazos de su amiga desde los hombros hasta las muñecas con suavidad—. Me encantaría gritarle al mundo que te quiero, pero nuestro mundo todavía no esta preparado para lo nuestro.

La chica movió la cabeza en un gesto de afirmación. Cata se acercó aún más, la abrazó y la besó con fuerza. Mi conciencia volvió a despertarse, estaba invadiendo su intimidad, pero al mismo tiempo no podía dejar de mirar.

Cata empezó a darle besitos por la cara, dulces besos. Comenzó a bajar por el cuello, subió a sus labios y la besó apasionadamente. Comenzó a bajar la cremallera del vestido de su amiga, lentamente, no había prisa. Trataba a la otra chica con tanta delicadeza, que me di cuenta que Cata o estaba enamorada o algo parecido. No quise seguir mirando, y me coloqué en una esquina del armario y cerré los ojos.

—Te quiero no puedo evitarlo —dijo Cata— Te quiero, te quiero Sara.

¿Qué? Abrí los ojos.

—Yo también te quiero Cata.

¿Qué, Sara? ¿Mi hermana? Miré y las vi fundirse en un beso que ya no me parecía tierno. Cata le desabrochaba el sujetador a Sara. Salí del armario con tanta fuerza que las dos se asustaron. Sara se volvió y me miró desconcertada. Se tapó como pudo con las manos y se agachó a recoger su vestido. Cata se puso delante de mí con los brazos abiertos, protegiendo a Sara.

—¡¿Qué?!, ¡¿en serio?! ¡No me lo puedo creer —mis ojos miraban fijamente a Cata como si fuera la culpable de todo.

—¿Qué coño haces en mi habitación? ¡Sabía que no había perdido la llave!

—Álvaro lo puedo explicar —dijo Sara mientras intentaba vestirse.

—¡Esa no es la cuestión! La cuestión es…que…tú…Cata…¡cuando lo sepan mamá y papá!

—¡No puedes decírselo Álvaro! —Sara empezó a llorar— ¡no puedes hacerlo, no pueden saberlo!

—¿Crees que yo se lo voy a decir? No eso os lo dejo a ti  y a tu…amiga… novia o lo que sea.

—¡Soy su novia! – dijo Cata —¡soy su novia!

—Alucino —respondí.

—La que alucina soy yo —contestó Cata—. Entiendo que estés sorprendido, pero no entiendo que estés enfadado—Cata intentaba hablar relajadamente.

—¿Cómo? ¿Me vas a decir tú qué me puede enfadar y qué no?

—No deberías enfadarte por esto, no te pega Álvaro.

—¿Qué no me pega? ¡¡Es mi hermana!!

—No sé, será que  te he confundido con el chico que escribió el artículo en el periódico del instituto sobre la tolerancia cero con las personas que discriminaban a los demás, en especial con los que no toleraban a las lesbianas, gais, transexuales o bisexuales. ¿Cómo era aquella frase?, así “Imbéciles hay en todas partes, pero el imbécil lo es por si solo, no porque sea lesbiana, gai, transexual o bisexual”

Estaba cabreado, pero no tenía argumentos para rebatir a Cata.

—Pero claro es muy fácil escribir un artículo dando consejos a los demás, pero cuando nos toca de cerca no opinamos igual.

—Pero mi hermana…¡es mi hermana!

—Ya sé que es tu hermana, pero seguirá siendo tu hermana Álvaro, ¡eso no va a cambiar!

—Claro que no, Álvaro —Sara me miraba, había dejado de llorar— lo siento.

—¿Lo sientes? —Cata la cogió por los hombros y la miró— ¿te lamentas de lo que sientes por mí?

—Siento que te hayas enterado así, Álvaro —miró a Cata— .No, no siento amarte, te quiero y soy muy feliz — se besaron sin contar que yo estaba allí.

Cata se dio la vuelta

—Álvaro fuera de mi habitación.

—Ven conmigo Sara —le suplique.

Cata se acercó a mí, me agarró del brazo y me arrastro hacia la puerta, yo no me resistí. Solo miraba a los ojos de mi hermana, la tristeza me invadía mientras Cata tiraba de mí.

—¡Fuera! —y me echó.

Me quedé mirando la puerta, esperando a que Sara saliera, pero no lo hizo.

—Hombre,  Álvaro —Lucía llegaba por el pasillo— ¿ya habéis vuelto?

No la respondí y se puso delante de mí. Mi cara debía ser un poema. Note una lágrima que brotaba de mi ojo izquierdo y comenzaba a cruzar mi mejilla. Salí corriendo de allí mientras oía a Lucía.

—Álvaro espera…

Pero no quise pararme. Corrí escaleras abajo, salí del hotel y seguí corriendo hasta que no pude más. En una calle me paré, apoyé mi espalda en una pared y me dejé caer, mientras las lágrimas brotaban de mis ojos sin freno.

(Continuará y será el final, lo prometo)

 

 

 

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Agosto

Estaba estudiando para intentar aprobar los exámenes de septiembre, y no podía concentrarme, solo podía pensar en los únicos cinco días de asueto que me habían dado mis padres. Me habían quedado dos asignaturas al terminar segundo de bachillerato y mis padres me dejaron esos días si acompañaba a mi hermana Sara y a su grupo de amigas a la playa. No me apetecía para nada hacer de niñero, pero o era eso o nada. Solo fueron cinco días, solo.

El dos de agosto iba rumbo a Las Negras en autobús con mi hermana, a la que también mis padres le habían dicho o que yo iba con ella o no había viaje, y sus tres amigas. Bueno en realidad eran dos amigas, Nora y Lucía, la tercera en discordia era la hermana pequeña de Nora, Catalina pero todos la conocíamos como Cata. En ese viaje no era el único obligado, pero eso no hacía que me sintiera mejor. Mi hermana se encargó de realizar las reservas del autobús y del hotel, dejando claro que quería distancia entre sus amigas, y Cata y yo. La primera demostración fue cuando subimos al autobús, nuestros asientos se encontraban en la parte delantera del autobús, y los de ellas al final. Durante las casi siete horas que duró el viaje creo que crucé seis palabras con Cata “¿me puedes cambiar el sitio?” y le di las gracias, quería ventanilla. En las dos paradas que hizo el autobús, bajé solo al baño. Me molestaba mucho la situación, no es que me llevara mal con Sara pero a punto de cumplir dieciocho años, no me apetecía tener que cuidar de mi gemela.

Sara nació antes que yo, pero por la mentalidad de mis padres el hecho de ser mujer jugó en su contra. Siempre me inculcaron que yo era el hermano mayor, el chico que debe proteger a su hermana, pero cuando empezamos 1º de la ESO me di cuenta que mis padres no conocían realmente a su hija, era fuerte, atrevida, prefería dar dos pasos y equivocarse que no dar ninguno. Ella no le tenía miedo a la vida y yo sin embargo sí, bueno realmente tenía miedo a decepcionar a mis padres, a no ser lo que ellos esperaban. Cuando mi hermana la fiestera aprobó bachillerato y la selectividad con buena nota, no pudieron negarle lo que llevaba tiempo pidiendo, pero yo era la condición. Yo era el buen hijo, el estudiante, que acudía a las fiestas necesarias y me perdí en el último curso, empecé a preguntarme qué quería realmente y me di cuenta que mi vida no era mía.

Nora tenía ya los dieciocho cumplidos. Era íntima de Sara desde los ocho años, aunque se habían conocido a los dos en la guardería, pero fue en tercero de primaria cuando se hicieron inseparables. A veces daba miedo estar en una habitación con ellas porque con una simple mirada se entendían. Nora era una juerguista que a diferencia de Sara aprobaba por los pelos. No hizo la selectividad su sueño era irse a Londres un año a “pensar”. Sus padres no le pusieron problemas, nunca lo hacían, aunque esta vez habían puesto la condición de que se llevara a su hermanita pequeña. Cata era once meses menor, y todo lo contrario. Su manera de vestir parecía decir “no existo”. Nora se había esforzado durante años en inculcarle a su hermana que era así por culpa de que sus padres no habían dejado calentarse lo suficiente el horno antes de volver a meter un nuevo pastel. Creo que realmente lo que a Nora le molestaba es que aunque ella era una tía guapa no había heredado los ojos azules mar intenso de su madre. Cata siempre se ocultaba pero si cruzabas la mirada con ella podía atravesarte.

La tercera era Lucía, veintitrés años y prima de Nora. Había hecho un módulo de no sé qué cuando acabó el bachillerato y se puso a trabajar en una tienda de ropa. Siempre alardeaba de que el dinero que gastaba lo había ganado ella solita, y que no era una niña de papá, pero en realidad sí lo era. De su belleza ¿qué podría decir?, era un cuadro de colores dispares que tapaban algo.

Llegamos casi a las once de la noche al hotel y llegó la segunda demostración de la distancia que mi hermana quería poner en las vacaciones. Había cogido una habitación triple, enfrente una individual para Cata y a mí me había situado en la planta superior al final del pasillo. Me sentó peor que lo del autobús, yo no quería ser su niñera, pero las cosas se podían haber hecho de otra manera. Aquella noche me acosté enfadado y tarde en dormirme.

A las ocho de la mañana sonó mi móvil, mi hermana me daba veinte minutos para que me reuniera con ellas para desayunar, además tenía que comentar conmigo unos temillas. Mientras me duchaba pensaba que sería lo que mi hermana me quería “comentar”. Veinte minutos después estábamos desayunando los cinco, unas con más alegrías que otros. En un lado de la mesa se sentaron las tres, Sara en medio, Nora a su derecha y Lucía a su izquierda, enfrente las dos cargas.

—Álvaro —dijo Sara— creo que esta situación no es apetecible para ninguna de las partes.

—¿Partes? —pregunté.

—Sí partes, nosotras tres y vosotros dos —dijo Lucía señalando despectivamente a Cata y a mí.

—Lucía, hemos quedado en que yo sería la que expusiera el tema —dijo Sara—. Si Álvaro somos dos partes, las que pensábamos pasar cinco días disfrutando, y vosotros dos, la carga obligatoria.

Cata y yo no dijimos nada.

—Creo que deberíamos llegar a un acuerdo sí o sí, para que vosotros os vayáis por un lado y nosotros por otro, sin rencores —dijo Sara.

—Pero ¿y si llaman papa o mama?

Mi hermana quería deshacerse de mí. En ese momento Cata se levantó de la mesa y mientras recogía su bolsa se dirigió a las tres:

—No hace falta que lleguemos a ningún acuerdo, por mi parte no voy a molestar a nadie, yo ya tengo mis planes.

La cara de sorpresa que pusieron las trillizas se me quedó grabada. Cata, la que nunca decía nada, la empollona,  no estaba dispuesta a la mangonearan. Me miró y dijo:

—Álvaro puedes venir conmigo, hay mucho que ver por aquí. Si llaman tus padres yo puedo decirles que tu hermana se ha metido en el agua y que cuando salga les devuelve la llamada. Le mandamos un whatsapp y que ella les devuelva la llamada. —se giró y miró a las tres— Pero para cenar, sobre todo para tener “pruebas” de cara a vuestros padres podríamos quedar, ¿si os parece bien? —me miró otra vez— Voy a subir a mi habitación a por unas cositas, cuando termines de desayunar me avisas y nos vamos.

Mientras Cata abandonaba el salón del hotel, ninguno de los cuatro dijo nada. Mi cabeza pensaba, mientras engullía el desayuno, que hacer. Mejor me iría con Cata, fuera donde fuese parecía haber un preparado un plan alternativo a mi figura de guardaespaldas. Y así lo hice, terminé de desayunar y me fui de excursión dejando allí plantadas, pero seguro que muy a gusto a las tres amigas.

Lo primero que hicimos fue alquilar un coche para todo el día. Al montar en el taxi, e intentando que Cata no me viera, saque mi cartera y comprobé el dinero que llevaba.

—No te preocupes por el dinero Álvaro, el taxi lo pago yo, tengo mi propio dinero y como diría Lucía me lo he ganado yo solita.

—No sabía que trabajaras.

—En realidad no lo hago —dijo Cata— A veces cuando les digo a mis padres que me voy a la biblioteca lo que realmente hago es ir a dar clase a otros alumnos del colegio. Este año he estado dando clases a un conocido del colegio, sin que sus padres lo supieran.

 Me la quedé mirando con una mezcla de desconcierto y admiración. A ver no es que tuviera trato con Cata, pero la había visto varias veces y no parecía de ese tipo de gente que miente a sus padres. Ella se dio cuenta de cómo la miraba.

—Hay que saber aprovecharse de las etiquetas que te pone la gente, ya sea tu familia o tus amigos. No es que haya cambiado de la noche a la mañana, pero hace tiempo me di cuenta que mis padres no tenían preocupación por mí, yo era “la hija perfecta”, estudiosa, no me metía en líos, iba con ellos donde fuera sin poner peros. Así que decidí seguir siendo la niña buena a los ojos de un reducido grupo de personas, las más cercanas, y buscar otros lugares donde poder ser quien quisiera ser. También he aprendido que mis ojos son un arma que abre muchas puertas. Pero conozco mis límites, ¡y no he vendido nunca mi cuerpo!

—¡¿Qué?! —dije

—Es broma, es que has puesto una cara. A ver es verdad que nunca he vendido mi cuerpo, es por si te hacías ideas raras sobre mí. Este dinero lo he sacado compartiendo mi “inteligencia”.

Tardamos quince minutos en llegar a las Minas de Rodalquilar. Allí nos esperaba el guía que nos acompañaría en nuestra visita. Nos entregó unos cascos como los de obra. El taxista nos esperaría en el pueblo. Se nos pasaron las dos horas deprisa. El guía nos explicó muchas cosas, e incluso competimos por las preguntas que nos hacía el guía. Yo siempre había pensado de mí mismo que era una persona inteligente, pero Cata me daba muchas vueltas en ese y en otros sentidos. Cuando terminó la visita el guía nos regaló los cascos. Cata llamó al taxista, y mientras esperábamos me preguntó:

—¿Dónde quieres ir?

—No sé pensaba que lo tenías todo decidido.

—Bueno lo tenía más o menos decidido, porque pensaba que te quedarías con las trillizas.

—¿En serio las llamas así?, yo también.

—Van a todo juntas, piensan igual, se visten igual…trillizas. —me miró de arriba abajo— ¿has traído bañador?

—Si lo llevo en la mochila, junto con la toalla.

El taxi acababa de llegar. Al montar Cata se dirigió al taxista:

—Por favor queremos ir a Cala Hernández. —me miró— Ya que estamos en la playa nos tendremos que mojar un poco, ¿no crees?

Cala Hernandez

—¡Por supuesto! —contesté emocionado.

Veinte minutos después estábamos en una pequeña cala, con unos fondos marinos preciosos. El taxista volvió a dejarnos solos. Cata quedó con él que nos recogiera cerca de las tres y nos llevará a comer a un lugar que conociera donde probar algo de la tierra. Estuvimos horas disfrutando que aquel agua cristalina. A veces nuestra intimidad se veía alterada por algún kayak, pero durante las horas que estuvimos me sentí libre. Estaba delante de una persona a la que no tenía que demostrarle nada, no tenía que comportarme de ninguna manera, simplemente tenía que ser yo, ella me entendía.

El taxista nos recogió sobre las dos y media. Cata le invitó a comer con nosotros pero a cambio debía hablarnos un de la zona de Las Negras, de los lugares donde poder tomar algo, pasar el día o visitar. El restaurante elegido tenía una terraza con vistas al mar. La comida fue estupenda. Después de eso volvimos al hotel donde estábamos alojados y nos despedimos del taxista. Cata le dijo que le llamaría en breve. Cada uno se fue a su habitación. Me tumbé en la cama, mi cuerpo se relajaba en parte, la otra parte no paraba de pensar en Cata, y no era capaz de calmarse. No sé cómo me quede dormido. El móvil me despertó sobre las siete, era mi hermana:

—Dime.

—¿Dónde estás?

—En el hotel, ¡estaba durmiendo! —le grité.

—Vale no te enfades, estaba preocupada, ¿quedamos para cenar esta noche en el hotel?

—No sé, lo consultaré con Cata.

—Bueno pues ya me dices —y colgó.

Mi hermana estaba realmente cabreada, se le notaba en la voz. Era normal ella era la que nos iba hacer el planning de nuestras vacaciones y resultó que la “mosquita muerta” ya lo tenía todo previsto. Sonreí mientras me acordaba de la cara de las tres, estaban alucinando, pero sobre todo mi hermana que le dirigió una mirada a Cata, que si mataran ya estaríamos de entierro. Llamé al móvil de Cata, pero no me lo cogió. Pasados unos segundos volví a llamarla y tampoco me lo cogió. Preocupado bajé a su habitación por las escaleras, solo era una planta y le daría tiempo a mi cerebro a despertarse del todo. Llamé flojito por si ella también estaba durmiendo. Me abrió en albornoz, aunque con la cadena puesta de la puerta:

—¿Si?

—Te he llamado al móvil pero no me has contestado.

—Lo sé, pero es que estaba ocupada y no podía contestar.

—Bueno… -dije titubeando y perplejo parecía tener prisa porque me fuera— Mi hermana me ha llamado para ver si cenamos con las trillizas-al decir esto me reí.

Cata ni siquiera sonrió, echo un vistazo dentró y con rapidez me contesto:

—Me parece bien, así podéis aprovechar y darles a vuestros padres el parte de hoy. Mándame un whatsapps con la hora, preferiblemente sobre las 9.30 —y me cerró la puerta en las narices.

Me quedé mirando la puerta unos segundos. Subí la escalera lentamente, peldaño a peldaño pensando cómo se había comportado conmigo esta mañana y como lo estaba haciendo ahora, ¿que había cambiado? Al llegar a mi habitación mi hermana ya me estaba llamando:

—¿Y bien? —dijo con sorna— ¿ya has hablado con tu nueva amiga?

—Sí, me ha dicho que sobre las 9.30—intentaba que mi malestar no se notará por teléfono— ¿os parece bien?

—Sí, sin problemas.

—¿No tienes que consultarlo con tus “amigas”?

—No hace falta para eso somos amigas, si una dice que a las 9.30 el resto no le pone problemas.

—Pues eso nos vemos a las 9.30 en el restaurante del hotel —colgué sin dejarle tiempo a mi hermana para decirme nada más.

Me tumbé de nuevo en la cama pensando en si no hubiera sido mejor quedarme con mis padres.

A las diez de la noche los cinco estábamos sentados en una mesa del restaurante del hotel con vistas al mar. Los primeros minutos fueron incómodos como si no nos conociéramos de nada, hasta que Nora le preguntó a su hermana:

—¿Dónde habéis estado tortolitos?

—Por ahí viendo cosas varias —dijo Cata antes de que yo pudiera decir nada.

—¿Todo el día? —miró a su hermana con una sonrisa maliciosa en la cara.

—Casi todo el día —dijo mirándome.

—Sí casi todo el día —contesté.

Mi hermana nos miró a los dos y sonrió como si intentará averiguar qué ocultábamos.

—Bueno por lo menos nos habéis dejado ir a nuestro aire —dijo Lucía—, aunque tu hermana después de comer le ha dado dolor de cabeza y se ha vuelto al hotel.

—Pero luego se me pasó, me tomé un ibuprofeno y dormí la siesta hasta las siete que me desperté y te llamé a ti —dijo señalándome.

—¿Por qué no me dijiste que estabas en hotel cuando hablamos?

—Por si interrumpía algo…

Las tres amigas se echaron a reír. Cata arqueó las cejas, suspiró y cogió la carta para pedir la cena.

—Pues te lo perdiste Sara, conocimos a dos, ¡bufff! — Nora miró a su hermana— bueno ya te lo contaremos.

Mientras el camarero tomaba nota de la cena, sonó el teléfono de Sara, eran nuestros padres. Nos levantamos de la mesa para dar el parte como decía Cata. Les contamos “lo bien que lo habíamos pasado juntos”. Cinco minutos después volvimos a la mesa. Cenamos en un silencio aparente, mientras Nora y Lucía intentaban poner al día a Sara sobre los dos chicos que habían conocido, y que nosotros no pilláramos nada. La cena terminó con un hasta mañana de Cata y mío. Las dejamos en el hall de hotel mientras nosotros aburridos nos volvíamos a nuestras habitaciones. Al detenerse el ascensor en su planta Cata se puso entre las puertas para que no se cerraran:

—Siento haber sido un poco fría cuando viniste a preguntarme lo de la cena. Acababa de levantarme de la siesta y me dolía un poco la cabeza.

—No pasa nada.

—Bueno mañana no, pero posiblemente pasado mañana haremos otra excursión ¿te parece?

—Me parece bien —sonreí—. Buenas noches.

—Buenas noches —me dijo mientras me daba un beso en la mejilla.

Subí a mi habitación, y caí desplomado en la cama.

(…continuará)

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2016

13.09

El asesino del martes se viste de telas hechas de palabras inocentes. Caes a sus pies y te deja sin libros, sin alma, te mata…

Aquel martes sentí tu ausencia en los poros de tu piel, en el sabor de tus labios, en el tacto de tu cuerpo, en tu sexo inerte.

26.07

Estamos hechos de martes de silencio, miércoles de miradas, jueves de besos, viernes de tacto, de días de caricias inconfesables.

19.07

Todos los martes soñaba que vendrías con el viento. Me arreglaba y sacaba mi paraguas para dejarme arrastrar donde tu quisieras.

12.07

El reto empezó un martes. Nos dieron papel, letras, agua y un abanico. Nos pidieron que lleváramos ganas y mucha imaginación.

05.07

Aquel martes te vi en el aeropuerto con tu pamela color chocolate, tus enormes gafas de sol, intentando esconderte de la gente.

28.06

El martes vendiste tu maleta por muchos besos, abrazos y un globo con el que surcar el cielo y dar caza a la esperanza.

21.06

Las flores de un martes fueron la disculpa que me diste, que yo nunca quise aceptar. Ese tipo de ofensas no se perdonan jamás.

10.05.206

Encontré tu novela un martes. Acaricié sus tapas y la besé sabiendo que jamás tendría la fuerza suficiente para leerte.

19.04

Aquel martes aprendí que la lluvia solo limpia la ciudad, y que mi alma se limpia a medias con las tormentas que tú me provocas.

23.02

Las musas llegaron un martes, con sus maletas repletas de estaciones sin saber cuanto tiempo las necesitaría la escritora.

 

 

 

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